El perdón lleva a suspender
todo juicio sobre el ofensor
y a descubrir el verdadero Yo,
que es creador
y un destello de divinidad
(JOAN BORYSENKO)
Durante una de mis conferencias sobre las etapas del perdón, una señorona rubia me escuchaba con atención; cuando abordé la etapa que consiste en comprender al ofensor, me interrumpió en el acto: «Le he seguido hasta aquí —me dijo—, pero esto es demasiado; yo no quiero seguir intentando comprender a mi ex-cónyuge: he perdido demasiado tiempo en ese jueguecito». Yo le contesté de inmediato: «No tiene usted que pasar todas las etapas del perdón de una sola vez y en la misma tarde. Quizá sería mejor que volviera a la etapa de la aceptación de su cólera». Si, como mi oyente, tú te sientes bloqueado en una fase determinada, te conviene preguntarte si no has quemado alguna de las etapas anteriores. Por eso es fundamental que respetes tu ritmo personal de progresión en el proceso del perdón.
Si tu herida está demasiado viva y mal curada, emprenderás la presente etapa en vano. Porque esta fase supone que has dejado de estar preocupado en exceso por tu ofensa. ¿Te sientes dispuesto a salir de ti mismo para cambiar tu percepción del que te ha hecho daño?
¿Hace falta recordarte, antes de seguir avanzando, que comprender al ofensor no significa excusarle y menos aún disculparle? Comprenderle es posar sobre él una mirada más lúcida, capaz de captar todas las dimensiones de su persona y los motivos de su falta.
Es evidente que no lograrás entenderlo todo sobre él y su comportamiento; pero, por mínima que sea la comprensión que adquieras, hará más fácil el perdón, que ya no te parecerá un gesto irreflexivo o ciego, pues habrás encontrado algunos «porqués» de su conducta ofensiva. Al mismo tiempo, estarás mejor dispuesto a cambiar tu imagen de él, y tendrás que esforzarte menos para perdonar. Al contrario de los que te aconsejan perdonar con los ojos cerrados, yo te invito a perdonar con los ojos bien abiertos para ver claro y descubrir en tu ofensor aspectos hasta ahora desconocidos para ti.
Comprender al ofensor implica dejar de condenarlo
La humillación y el dolor causados por la ofensa influyen en la percepción del ofensor y pueden falsearla. Se está predispuesto a ver en él a un ser execrable, engañoso, agresivo, infiel, peligroso, amenazador, odioso, irresponsable... El recuerdo obsesivo de la afrenta condiciona la mirada del ofendido, hasta el punto de que el ofensor deja de ser una persona capaz de evolucionar, ya que está marcado para siempre por su delito. Con frecuencia es la malevolencia y la maldad personificadas.
De ahí la tendencia a dejarse llevar por la indignación y a olvidar las palabras del evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1). Observemos, en primer lugar, que la expresión «no juzgar» no significa «no servirse del propio juicio», sino, no utilizarlo para «condenar» al prójimo. En segundo lugar, esta consigna evangélica no se inspira en una obligación moral absoluta y tajante, sino que pretende ante todo el logro del propio bien. Porque, si no evito condenar al prójimo, tampoco evitaré ser eventualmente condenado a mi vez. ¿Cómo conseguirlo? En principio, al condenar al prójimo, puedo perderme de vista a mí mismo, en la medida en que me concentro en exceso en los defectos del otro. Y, además, la ceguera respecto a mi persona me llevará a proyectar de manera inconsciente sobre el otro mis propias faltas y debilidades. Si, por otra parte, me abstengo de condenar al otro, es probable que tenga una visión más objetiva de mí mismo y, por consiguiente, una imagen más objetiva de mi ofensor. ¿No es éste el mensaje de Jesús, que dijo de manera muy gráfica: «¿Por qué te fijas en la mota en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga del tuyo?» (Mt 7,3)?
Condenar a mi ofensor es, en cierto modo, condenarme a mí mismo. Una gran parte de lo que repruebo en el otro es a menudo una parte de mi persona que me niego a reconocer. Mi ofensor es entonces la pantalla sobre la que proyecto facetas mías que no me gustan. La persona condenada me refleja mis aspectos mal amados, por lo que sería interesante atribuirme a mí mismo los defectos y las flaquezas que achaco a mi ofensor. Acoger lo que me da miedo de mí es indispensable para mi progresión. Al recuperar los aspectos que considero débiles y deficientes, me hago más completo y, por tanto, más yo mismo. No puedo, pues, comprender a mi ofensor si antes no me apropio de las debilidades y los defectos que le atribuyo.
