lunes, 30 de junio de 2014

Etapa 9 del perdón

Novena etapa: Saberse digno de perdón y perdonado 

 Sólo quien ha tenido la experiencia del perdón puede realmente perdonar 
 (GEORGE SOARES-PRABHU) 

Como peregrino interior por el camino del perdón, poco a poco te vas rindiendo a la evidencia de que el acto de perdonar combina al mismo tiempo el esfuerzo humano y el don espiritual. Por tanto, el perdón se revela como una tarea humana por la actividad psicológica que tú despliegas, y como un don por la gracia divina que compensa tus carencias. Sin duda, en el proceso de perdón que has realizado hasta este momento ya has alcanzado tus límites personales y has sentido la necesidad de una ayuda especial. Ahora entras más a fondo en el universo espiritual, donde no se tratará tanto de hacer cuanto de dejarte hacer. Aquí, los esfuerzos personales son menos importantes que la apertura humilde y la acogida paciente de la gracia. Cuando tu proceso de perdón entra en la esfera de lo espiritual, tienes menos iniciativa y control; tu tarea consiste en relajarte para dejarte invadir por la gracia. 

El propósito de este capítulo es hacerte comprender que no sólo eres digno de perdón, sino que ya has sido perdonado en varias ocasiones en el pasado. Esta toma de conciencia te ayudará a perdonar, porque con el perdón sucede lo mismo que con el amor: la persona incapaz de dejarse amar o de darse cuenta de que es amada no puede dar amor a los demás; del mismo modo, si quien quiere perdonar no consigue sentir que ya ha sido perdonado, ¿cómo podrá a su vez perdonar? Abandona, pues, tus resistencias, déjate amar en profundidad y recibe el perdón de los demás, y especialmente el de Dios. Éste es el desafío que te invito a aceptar.



La indispensable experiencia del perdón para perdonar 
Para ilustrar la necesidad de haber experimentado el perdón del prójimo antes de ser capaz de perdonar, veamos la historia de Corrie Ten Boom. Corrie fue liberada de un campo de concentración nazi poco tiempo después de la invasión de Alemania por los aliados. Tardó mucho tiempo en liberarse de su profundo odio hacia sus verdugos. Un día, decidió emprender una cura de perdón. Una vez segura de haberse liberado por completo de su odio y de haber perdonado, concibió el magno proyecto de curar las heridas y las enemistades engendradas por la Segunda Guerra mundial en los países europeos. Se lanzó entonces a una cruzada por esos países, predicando la fuerza creadora del perdón y del amor. 

No temió ir a Alemania para difundir su mensaje. Una noche, en Munich, después de haberse dirigido a un grupo de alemanes deseosos de ser perdonados, vivió una experiencia desgarradora que puso a prueba la propia fuerza de su perdón. Un hombre avanzó hacia ella y le tendió la mano diciendo: «Ja, Fraulein Ten Boom, qué feliz me siento después de haberle oído decir que Jesús nos perdona todos nuestros pecados». 

Corrie le reconoció en el acto como uno de sus verdugos del campo de concentración. Recordó cómo las había humillado, a ella y a sus compañeras, obligándolas a ducharse desnudas bajo su mirada despectiva de «superhombre». En el momento en que él fue a estrecharle la mano. 

Corrie sintió de repente cómo la suya se quedaba paralizada en su costado. Entonces se dio cuenta de que era incapaz de perdonarle, lo cual la sorprendió y la horrorizó al mismo tiempo, porque había estado absolutamente segura de que su herida estaba curada y de que había vencido su odio y perdonado. Pero en aquel instante, frente a uno de sus verdugos, la invadieron el desprecio y el odio. Paralizada no sabía qué hacer ni qué decir. 

Entonces se puso a orar: «Jesús, me siento incapaz de perdonar a este hombre. Perdóname». Y en aquel mismo momento sucedió algo maravilloso: sintió llegar el perdón de Jesús. Levantó su mano y tomó la de su antiguo torturador. Acababa de liberarse y, al mismo tiempo, de liberar a su verdugo de su horrible pasado. 

¿Cómo explicar un cambio tan brusco? Ya lo habrán adivinado. El milagro del perdón se produjo en Corrie gracias a la sensación indescriptible de que Jesús le había perdonado su incapacidad de perdonar. El hecho de reconocer su impotencia había ablandado su corazón y la había hecho capaz de recibir la gracia de perdonar. 


