jueves, 12 de junio de 2014

Etapa 1 del Perdón

Primera etapa: No vengarse y hacer que cesen los gestos ofensivos 


La violencia no ha cesado nunca por la violencia, sino tan sólo por la no-violencia 
(Principio universal budista) 

Al comienzo de tu peregrinación interior hacia el perdón, te propongo que adoptes dos decisiones fundamentales: la de no vengarte y la de hacer que cesen los gestos ofensivos. El movimiento del perdón no puede desencadenarse mientras desees saciar tu sed de venganza, que te irá consumiendo en situación de víctima.

 

Renunciar a la venganza 
Ocupémonos primero de la venganza, ese impulso instintivo que se experimenta después de una ofensa inmerecida. La sed de venganza es mala consejera. Evitarla implica evitarte un montón de problemas, como dice un proverbio chino: «El que se vengue deberá cavar dos tumbas». Pero aún hay más: reclamar como el Shyklock de Shakespeare «una libra de carne humana» como compensación por las humillaciones sufridas, aliviará durante algunos momentos tu resentimiento interior, pero no podrá sofocarlo. En cambio, la revancha te provocará una sarta de sinsabores y de desgracias de los que a continuación te presento una lista. Antes de que la leas, quiero que sepas que no está inspirada en una moral represiva, sino en el sentido común que busca tu felicidad. Es lo que se llama exponerse a la terapia de la realidad, es decir, a una terapia que tiene en cuenta la realidad y tu bienestar. 

Tómate tiempo para leer y meditar las razones que militan en favor de la no-venganza, y luego pregúntate: «Teniendo en cuenta todas estas razones, ¿aún deseo vengarme?». 


  • La venganza enfoca tu atención y tu energía hacia el pasado. Tu presente ya no tiene espacio, ni tu futuro proyectos interesantes. 

  • El espíritu de represalia reaviva tu herida al recordártela sin cesar. Te impide gozar de la paz y la tranquilidad necesarias para la curación de tu herida y su cicatrización. 

  • Para ser capaz de satisfacer tu venganza, a pesar tuyo deberás imitar a tu ofensor y dejarte arrastrar a su danza infernal; y, al hacerlo, no sólo te sentirás aún más herido, sino que además te envilecerás. 

  • La venganza incita a su autor a repetir gestos malvados que, además de ahogar toda creatividad, al mismo tiempo obstaculizan su crecimiento personal. 

  • Castigar a tu ofensor por el placer de vengarte engendrará en ti un profundo sentimiento de culpabilidad. Te sentirás culpable por utilizar el sufrimiento ajeno para aliviar tu propia humillación. 

  • El espíritu de venganza lleva a condenar sin piedad al ofensor, pero es de temer que el juicio desvalorizador que te has hecho de él se vuelva contra ti. Entonces te obsesionará el miedo a que los demás te paguen con la misma moneda en un futuro próximo. 

  • La réplica que consideras justificada creará en ti un estado constante de temor y ansiedad. Temerás sin cesar el día en que tu adversario pase al contraataque. 

  • La venganza fomentará en ti el resentimiento, la hostilidad y la cólera, que son sentimientos generadores de estrés. Sin duda conoces los malignos efectos del estrés, que ataca el sistema inmunitario y provoca toda una serie de enfermedades neurovegetativas. 

Éstas son las desgracias que originará tu venganza. Esperemos que te sirvan para rechazarla. Si es así, preferirás la solución menos costosa y más gratificante: el perdón. Si, después de haber reflexionado sobre las razones para no vengarte, no consigues dominar el impulso de hacerlo, te recomiendo que pases inmediatamente a la quinta etapa, en la que aprenderás la manera de calmar tu cólera y tu deseo de venganza.


Hacer que cesen los gestos ofensivos 
Alguien me hizo la siguiente observación: «Interpelar al enemigo para que cesen sus gestos ofensivos ¿no es una forma camuflada de venganza?». Hacer que cesen las acciones ofensivas utilizando todos los medios a nuestro alcance no se parece en absoluto a la venganza; por el contrario, supone respetarse sin atacar al ofensor. Podría ocurrir que la interpelación tomase la forma de una increpación humillante si se hiciera con la intención de atacar o de intentar crear en él un profundo sentimiento de culpabilidad. Por eso es muy importante, al intervenir para que cesen los gestos ofensivos, mantenerse en una actitud no vengativa. 