Mirándolo bien, el precepto de no condenar al ofensor se confunde con el de «amar a los enemigos». Tampoco esta enseñanza se inscribe en una moral del deber, sino en un deseo de progreso personal. Porque, en el contexto del perdón, el enemigo o el ofensor me remiten a esas partes mal amadas de mí mismo que constituyen mi «sombra». Por tanto, «amar al enemigo» supone acoger mi propia «sombra», es decir, lo que me da miedo o me hace sentir vergüenza. En definitiva, esforzarme por no condenar a mi enemigo y amarle es también no condenar a mi sombra, empezar a habituarme a ella y amarla. No juzgar en el proceso del perdón lleva, de algún modo, a una reconciliación con el ofensor, pero sobre todo a una reconciliación con el lado oscuro y tenebroso de uno mismo, que puede revelarse como un inmensa fuente de recursos personales.
Comprender es conocer mejor los antecedentes del otro
«Dios lo perdona todo, porque lo comprende todo», dice un viejo adagio. Se trata de una profunda verdad que es importante tener presente para superar esta etapa. Es obvio que una mejor comprensión de los antecedentes familiares, sociales y culturales de una persona ayudará a perdonarla. Y aunque esos condicionamientos no justifiquen su conducta agresiva, al menos la explicarán en parte.
Es lo que descubrí al intentar comprender las crisis de angustia y los estallidos de cólera de mi padre, que yo consideraba inexcusables. Cambié por completo mi actitud intolerante después de una conversación con mi tía sobre su infancia. Al ser el hombre mayor de la familia, desde muy joven había tenido que cargar con la excesiva responsabilidad de «hombre de la casa» durante las largas ausencias de mi abuelo. De ahí los temores y las angustias constantes por no estar a la altura de las circunstancias.
Una vez conocidas la herencia y la historia de una persona, es más fácil ponerse en su lugar y comprender las desviaciones de su conducta. Así, el hecho de saber que alguien que comete abusos sexuales ha sido él mismo víctima de esos abusos, no disminuye la gravedad de su crimen, pero nos hace ser más indulgentes con él.
Comprender es buscar la intención positiva del ofensor
Virginia Satir, que fue terapeuta familiar durante más de cuarenta años, tenía tal confianza en las personas que siempre intentaba descubrir la intención positiva de los actos de sus pacientes, por indecentes que fuesen. En su opinión, en todos los individuos hay una irreductible voluntad de progreso, incluso en los gestos más malvados. La intención positiva constituía para ella el rico filón interior que le permitía acercarse a su paciente e iniciar con él un cambio de conducta. Una vez descubierta esa intención positiva, le ayudaba a tomar conciencia de ella y a apreciar toda su grandeza. Después le sugería medios constructivos para llevar a la práctica esa intención de progresar. Por ejemplo, comprendía que la intención positiva de un suicida era dejar de sufrir; la de un padre violento, controlar a su hijo; la de un joven ladrón ocasional, probar su valor ante sus amigos; y la de un niño rebelde, demostrar su poder a sus educadores.
Con esa misma intención positiva, algunas personas creen que deben herir a otra para hacerle corregirse y progresar. ¡Cuántas humillaciones no infligen algunos educadores con la mejor voluntad del mundo...! Recuerdo muy bien el día en que el maestro de capilla, después de una hora de ejercicios de canto, sacó con solemnidad de su bolsillo un trozo de papel y, en presencia de una coral de treinta cantores, leyó en voz alta: «Los hermanos André, Claude y Jean deben retirarse de manera inmediata y definitiva de la coral». Muy contrariado, abandoné la capilla en el acto, haciendo una genuflexión ante el Santísimo Sacramento. Aún hoy me sigo preguntando por qué aquel padre no nos avisó de nuestra expulsión antes del ejercicio de canto. Es evidente que logró humillarme, pero se equivocó si con ello quiso que practicase la humildad. También me acuerdo de aquel profesor de inglés que aterrorizaba a toda la clase con su sarcasmo, leyendo en alta voz las peores redacciones. No se puede hacer caso omiso de tales torpezas y de sus repercusiones en la vida de las víctimas. Ahora bien, por deplorables que sean estos métodos, no se puede dudar de las buenas intenciones de esos educadores.
