viernes, 13 de junio de 2014

Etapa 2 del perdón

Etapa 2 del perdón:  Reconocer la herida 

Hoy llamo a la Energía del Perdón a mi Vida y dejo que integre e ilumine hasta las partículas más pequeñas de mi Ser, en lo Físico, Mental, Emocional y Espiritual. 

Me Abro a que la Luz Sanadora del Perdón disuelva y sane todo aquello que se encuentra apegado a mi existencia y que está impidiendo el Flujo de mi Bienestar completo. 

Hoy pongo en mi Intención el permitir que el Perdón me ayude a perdonar todo aquello que no he perdonado en mí mismo. Y con su amor, compasión y ternura, transforma toda culpa, vergüenza, dolor, apegos, lamentaciones, expectativas, desilusiones, etc: en Perdón, Sanación, Amor, Bienestar, Inocencia, Salud, Paz y Abundancia. 

El Perdón me deja verme a mí mismo desde los Ojos de mi Alma y mi Alma me muestra que estoy hecho del Amor más puro que existe: A La Imagen y Semejanza de Dios. Me muestra mi Divinidad, mi Inocencia, mi Poder, lo Amado que Realmente Soy y mi Conexión con Todo El Universo. 

Soy Perdón y Amor Incondicional ♥

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Segunda etapa: Reconocer la herida 
 La verdad os hará libres (SAN JUAN)

«He llegado a la convicción de que la mayoría de las neurosis tienen su origen en un rechazo del sufrimiento o en la incapacidad de soportarlo». En efecto, si, después de sufrir una ofensa, no reconoces y confiesas tu sufrimiento, te expones a no llegar jamás al perdón auténtico. A fin de cuentas, el perdón que creerás haber concedido no será más que una forma de defensa contra el sufrimiento. 

Nunca lograrás perdonar si sigues negando que has sido ofendido y herido y que, al mismo tiempo, ha quedado al descubierto tu pobreza interior. De ello resulta que una de las primeras tareas que te incumbe será revivir la ofensa. Pero esta vez lo harás con mayor confianza en ti mismo, sobre todo si te acompaña alguien en esta búsqueda interior. Aprenderás a aceptar, curar y transformar para tu propio beneficio el sufrimiento causado por la ofensa. La ofensa es como un anzuelo en el dedo: no puedes quitártela arrancándola, sino que debes hundirla más en la carne para sacar la punta y extirparla. 

El ejercicio de autocentramiento que te propongo al final te permitirá realizar una introspección y te enseñará cómo hacerlo para que puedas progresar en esta fase emocional del perdón. Pero es muy importante que antes tomes conciencia de los mecanismos de defensa que utilizamos para protegernos del sufrimiento. 

El fenómeno de los mecanismos de defensa 

El psiquismo humano está muy bien organizado para defenderse de la invasión de un sufrimiento demasiado grande. Cuando éste resulta insoportable, intenta atenuar su Impacto por diversos medios. En el plano biológico, moviliza las hormonas naturales contra el dolor; en el plano psicológico, los mecanismos de defensa o resistencia actúan a modo de fusibles que se funden para impedir que una corriente demasiado fuerte queme el circuito eléctrico. Más exactamente, lo que hacen es paralizar los efectos destructivos de las sensaciones demasiado intensas, para que el organismo en su conjunto pueda sobrevivir. 

Algunos psicólogos no parecen valorar en su justa medida la utilidad de los mecanismos defensivos. En su opinión, habría que eliminarlos lo antes posible. Pero parecen olvidar que en los mecanismos de defensa fisiológicos y psicológicos hay inscrita una gran sabiduría, de modo que estos mecanismos permiten a las personas heridas sobrevivir y proseguir sus actividades sin derrumbarse por completo. ¿No son estos mecanismos defensivos los que hacen posible que un soldado herido encuentre las fuerzas necesarias para recorrer a pie largas distancias con el fin de ser atendido; que la madre de familia profundamente afligida por la muerte de su marido acalle su dolor para atender a sus hijos; o que el hombre de negocios amenazado por una quiebra inminente encuentre valor para proseguir sus actividades cotidianas sin desalentarse? 

Sin embargo, estos mecanismos defensivos resultarán inútiles y hasta perjudiciales si siguen protegiendo a alguien una vez pasado el peligro. Esa persona parecerá un policía que, después del trabajo, se empeña en llevar el chaleco antibalas en su casa, donde se encuentra seguro. 

Avancemos un poco más y examinemos más detenidamente las diferentes formas que pueden adquirir estas resistencias psicológicas, de modo que podamos identificarlas mejor. Se dividen en dos grandes categorías: resistencias cognitivas y resistencias emotivas. 

Resistencias cognitivas 
No insistiré aquí mucho en este tema, recordemos que la negación cognitiva consiste en negar la ofensa o en intentar minimizar su impacto. Estas resistencias revisten varias formas. En primer lugar, veamos la del olvido: consiste en pretender que el olvido de la ofensa o de su impacto es el camino ideal para llegar al perdón. En segundo lugar, la de las excusas: es un esfuerzo por inventar toda clase de falsas excusas con el fin de descargar de responsabilidad al ofensor. Finalmente, recordemos una trampa análoga, que consiste en borrar un conflicto con un perdón rápido y superficial. 