Cómo describir la sensación de ser digno de perdón 
Como acabo de decir, sentirse perdonado es una experiencia indescriptible. Faltan las palabras para expresar su naturaleza, su profundidad y su intensidad. Es una experiencia no comparable a ninguna otra, como el amor pasional, el reconocimiento, la alegría, el éxito, el reencuentro entre dos amigos... De algún modo, llega a lo más profundo del Yo. Por esta razón, se puede calificar de experiencia fundamental. 

Lewis Smedes (1984: 118) la denomina «fundamental feeling». Fundamental porque proporciona —con mucha mayor intensidad que las demás experiencias- la sensación de ser reconocido y estimado por lo que uno verdaderamente es en lo más profundo de sí. Y entonces la persona se siente amada de manera incondicional a pesar de su fealdad, de sus defectos, de sus fracasos o de sus transgresiones. En ese momento parece que el Yo profundo se sabe unido a la fuente del amor e inseparable de ella. Este sentimiento podría compararse a la cálida sensación de seguridad y de confianza del niño al que sus padres desean y aman por sí mismo. Aunque se pueda llegar a experimentar un profundo sentimiento de culpabilidad a consecuencia de faltas o errores, la sensación de haber sido considerado digno de perdón es aún más fuerte y proporciona la certeza de no poder perder jamás esa fuente de amor infinito, porque se sabe que en cualquier momento se puede volver a beber en ella y verse de nuevo confirmado en el amor. 

Sin embargo, puede que dejemos de experimentar este «fundamental feeling». Recuperarlo, por otra parte, es una experiencia muy conmovedora. Me ocurrió a mí mismo durante una sesión de estudio sobre la utilización de historias y anécdotas con fines pastorales. En una sala donde se apiñaban más de cuatrocientos sacerdotes, ministros, religiosos, religiosas y pastores, John Shea, teólogo famoso por su talento como narrador, nos relató la parábola del hijo pródigo. Al principio, yo no estaba muy interesado; pero de repente me dejé llevar por el narrador hasta tal punto que los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡Y no fui el único! Cuando salí del hechizo, eché una ojeada furtiva y me di cuenta de que casi todo el mundo estaba llorando. Algunos incluso sollozaban tanto que sus vecinos se pusieron a consolarlos. John Shea, gracias a su talento dramático, había logrado que sus oyentes reviviesen dos sentimientos opuestos: el inmenso deseo de saberse amado y perdonado y la convicción de no ser digno de ello. 

No obstante, no es posible procurarse este sentimiento cuando uno quiera, ni tampoco se siente amado y perdonado quien lo desea. Lo único que se puede hacer es prepararse para recibir esta gracia especial que se asemeja a la de la conversión. El evangelio nos enseña que los convertidos son los que se han dejado amar a pesar de su pobreza, mientras que los endurecidos son los que han rechazado el amor y el perdón. Por un lado, vemos a personajes como María Magdalena, Zaqueo, Mateo y la Samaritana aceptar el amor misericordioso de Cristo; por otro lado, los escribas, los fariseos y el acreedor despiadado, entre otros bienpensantes, son insensibles al amor y al perdón. 


Obstáculos a la aceptación del perdón 
¿Por qué tanta resistencia a dejarse alcanzar por la gracia del perdón? Para averiguarlo, examinemos cuatro categorías de personas impermeables al perdón, y puede que nos reconozcamos en alguna de ellas. 

Por supuesto, hay personas que se creen imperdonables. Tienen la impresión de que sus faltas son tan enormes que nunca se les podrán perdonar. La gente de esta clase es, según parece, cada vez más escasa en nuestra sociedad secularizada. 

Luego están los que no creen en la gratuidad del amor. Admiten en teoría la posibilidad de un amor incondicional, pero en la práctica no creen en él, porque están convencidos de que nada es gratuito y de que todo, incluido el perdón, debe pagarse antes o después. Es frecuente que estas personas hayan tenido unos padres que nunca les manifestaron un amor gratuito, sino que sólo les amaban en recompensa por sus buenas notas en el colegio, por su buena conducta o por los favores que hacían. 

Existe una tercera categoría de personas que rechazan el perdón. No sienten ninguna necesidad de él, ya que no parecen sentir ninguna culpabilidad individual o social. Viven en una especie de vacío moral y espiritual. Padecen una neuropatía espiritual y moral que les hace insensibles a cualquier necesidad de perdón. ¿No es esto patrimonio de algunos de nuestros contemporáneos? Determinados pensadores han llegado a atribuir a esta falta de sensibilidad moral la responsabilidad de muchos suicidios de jóvenes.

