Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo
(BERNANOS)
Perdonarse a sí mismo es, en mi opinión, el momento decisivo del proceso del perdón. El perdón a Dios y al prójimo habrá de pasar por el perdón que tú te concedas. Quien quiere perdonar pero no logra perdonarse a sí mismo se parece a un nadador al que la resaca lleva constantemente mar adentro, lejos de la orilla. Todos los esfuerzos que despliegues para perdonar al otro se verán neutralizados por tu odio hacia ti mismo. Aun en el caso de no haber sufrido una ofensa o un insulto concreto, el perdonarse a sí mismo es una de las grandes prácticas psicoespirituales de curación. Mi amiga Carol recordaba muy bien la recomendación de su psicoanalista neoyorkino: «Lo esencial de tu terapia le decía, es que aprendas a perdonarte a ti misma».
Cuando estás profundamente herido, no puedes dudar en perdonarte: te sientes obligado a ello. El duro golpe recibido, sobre todo si procede de una persona querida, habrá hecho añicos tu armonía interior, y entonces se desencadenarán en ti unas fuerzas antagónicas. Sólo el humilde perdón que te otorgues logrará restablecer la paz y la armonía en tu interior y hará posible que te abras al perdón al otro.
Tomar conciencia del odio a sí mismo
La armonía interior está siempre en un equilibrio frágil e inestable. Cuando sobreviene una depresión, una injusticia o una desgracia, se despiertan unas voces discordantes que invaden casi todo el espacio del mundo interior, hasta el punto de que ya no hay lugar para el perdón: está uno tan replegado sobre sí mismo que es incapaz de perdonar al otro. Esto es lo que constaté a lo largo de un fin de semana de terapia con separados y divorciados. Pedí a los participantes que describieran los obstáculos que les impedían perdonar. Y el principal obstáculo que me exponían procedía de la crítica implacable a sí mismos y de la incapacidad de perdonarse. He aquí algunos extractos de sus testimonios:
«Me es difícil perdonarme a mí mismo, porque he roto mi familia, no he reflexionado antes de separarme, no mostré suficiente grandeza de espíritu para tolerar los conflictos conyugales...».
«Tendría que haber previsto los problemas cuando me casé con un hombre tan frágil psicológicamente».
«Siento haber sido tan ingenua y haber confiado tanto en él».
«No consigo perdonarme por haber pensado antes de casarme que podía cambiar a mi marido alcohólico».
«Estoy enfadado conmigo mismo por haber creído en sus mentiras y haber soportado tanto tiempo sus infidelidades y sus gastos excesivos».
«La persona a la que más me cuesta perdonar es... a mí misma, que he sido una idiota por haberme obstinado en vivir un matrimonio sin futuro, por haber sido demasiado materialista...».
«Me cuesta perdonarme el no estar dispuesta a perdonar».
Estas «confesiones» demuestran hasta qué punto las personas, bajo el efecto de una gran decepción, tienden a culparse a sí mismas. No se perdonan el haberse expuesto a esas desgracias, y la ofensa que han sufrido exhibe a plena luz sus deficiencias y sus debilidades. Además de estar humilladas, se sienten llenas de vergüenza y de culpabilidad, mezcladas con un sinfín de humillaciones del pasado.
La génesis del desprecio a sí mismo
Se pueden identificar tres fuentes básicas de desprecio a sí mismo: primero, la decepción por no haber estado a la altura del ideal soñado; a continuación, los mensajes negativos recibidos de los padres y de las personas importantes para uno; y, finalmente, los ataques de la sombra personal, formada en gran parte por el potencial humano y espiritual reprimido y, por tanto, no desarrollado.
La primera fuente de hostilidad hacia nosotros mismos proviene de la búsqueda de una felicidad y una perfección absolutas, como si todos fuésemos dioses o diosas o, por lo menos, príncipes y princesas. Este deseo de infinito actúa siempre en nosotros, a pesar de las limitaciones y la impotencia de las criaturas que somos. Hay que ir aprendiendo poco a poco a aceptar la finitud y a tolerar el sentimiento de culpabilidad por no ser perfecto. La aceptación concreta del estado de criatura se ha considerado siempre un gran paso en el camino de la salud psicológica y espiritual. Se denomina «humildad». Esta virtud ayuda a valorarse con precisión y permite perdonarse, no sólo el ser limitado y falible, sino también haberse creído omnipotente, omnisciente, irreprochable y perfecto en todos los aspectos.