En tanto continúen los comportamientos ofensivos, es inútil querer perdonar. ¿Cómo hacerlo, o pensar siquiera en hacerlo, cuando se está sometido a una violencia constante? Perdonar en tales circunstancias equivaldría a abdicar de los propios derechos y dar pruebas de cobardía. Ghandi, el gran apóstol de la no violencia, no pensaba de otro modo cuando decía: «Si sólo se pudiera optar entre la violencia y la cobardía, no vacilaría en aconsejar la violencia». 

Afortunadamente, existen otras opciones para poner fin a la injusticia, por ejemplo, recurrir a la justicia. He conocido a padres que han logrado hacerlo. Apoyados por su grupo de ayuda, han tenido el valor de denunciar a la policía a su propio hijo, traficante de droga. Algunas esposas maltratadas han superado su miedo y han recurrido a la justicia para protegerse de la violencia de su marido. En ambos casos, es evidente que la intención que animaba a estas personas no era la de vengarse, sino la de hacer que cesaran el terror y la injusticia y, eventualmente, someter al opresor a tratamiento. 

A este respecto, ¿no es significativo que el mismo que nos pidió que perdonáramos a nuestros enemigos no pensase en perdonar a los vendedores del Templo antes de expulsarlos? Juzgó justo y apremiante que primero cesara la profanación del Templo. Una conducta análoga aconsejaba yo a un hombre inmerso en los procedimientos de un divorcio en el que se ventilaba la separación de bienes y la custodia de los hijos. Él me preguntaba cómo, en tales circunstancias, podía perdonar a su esposa. Yo le respondí que, en primer lugar, debía llevar su proceso con la mayor honestidad posible, y que sólo después podría consagrar sus energías a perdonar a su mujer. 

Me gustaría aclarar más este aspecto con la ayuda de un sacerdote. En cierta ocasión llegó a sus oídos, por dos caminos distintos, que uno de sus compañeros de orden con el que siempre había mantenido relaciones cordiales hablaba mal de él. En su ausencia, le acusaba ante el resto de los compañeros de exigir retribuciones excesivas de la institución en la que él mismo también trabajaba. Me sentí apenado e indignado al saber que su reputación estaba siendo dañada por unas palabras tan pérfidas. Su primera reacción fue no dar crédito a esas calumnias; pero, recordando lo que enseñaba a los demás, o sea, la necesidad imperiosa de detener los gestos ofensivos, tomó la pluma y le escribió lo siguiente: «Padre, he oído decir que habla a mis espaldas de mis presuntas exigencias salariales. ¿Es verdad o no? Si es falso, simplemente tire esta carta a la papelera. Si es verdad, le exijo que deje de propalar esos rumores sobre mí. Si necesita alguna aclaración, estoy a su disposición cuando guste, a pesar de que la cuestión de mi salario no le concierne en absoluto». El interpelado puso fin a sus habladurías en el acto, y él me sintió mejor dispuesto a pasar la esponja sobre el asunto. 

Sin duda, estos ejemplos habrán mostrado que el perdón no dispensa de tener el valor de interpelar al ofensor y recurrir a la justicia si es necesario. Juan Pablo II ha perdonado a su asesino Agca, pero nunca pidió que éste eludiera la justicia. 


Ejercicio

* Para analizar la situación de víctima 

Veamos a continuación un cuestionario que permitirá reflexionar sobre una situación de la que se es víctima. No tengo que recordar que el perdón es imposible mientras se permita al ofensor perpetuar los gestos ofensivos.

¿Qué haces en las situaciones en que eres víctima de las maniobras ajenas?
— Intentas olvidar.
— Dejas que la situación se pudra.
— Te dices que no hay nada que hacer.
— Temes las reacciones del ofensor si le pidieras que abandonara sus comportamientos destructivos.
— Dejas crecer el resentimiento.
— Esperas el momento de vengarte.
— Tienes miedo de «estallar» y ser injusto.

¿Cómo piensas intervenir de modo eficaz sin caer en la venganza?

¿Con quién podrías hablar de la situación para atenuar tu temor y tu agresividad a fin de encontrar la estrategia de intervención más apropiada y eficaz?
¿Cómo quieres interpelar a tu opresor?

Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

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