Tercera Etapa: Compartir la herida con alguien
Hoy pongo en mi Intención el alinearme e integrarme con la Energía del Perdón. Su Luz Sanadora ilumina todo mi Ser, expandiendo mi Luz y mi Corazón.
Hoy pongo en mi Intención el alinearme e integrarme con la Energía del Perdón. Su Luz Sanadora ilumina todo mi Ser, expandiendo mi Luz y mi Corazón.
Desde este Centro Sagrado perdono toda ofensa y transgresión que sienta que otros han cometido en mi contra. Los libero y desconecto todo apego o lazo que me ataba a ellos y que drenaba mi Vida de mi Energía Vital y de mi Bienestar. Ahora transformo estos lazos en Perdón y en Sanación.
Doy las Gracias a la Energía del Perdón por liberarme y liberar a otros. Hoy sólo la Vida y el Amor Incondicional me unen a todo Ser Viviente.
El Perdón alinea mi Vida hacia el Camino del Amor y de mi Bienestar ♥
Si soy escuchado, simplemente escuchado, todo el espacio es mío y, sin embargo, hay alguien
(MAURICE BELLET)
Ante una afrenta, una traición o una agresión, hay varias reacciones posibles. Entre la reacción defensiva de la persona que se aísla y la de la víctima que se hace el mártir, hay una opción más sana y con más posibilidades de curación: compartir el sufrimiento con alguien que sabe escuchar sin juzgar, sin moralizar, sin agobiar con sus consejos y sin intentar siquiera aliviar el dolor, por preocupante que sea. El éxito de la fase emocional del perdón dependerá en gran medida de tu apertura sincera a un interlocutor atento.
¿Por qué hay que compartir el interior herido?
Uno de los aspectos más insoportables de la herida es la sensación de ser la única persona del mundo que soporta esa carga. Ahora bien, cuando cuentas tu historia a alguien que acepta representar el papel de confidente, ya no estás solo; hay otra persona compartiendo no sólo tu secreto, sino también el peso de tu sufrimiento.
Además, el hecho de confiarte a otro te hará revivir con más calma el acontecimiento ofensivo y te vendrá bien para que tomes conciencia de emociones que aún están a flor de piel. El pasado se activará y se hará presente, revivirás tu drama, pero esta vez en un contexto más sereno; adquirirás mayor seguridad gracias a la confianza puesta en tu confidente; y cambiará tu percepción de la ofensa: te parecerá menos amenazadora y más soportable
Sin duda, ya has experimentado que es más fácil encontrar soluciones a los problemas ajenos que a los propios Y esto es lo que sucederá cuando confíes en alguien que te sirva de espejo o de caja de resonancia. A partir de ese momento, comenzarás a tomar distancias respecto a tus dificultades y a verlas desde una perspectiva más amplia; y, en consecuencia, serás capaz de controlarlas mejor.
La última ventaja que podrás obtener de tus conversaciones con una persona con la que sintonices será que su aceptación incondicional irá, poco a poco, influyendo en ti. Como ella te habrá recibido con compasión, tú también estarás más dispuesto a tratarte con indulgencia. Te aseguro que esta aceptación de ti mismo te proporcionará paz y calma interior.
Los efectos beneficiosos de compartir los estados de ánimo con un confidente son indiscutibles. ¿Se puede esperar lo mismo de compartir la ofensa con el propio ofensor?
Compartir la ofensa con el ofensor
James Sullivan, psicólogo clínico de gran experiencia, afirma en Journey to Freedom que el éxito del perdón emocional depende de tres condiciones esenciales: que el ofensor reconozca su falta, exprese su pesar y decida no reincidir. "Yo he vivido una situación que reunía estas condiciones. Se trata de un incidente bastante banal, pero que pudo degenerar en un conflicto latente permanente. Estaba escuchando el telediario en compañía de una decena de compañeros de comunidad, cuando uno de ellos descubrió una botella vacía que había quedado olvidada cerca de una silla. Convencido de que yo era el culpable de esta negligencia, se levantó indignado, recogió la botella, la esgrimió en mi dirección y me dijo con tono acusador y brusco: «¿De quién es esta botella?». No es necesario añadir que el impacto de su gesto se vio centuplicado por la presencia de testigos, pues, al mismo tiempo, no se me escaparon las sonrisas disimuladas del resto de mis compañeros. Parecía que sólo esperaban este incidente para justificar su prejuicio de que yo era un distraído.
Tomé la botella sin mediar palabra, pero furia. Y hasta la hora de dormir no dejé de imaginar venganzas a cual más refinada. En la meditación de la mañana, me asombró la importancia que había adquirido para mí el enfrentamiento de la víspera. Al buscar la causa de esa agitación, descubrí que se habían reabierto antiguas heridas, y decidí en el acto desechar cualquier idea de revancha y dialogar con el compañero acusador.