Para justificar la negación cognitiva no faltan razones, que son aún más coactivas cuando se trata de traiciones o de graves injusticias por parte de los allegados, ya que éstas se perciben como algo tan doloroso y amenazador que se prefiere ignorarlas. De este modo, a pesar de múltiples indicios, el marido rechaza la evidencia de la infidelidad de su mujer; la madre, la de la drogadicción de su hijo, pese a observar en él todos los comportamientos de un drogadicto; y el jefe, la de que su empleado tan fiel pueda robar. Indudablemente, esta estrategia del avestruz atenúa la pena y la decepción, pero a largo plazo aboca en amargas tomas de conciencia. 

A veces la resistencia cognitiva lleva hasta el olvido total de un acontecimiento; pero éste no deja de producir su nefasto efecto sobre el comportamiento, incluso transcurridos varios años. Es lo que le ocurrió al asistente social, cuyo acontecimiento doloroso del hospital, así como su decisión infantil de no volver a confiar en los hombres, habían sido olvidados por completo y enterrados en el inconsciente. ¿Cómo habría podido realizar un proceso de perdón si no hubiese podido descubrir el origen de su frustración y de su vergüenza, que le habían llevado a no confiar en sus jefes masculinos? 

Resistencias emotivas 
Las investigaciones recientes sobre las dependencias creadas por el alcohol y las drogas han revelado que la vergüenza mal vivida representa un papel determinante en la negación emocional. Ahora bien, el sentimiento de vergüenza y los mecanismos de defensa que sirven para camuflarlo apenas se han empezado a explorar. Hasta ahora, el sentimiento de vergüenza se confundía a menudo con el de culpabilidad, pero son diferentes y no tienen ni el mismo origen ni la misma función. El sentimiento de culpabilidad surge de haber violado una ley o un principio moral que representan la realización de un ideal personal o social. La vergüenza es la sensación de que el yo profundo está al descubierto y expuesto a plena luz. La vergüenza hace descubrir hasta qué punto es uno vulnerable, impotente, incompetente, inadecuado y dependiente. La persona enfrentada al sentimiento de culpabilidad dirá: «He hecho mal, soy culpable y me siento culpable»; mientras que la persona que siente vergüenza afirmará: «Soy mala y no valgo nada. Tengo miedo de que me rechacen». El sentimiento de culpabilidad proviene de la conciencia de no haber alcanzado el propio ideal, mientras que el sentimiento de vergüenza nace de la conciencia aguda de las deficiencias y la vulnerabilidad del yo profundo. Al avergonzado le parece que sus debilidades se exhiben a los ojos de todos, y se siente siempre amenazado por el ridículo y el rechazo. 

Habrá quien se pregunte: «¿Por qué tanta insistencia en la relación entre la vergüenza y el perdón?». Realmente, hay una estrecha relación entre la vergüenza y la negación emocional y, en consecuencia, con el perdón. Sin ninguna duda, la ofensa provoca un sentimiento de humillación y de vergüenza. Este sentimiento es aún mayor cuando la ofensa proviene de una persona amada o estimada de la que se depende. La dependencia del otro y las diferentes necesidades más o menos infantiles se ponen al descubierto. La decepción es aún más aguda cuando la humillación procede de la misma persona de la que se esperaba afecto y estima. 

Querer perdonar sin ser consciente de esta humillación y de la vergüenza que sigue a la ofensa es avanzar por un camino minado y sin salida. La voluntad de perdonar, por generosa que sea, camuflará la necesidad de protegerse de la vergüenza de «sentirse insignificante». 

El principal desafío que plantea la fase emocional del perdón es justamente reconocer el profundo sentimiento de vergüenza para aceptarlo, relativizarlo, digerirlo e integrarlo. Una vez controlado, no sólo resultará soportable, sino que hará a la persona más consciente de la impotencia y la finitud comunes a todos los seres humanos. Pero el sentimiento de vergüenza no se deja descubrir fácilmente; por eso es necesario identificar las máscaras bajo las cuales se disimula: la cólera, el deseo de poder, el fariseísmo moral, el complejo de víctima eterna y el perfeccionismo. 

La cólera y el deseo de venganza sirven con frecuencia para ocultar la vergüenza. En lugar de aceptarla, el ofendido, avergonzado y humillado, reacciona queriendo a su vez humillar al ofensor. En un intento de liberarse de su propia vergüenza, la proyecta en su agresor para verle sufrir el mismo mal. A veces, en algunos individuos la cólera y la necesidad de castigar tienen un efecto de boomerang. Al haber reprimido todo sentimiento de agresividad, vuelven contra sí mismos su cólera y su deseo de venganza. 