Una segunda fuente de culpabilización y de odio a sí mismo tiene su origen en los mensajes negativos procedentes de personas importantes en la propia vida. Estos mensajes son de orden no verbal o verbal. Veamos primero los mensajes negativos no verbales. El bebé siente en su cuerpo un montón de mensajes no verbales, como los gestos de impaciencia y de agresividad de los padres. Ya se trate de cansancio, depresión, rechazo inconsciente del niño, negligencia en el aseo, intrusiones en su intimidad infantil, actos de violencia o abusos sexuales, el niño los graba en su sistema nervioso y en su memoria.
Más tarde, el desprecio e incluso el odio a sí mismo crecerán como consecuencia de mensajes verbales despectivos, como palabras desagradables, juicios malintencionados, comparaciones, ridículo, apodos... La acumulación de mensajes desfavorables crea en la persona un complejo de inferioridad que la hace compararse constantemente con un ideal imposible, por confuso y mal definido. Decepcionada de sí misma y siempre perdedora, la dominarán las ideas negras y se hundirá en estados depresivos periódicos, cuando no impulsada al suicidio, forma suprema de la negativa a perdonarse.
La tercera fuente del sentimiento de culpabilidad y de malestar consigo mismo emana de la «sombra» de la personalidad. La sombra se compone de todos los aspectos de la persona que no se han podido o sabido desarrollar por creerlos inaceptables por el medio social. Presa del pánico ante determinados aspectos de sí persona que se consideran inadmisibles, la persona trata de enterrarlos en el inconsciente. Es lo que se hace muy a menudo, por ejemplo, con la agresividad que se teme asumir, y luego emerge en el momento de la ofensa exigiendo que se le devuelva su lugar. Si en ese momento no se la recibe y acepta, puede volverse contra la persona que la ignora. En lugar de ser su aliada, se pasará a las filas del enemigo para atacar en forma de auto-acusación enfermiza.
La identificación con el agresor
A consecuencia de una ofensa, un insulto o un ataque personal, se produce un extraño fenómeno que en psicología se denomina «identificación con el agresor». En cierto modo, se trata de un medio de supervivencia, mediante el cual se intenta escapar de la situación de víctima poniéndose en el lugar del propio agresor. Al revestirse de la fuerza del ofensor, la víctima tiene la ilusión de salvaguardar algo de dignidad o una apariencia de autonomía. Pero el problema consiste en que, incluso una vez desaparecida la ofensa, la víctima sigue siendo su propio perseguidor. Casi todas las escuelas psicológicas reconocen la existencia de este mecanismo de defensa que denominan de diversas formas: «super yo», «pariente crítico», «culpabilidad neurótica», «top dog», «complejo de superioridad»...
Esta parte del ser se vuelve entonces tiránica y despiadada consigo misma, y se manifiesta en algunas expresiones que revelan una exigencia desmesurada para consigo mismo, así como un perpetuo descontento. He aquí algunos ejemplos de este diálogo interior: «hay que...», «tengo que...», «tenía que haber...», «habría sido necesario que...», etc. A veces esta amargura se expresa con apodos degradantes o insultos dirigidos a uno mismo.
Este tipo de diálogo crea una polaridad en la que dos partes de la persona entran en conflicto. Una tiene tendencia a tiranizar a la otra con exigencias imposibles de satisfacer, mientras que la segunda sufre todas las acusaciones y es propensa a despreciarse ante sus pobres logros o, en otras ocasiones, a rebelarse. De esta guerra, con frecuencia inconsciente, resultan sentimientos de culpabilidad, angustia difusa y estados depresivos.
Así pues, cada vez que es víctima de una ofensa o de una agresión, una parte de la persona se deja contaminar por la acción degradante del agresor y se hace cómplice del propio ofensor persiguiéndose a sí misma. El mal que se le ha hecho lleva a rumiar las palabras ofensivas, a volver a ver las imágenes del suceso desgraciado y a revivir las emociones experimentadas durante la ofensa. El mal se ha infiltrado, y quien ha sido maltratado puede volver contra sí mismo o contra los demás los abusos de que ha sido objeto.