Por otra parte, si bien algunos hacen daño con buena intención, otros lo hacen sin querer. Pensemos en los conductores borrachos o drogados que matan o hieren a alguien en un accidente; en los padres en proceso de divorcio que, muy a su pesar, perturban la vida de sus hijos; en los médicos que, por un diagnóstico equivocado o un tratamiento erróneo, arruinan la salud de sus enfermos; en el padre de familia que, por meterse en negocios arriesgados, amenaza el bienestar de su mujer y de sus hijos. En todos estos casos, las víctimas sufren graves perjuicios; sin embargo, saber que los responsables de esos daños no lo han hecho a propósito, es evidente que no puede eliminar los sufrimientos padecidos, pero sí puede al menos atenuar la repugnancia a perdonar.
Comprender es descubrir el valor y la dignidad del ofensor
Hay una tendencia a reducir al ofensor a su gesto hostil y, como consecuencia, a menospreciarle sin reservas. Sin embargo, el comportamiento culpable del ofensor dista mucho de ser la última palabra sobre él, pues, a pesar de sus faltas, es capaz de cambiar y de mejorar. Cuanto más profunda es la decepción, más predispone a ver sólo los defectos del ofensor y a querer destruirlo. El peligro es aún mayor cuando se trata de una persona cercana y amada. Esto me recuerda cuánto me edificó la actitud positiva de una mujer cuya vida personal y familiar había sido destrozada por un marido alcohólico. Aquella mujer me decía que, pese a que había decidido dejarle, no había dejado de amarle y de admirar su ternura, su valor, su sentido del humor y su profunda fe religiosa. Y añadió: «Nadie podrá quitarme el amor y la alegría de haber vivido con ese hombre». Yo, admirado, la veía desprenderse de su aventura conyugal con dignidad y con un gran respeto hacia su ex-cónyuge. Ya no veía en ella a la víctima bajo el yugo de un marido alcohólico, sino a una mujer libre.
Comprender es aceptar que no se comprende todo
Aunque se quiera saber todo sobre el ofensor, nunca se podrá descubrir por completo el secreto que encierra su persona, ni siquiera todas las razones de sus actos; razones que con frecuencia él mismo ignora. Nos encontramos ante el misterio de una persona viva, de manera que comprender al ofensor es aceptar que no se comprende todo. Así lo entendió un obrero que, al final de una conferencia sobre el perdón, vino a verme para exponerme su filosofía de la vida: «Si alguien me hace daño, le digo a Dios: 'No comprendo por qué me lo ha hecho, pero confío en que tú lo sepas'. Y esta reflexión me basta para conservar la paz interior». Estas palabras son un eco del pensamiento de Philippe Madre: «Perdonar es, en definitiva, no un gesto de olvido (de hecho, imposible, pues el mal que perdono siempre formará parte de mi historia), sino un gesto de confianza en el otro; confianza a través de un cierto sufrimiento, lo que sólo es posible con la ayuda de Dios» (1982: 187).
Ejercicio
Para comprender al ofensor
¿Es necesario recordar una vez más que los ejercicios que propongo siguen una cierta progresión? Si te encuentras a disgusto e incómodo durante un ejercicio, no debes empeñarte en continuar. Si permaneces en contacto con tu malestar o tu resistencia interior, serás capaz de descubrir en qué momento del proceso estás. Esta toma de conciencia te ayudará a situarte y a calcular mejor el próximo paso a dar en la dirección adecuada.
1. Entra en ti mismo. Tómate tiempo para ver con los ojos de la imaginación al que te ha hecho daño. Repasa lo que sabes de su historia personal. Si tienes valor, ponte en su lugar y pregúntate lo que te habría pasado si hubieses tenido que vivir los mismos acontecimientos que él.
2. Después del ejercicio anterior, te invito a descubrir la intención positiva que animaba a tu ofensor al realizar sus actos reprensibles: deseo de protegerse a sí mismo, necesidad de poder, la salvaguarda de su dignidad... Recuerda, una vez más, que reconocer la intención positiva no significa estar de acuerdo con los medios que tu ofensor utilizó para llevarla a la práctica
3. Haz una lista de los defectos que ves en tu ofensor, sobre todo de los que más te irritan; después aplícate cada uno de ellos. Por ejemplo, después de haber dicho: «Odio su agresividad», piensa: «Yo también soy agresivo». Quizá descubras, bajo el defecto que le reprochas, una parte mal amada de ti. Si es así, disponte a acogerla para integrarla en el conjunto de tu personalidad. Por ejemplo: «Debería armonizar mi exceso de dulzura con una afirmación más agresiva de mí mismo».
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥

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