La vergüenza se camufla entonces detrás de los sentimientos de ansiedad y de culpabilidad autopunitiva, lo que la hace aún más difícil de detectar. En este sentido, se puede decir que la gente prefiere sentirse culpable antes que avergonzada e impotente. Algunos perdones concedidos en un momento de ira contenida son, de hecho, venganzas sutiles, lo que puede explicar por qué el beneficiario de tal perdón siente un profundo malestar: en lugar de experimentar una sensación de liberación, se siente confuso y, a menudo, humillado. 

Por contradictorio que pueda parecer, algunas personas humilladas adoptan actitudes de poder y de superioridad. De ese modo intentan evitar experimentar la impotencia que engendra la vergüenza que sienten de sí mismas. Como reacción, tienden a exagerar su importancia. Los demás les parecen inferiores en conocimientos, cualidades morales y poder. Para expresarlo en el lenguaje del análisis transaccional, esas personas se declaran a sí mismas «correctas», mientras los demás les parecen «no correctos». En la misma línea, adoptan actitudes arrogantes de superioridad y omnisciencia. Todo ello por miedo a enfrentarse a su pobreza interior, pues el mero hecho de pensar en afrontarla desencadena en ellas una gran ansiedad. Su concepto del perdón se encuentra viciado, y lo utilizan sobre todo como medio de asegurar su dominio. 

La voluntad de poder es otra forma de camuflar la vergüenza. Vista desde una perspectiva moral, reviste la forma de una falsa grandeza moral que se podría calificar de fariseísmo. La persona ofendida, incapaz de aceptar su propia humillación, utilizará el perdón para humillar a su vez al que le ha hecho daño. Será como decirle: «¿Ves?: soy superior a ti, y voy a probártelo perdonándote». Es demasiado evidente que esta clase de perdón encubre mucho amor propio y menosprecio hacia el otro. 

En el polo opuesto del fariseo de moral arrogante se encuentra la persona que representa el papel de eterna víctima. Invirtiendo la estrategia, ha aprendido a sacar partido de su vergüenza para atraerse la piedad ajena: sabe explotar en beneficio propio las faltas de su perseguidor. Siempre se está quejando de él y de sus maldades, habla de su sufrimiento a cualquiera y exhibe con una complacencia apenas disimulada los malos tratos que debe soportar. Al mismo tiempo, suscita la indignación de sus oyentes hacia su opresor. Por eso, cuando la eterna víctima afirma pasar la esponja sobre las faltas cometidas, pretende simplemente mostrarse digna de admiración y de alabanza. 

Finalmente, veamos la máscara de perfección con la que se puede cubrir un perdonador. Es frecuente que, de niño, el perfeccionista se haya visto expuesto a una gran vergüenza. Su familia ha podido educarlo a base de reprimendas que apelaban a ella, o quizá se haya sentido muy avergonzado por los comportamientos erráticos de un padre alcohólico. También de niño ha podido jurarse que nunca le reprenderían por nada que pueda hacerle sentir vergüenza. Por eso intenta ser irreprochable en todo y en todas partes. Dado que es un modelo de virtud, se obliga a perdonar. El perdón le ayuda a proteger la frágil fachada que él intenta que sea inatacable. 

Éstas son algunas de las trampas psicológicas susceptibles de obstaculizar la cirugía del corazón humano que forma parte de la dinámica del perdón. A menudo aspiran a camuflar el sentimiento de humillación y de vergüenza con un falso perdón, con lo que impiden que éste sea un gesto liberador y gratificante. De aquí se desprende la necesidad de hacer una limpieza del universo emocional antes de llegar al perdón auténtico.


Ejercicio
Para reconocer la herida  

El propósito del ejercicio que propongo es eliminar las resistencias al sufrimiento y a la vergüenza que resultan inútiles e incluso nocivas. Servirá de ayuda para descubrir la verdad respecto a uno mismo y empezará a preparar para la próxima etapa, que consiste en compartir la herida con otra persona. 

Como acabamos de ver, al psiquismo humano no le resulta fácil dejar emerger a la consciencia las experiencias dolorosas, sino que se protege del sufrimiento y, sobre todo, de la vergüenza. Por consiguiente, no se trata de intentar destruir las resistencias psicológicas, sino, por el contrario, de hacernos conscientes de ellas, aceptarlas y dejar que se diluyan por sí solas. 

El mejor medio de lograrlo es ir a su encuentro allí donde están emboscadas, es decir, en el cuerpo. Éste lo registra todo y guarda un recuerdo fiel de la ofensa y de MUS consecuencias físicas y psicológicas. Las tensiones, las contracturas, los dolores e incluso algunas enfermedades físicas reflejan el sufrimiento psicológico reprimido; indican que hay una herida que es preciso curar. 

Si estás preparado para comenzar el ejercicio, procura crear un ambiente tranquilo a tu alrededor. Cuida de que no le molesten durante unos veinte minutos. Adopta una postura cómoda y evita llevar ropa demasiado ceñida.

Finalmente, convendría que anotases en tu diario las revelaciones captadas en el transcurso del ejercicio.

Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

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