Esperé el momento propicio para estar a solas con él. Le hice partícipe de mi humillación y mi cólera tras sus palabras. Y, para mi sorpresa, mi compañero se disculpó humildemente por su arrebato, achacándolo a su gran cansancio. Después empezó a contarme sus propias dificultades durante una hora. Al parecer, mi franqueza había provocado la suya, y entre nosotros surgió una nueva intimidad.
Entonces entendí mejor el viejo adagio: «La falta confesada está medio perdonada». Pues al oír su confesión y sus excusas, de repente desapareció de mí todo resentimiento. Sin ni siquiera pensarlo, le había perdonado.
No obstante, no hay que olvidar que antes de interpelar a mi compañero me había preparado bien: había orado, había sopesado las palabras de mi intervención, le había dado de antemano la forma de un mensaje en primera persona no acusadora. De ese modo, trataba de evitar cualquier contra-acusación ofensiva. Así le conté con toda sencillez, sin agresividad, mi reacción emotiva. Además, estaba dispuesto a escucharlo y a dialogar con él hasta que llegáramos a aclarar la situación."
Cuando es imposible compartir la ofensa con el ofensor
Pero ¿qué sucede si el culpable de la ofensa no quiere ni hablar ni oír hablar de ello, como le ocurrió a una chica que había sido reiteradamente sometida a abusos sexuales por parte de su padre? Después de una larga terapia, ella sentía la necesidad de contarle las desastrosas consecuencias de los abusos sexuales de que él le había hecho objeto. Para ella era algo apremiante, pues su padre sufría un cáncer en fase terminal. El padre, por su parte, siempre había evitado abordar el tema. Sin posibilidad de dialogar con él, ella se creía incapaz de perdonar.
Yo le aconsejé que utilizara el lenguaje silencioso del corazón para aliviar su pena y su agresividad, e incluso para llegar a perdonarle. Y esto fue lo que hizo. Durante los momentos de silencio a la cabecera de su padre, creaba una relación profunda sincronizando su respiración con la de él; luego le contaba en su corazón todos los sufrimientos que el incesto le había ocasionado. Tras varias sesiones en las que dejó hablar a su corazón, sintió crecer en ella el perdón y experimentó un profundo alivio. Y, sorprendentemente, le pareció que también su padre estaba mucho más tranquilo.
La situación se complica cuando el ofensor se niega a reconocer su falta o está ausente, es inabordable, desconocido o ha muerto. En tal situación, James Sullivan sugiere al consejero que represente el papel del ofensor, reconozca en su nombre su culpa y exprese su pesar y su propósito de enmienda. Para ilustrar sus palabras, cuenta la historia de una religiosa que estaba perpetuamente deprimida por haber sido rechazada por su madre en su infancia. Una vez que James Sullivan comprendió que la religiosa le había transferido a él la imagen de su madre, aceptó representar tal papel. Le pidió perdón por haberla desatendido en su infancia; después le expresó su alegría por haberla vuelto a encontrar y poder aprender a amarla de nuevo. Según este psicólogo, estas sesiones fueron tan beneficiosas que la religiosa pudo reencontrarse con la niña interior y permitirle revivir y expresar unas emociones que hasta entonces habían estado congeladas. Lloró mucho, se encolerizó y, finalmente, perdonó a su madre.
No siempre es posible contar con la ayuda de un consejero que se preste a representar el papel del ofensor. Por eso, si llega el caso, se recurre a otros medios para sustituirlo; por ejemplo: escribir cartas sin echarlas al correo, o dialogar con una silla imaginando que el ofensor está sentado en ella.
Frente a un ofensor impenitente y obstinado, el último recurso es encomendarle a Dios, como dice un proverbio judío: «Si tu ofensor no quiere enmendarse, confíale a la justicia divina». Esto es precisamente lo que hizo el director de una importante institución. Me contó su historia. Víctima de las maniobras deshonestas de dos colegas, había perdido un importante puesto administrativo y había visto truncada su carrera. Atravesó entonces una grave depresión, pero logró salir de ella gracias a un consejo encontrado en una obra de Michael Murphy sobre el perdón. Varias veces al día repetía la siguiente oración: «Dios mío, en mi impotencia, confío a mis colegas (y aquí los nombraba) a tu inmensa misericordia, para que transformes en bien el mal que me han hecho y así se cumpla tu voluntad». Me aseguró que, después de tres meses de invocaciones, ya no sentía el menor rastro de rencor ni de resentimiento. En un congreso donde se encontró con sus antiguos detractores, se sorprendió a sí mismo al darles espontáneamente la mano.
Ejercicio
Para compartir la herida
De todos los medios de compartir recomendados en el texto anterior, busca el más conveniente para tu propio proceso de perdón.— Hablar con tu ofensor después de haber preparado tu intervención del modo siguiente: decidir comunicarle lo que sientes, con la ayuda de mensajes en primera persona, escuchar su versión y llegar hasta el fondo de la cuestión.
— Encontrar a alguien que sepa escuchar sin juzgarte.
— Practicar el «lenguaje del corazón» en las situaciones difíciles.
— Encomendar a tu ofensor a Dios en la oración.
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥

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