Es muy frecuente en terapia que los pacientes se acusen con las mismas palabras que su agresor. Una de mis pacientes repetía sin cesar: «¡Qué tonta soy!». Yo le pedí que repitiese el insulto escuchando con cuidado el tono, para descubrir a quién pertenecía esa voz que le había llamado «tonta». Para su sorpresa, reconoció en su voz la de su marido, que la había llamado así al abandonarla.
De donde se deduce que una de las primeras condiciones del perdón a uno mismo consiste en empezar por perdonarse el haberse identificado con el ofensor.
La aceptación de sí y el perdón
El precio que se paga por la falta de aceptación y de autoestima es muy alto. En El hombre descubriendo su alma, el gran psicólogo Carl Jung sostiene que la neurosis provoca falta de aceptación y de autoestima: «La neurosis es un estado de guerra consigo mismo -afirma-. Todo cuanto acentúa la división que hay en él empeora el estado del paciente, y todo cuanto reduce dicha división contribuye a sanarlo» (Linn 1987: 84). El mismo autor continúa hablando del amor a sí mismo: «La propia aceptación es la esencia misma del problema moral y la síntesis de toda una visión de la vida. Si doy de comer a los hambrientos, si perdono un insulto o si amo a mi enemigo en nombre de Cristo, se trata, sin duda alguna, de grandes virtudes. Lo que hago al más pequeño de mis hermanos se lo hago a Cristo. Pero ¿qué haría yo si descubriese que el más pequeño de todos, el más pobre de todos los mendigos y el más execrable de todos los que me han ofendido se encuentra en mi propio interior; que soy yo quien necesita la limosna de mi amabilidad; que soy yo el enemigo que reclama mi amor?» (Ibidem).
Hay que reconocer que todos tenemos más de un motivo para necesitar nuestro propio perdón, por ejemplo: habernos creído omnipotentes como dioses, habernos expuesto a las ofensas del prójimo, habernos dejado denigrar por los mensajes negativos de nuestros padres y educadores, haber permitido a nuestra sombra volverse contra nosotros y, finalmente, haber estado en connivencia con el ofensor hasta el extremo de perpetuar en nosotros sus gestos ofensivos.
Ante desafíos tan considerables como los que comporta el perdón a nosotros mismos, ¿no nos puede tentar el desaliento o incluso la desesperación? Sí, sin duda. Si sólo pudiésemos contar con nuestra iniciativa y nuestras propias fuerzas, con toda seguridad sucumbiríamos. Lo mismo pensaba Bernanos: «Un ser obligado a verse prescindiendo de la 'dulce piedad de Dios' sólo puede caer en el odio y el desprecio a sí mismo»
En cualquier caso, espero que se haya comprendido la vital importancia de perdonarse. El perdonarse a sí mismo condiciona el éxito de todos los demás perdones. Esto mismo decía el sabio sufí Hasdai Ben Ha-Melekh: «Si alguien es cruel consigo mismo, ¿cómo se puede esperar de él compasión por los demás?».
Ejercicios
Para ayudar a perdonarse
1. Gracias a este primer ejercicio, aprenderás a tratarte con más dulzura. Se trata de tomar conciencia de todas las veces que te acusas y te das órdenes utilizando expresiones como «hay que...», «tengo que...», «debería...», «estoy obligado a...», etc.
Empieza por hacer una lista de estas expresiones en tu lenguaje cotidiano. Por ejemplo: «tendría que perdonar a mi cónyuge». Después, mientras escribes esta serie de «hay que...» y otras fórmulas de obligación, detente en cada una de ellas y percibe lo que sucede en ti. Sin duda comprenderás que todas las obligaciones que te impones son otras tantas causas de estrés.
Una vez terminada la lista, sustituye cada uno de los «hay que...», «habría que...», «tengo que...» o «tendría que...», por «elijo...» o «soy libre de...».
Detente a saborear el nuevo estado de ánimo creado por esta sustitución.2. Esta meditación te ayudará a restaurar la armonía interior rota por el impacto de la ofensa, dispón de 15 minutos para realizarla sin interrupciones .
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥
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