En la última categoría se incluyen los que, simplemente, rechazan la culpabilidad considerándola una laguna psicológica. Algunas escuelas de psicología consideran que el sentimiento de culpabilidad y la necesidad de perdón son una falta de madurez y de autonomía. Pero lo que ocurre es que confunden el sentimiento obsesivo y enfermizo de culpabilidad con el de una sana culpabilidad. Mientras que el sentimiento neurótico de culpabilidad tiraniza al individuo y le oprime, el sentimiento sano y normal de culpabilidad le pone sobre aviso de lo que en verdad es: un ser limitado y falible. Este análisis imparcial de sí mismo es liberador y puede llevar a marcarse un ideal moral realista. 

El desafío consiste en aceptar recibir el perdón sin sentirse humillado o rebajado. Algunos rechazan el perdón precisamente para evitar la humillación. Philippe Le Touzé, al describir el drama del perdón en los personajes de Bernanos, pone de relieve este rechazo: «Pero el hombre se cierra al perdón que le humilla y le quita la ilusión de autonomía dejándole a merced de otro; de ahí el empeño moderno por rehacer un universo sin Dios». Una visión deformada de la autonomía empuja a actos de falsa independencia, mientras que la auténtica autonomía le hace a uno capaz de elegir sus propias dependencias. 

En definitiva, parece evidente que quien no se ama y no se perdona tampoco puede amar ni perdonar al otro. Por otra parte, el amor y el perdón a uno mismo parecen irrealizables e ilusorios sin la clemencia del Otro. Por tanto, para ser capaz de perdonar es esencial saberse digno de perdón y perdonado. 


Ejercicios
Para ser capaz de acoger el perdón

1. No es fácil dejarse amar en el perdón. Para ayudarte, te propongo un ejercicio que te ponga en condiciones de recibir sencillamente. Algunas personas activas y generosas no han aprendido nunca a recibir, y aún menos a dejarse mimar. Se sienten más dueñas y más seguras de sí mismas cuando dan, y toleran mal la sensación de dependencia que genera en ellas el hecho de recibir. 

Date la oportunidad de recibir y acoger todo lo que hoy te ofrece la vida en forma de sensaciones agradables: el olor del asado, el aroma del café, el calor del sol, la visión de un hermoso paisaje, las formas de un árbol, los colores del otoño, la sensación de estar vivo, la audición de una buena pieza musical... Deja que estas sensaciones inunden todo tu ser, aunque no sea más que unos minutos cada día. 

2. Este segundo ejercicio tiene el propósito de reforzar tu capacidad de recibir.
Adopta una postura cómoda; luego, recuerda las atenciones que has recibido durante el día: saludos, cumplidos, rostros felices de verte, signos de reconocimiento, la alegre acogida de tu gato o de tu perro, la carta de un amigo... ¿Cómo has acogido estos dones banales de la vida?; ¿te diste tiempo para que penetrase en ti la alegría de recibir, con el fin de que arraigase en tu afectividad y pudieras celebrarla? 

3. Este ejercicio está tomado del libro Aimer, perdre et grandir. Tiene por título: «Las letanías del amor».
Adopta una postura relajada y aparta de ti toda distracción. Empieza a recitarte la letanía de las personas, los animales, las plantas y los objetos que te quieren o te dan algo gratis: por ejemplo Juan me quiere, mi madre me quiere, Dios me quiere, mi amigo Arturo me quiere, mi perro me quiere, el sol me da gratis su calor, la brisa me refresca sin cobrarme, mi cuadro me da la belleza gratuitamente... Hazlo con decisión, sin preocuparte por el grado o la calidad del amor o de gracia. Lo importante es que tomes conciencia de las múltiples formas de amor que te rodean. 

4. Con objeto de saberte digno de perdón y perdonado haz la lista de personas que te han perdonado tus errores, tus debilidades, tus defectos y tus faltas. Una vez terminada la lista, tómate tiempo para volver sobre cada una de las palabras recibidas. Saboréalos uno a uno. Déjate invadir por el sentimiento de tu valía e ignora otros sentimientos que te llevan a empequeñecerla. 

5. Tómate tiempo para meditar estas palabras de San Juan "Ante él Tenemos la conciencia tranquila. Pues aunque la conciencia nos acusa, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo" (1 Jn 3,19-20)


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

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