miércoles, 18 de junio de 2014

Etapa 4 del perdón

Etapa 4: Identificar la pérdida para hacerle el duelo

Hoy el Perdón me recuerda que ha Sanado y Purificado todo aquello que estaba impidiendo que el Flujo de la Vida, fluyera Abundantemente en todas las áreas de mi existencia. Doy las Gracias a esta Energía del Perdón, desde mi Alma y desde mi Corazón. 

Hoy me Abro a este Torrente de Bendiciones que llega a mi Vida. Observo y Agradezco este Momento Presente, dejando al pasado atrás y al futuro en el futuro. 

En este momento, en toda mi Pureza y mi Divinidad, me siento fresco y renovado. Encamino mi Vida hacia el Amor y mi Bienestar, reconociendo las señales que mi Alma me envía para mostrarme mi Camino: que se encuentran en mis sueños, mis fantasías y en todo lo que me hace feliz, ya que es lo que me llena de vida y lo que me conecta con las más Deliciosas Energías que existen en el Universo: siempre disponibles para mi abundantemente. 

Hoy, En Este Momento: Todo Es Perfecto ♥


Identificar la pérdida para hacerle el duelo

 He sufrido una ofensa, pero no estoy ofendido en el fondo de mi ser 
(ANÓNIMO) 

En el largo camino del perdón, has empezado por reconocer el daño que te ha causado la ofensa y has hablado de ello con alguien con quien te entiendes muy bien. Tu situación se va clarificando, y tu peso emocional va aligerándose: ya estás en plena vía de curación. En el curso de esta cuarta etapa, te propongo que hagas un inventario preciso de las pérdidas causadas por esa ofensa. Esta toma de conciencia te ayudará a hacer el duelo, porque, si no haces el duelo de lo que has perdido, no sabrás perdonar de verdad. 

Identificar la pérdida 
A raíz de una experiencia personal, comprendí la importancia de identificar bien la herida antes de poder curarla. Aquel día había recibido una carta de un chico que quería matricularse en la universidad donde yo enseñaba y que me pedía información sobre un programa de estudios del que yo era responsable, pero había olvidado mandarme su dirección. Como ya estaba matriculado en otro departamento de la misma universidad, supongo que pensó que era una información innecesaria. Yo decidí, sencillamente, que lo normal era ir a pedirla a secretaría; pero el secretario me puso mala cara y, después de exigirme explicaciones, se negó en redondo a darme la información que le pedía y lo que aún fue peor me acusó de robo académico y me echó del despacho. Estupefacto, no conseguía comprender lo que sucedía, pero después me invadió la indignación y tomé la decisión de escribir al rector para que metiera en cintura a aquel insolente y hasta despectivo funcionario. Estaba acabando de escribir la carta con la pluma empapada en vitriolo, cuando uno de mis compañeros entró en el despacho. Le conté mi desastre; él me escuchó atentamente y me dijo de sopetón: «Me pareces muy enfadado. Me pregunto qué punto sensible te ha tocado el secretario...». Al principio, su comentario me pareció inoportuno, cuando no impertinente; sin embargo, tras reflexionar, me hizo descubrir dos cosas: que el secretario había dudado de mi honestidad profesional y que, además, había despertado en mí un viejo dolor que yo creía olvidado. Esta toma de conciencia de las razones de mi indignación me produjo un efecto totalmente inesperado: para mi sorpresa, mi cólera y mi resentimiento se desvanecieron, hasta el punto de que ya no tenía ganas de enviar la carta al rector.

¿Cómo pude experimentar un cambio tan súbito? Esta es la explicación que yo me di: en el momento del enojoso incidente, había tenido la impresión de que se había puesto en duda toda mi personalidad. Más tarde comprendí que el secretario sólo había dudado de una parte de mí: mi honestidad profesional. Este descubrimiento me permitió ver con otros ojos mi herida. En primer lugar, me pareció menos importante; y, en segundo lugar, descubrí que mi confusión provenía menos del reciente altercado con el secretario que de una penosa situación que aún no había resuelto.

El artículo de Trotter (1987: 31-39) sobre el resultado de las investigaciones del psicólogo Martin Saligman me aclaró más lo que me había ocurrido. Este psicólogo sostiene que ofende más la propia interpretación de un suceso enojoso que el suceso en sí. En su opinión, quien se considera causa total, única y permanente de un acontecimiento desgraciado se condena a subestimarse y, al mismo tiempo, a no ser capaz de reaccionar. Para captar mejor el sentido de los términos «total, único y permanente», no tenemos más que escuchar el diálogo interior que mantiene, en perjuicio propio, un individuo en esta situación para explicarse sus contrariedades. Tiene tendencia a culparse de modo total y radical, como si sufriera un defecto congénito. «Siempre he sido un torpe y un inútil», se dice, en lugar de animarse de la manera siguiente: «He cometido un error que, en definitiva, es reparable». En segundo lugar, se atribuye toda la responsabilidad de la falta. «Soy el único responsable de mi desgracia», piensa, en lugar de darse cuenta de que no es el único responsable de la situación y de que hay otros actores implicados en el suceso. Finalmente, se ve como una víctima perpetua del destino. «Siempre me pasa a mí», se lamenta, en lugar de decirse: «Es efecto de una coyuntura pasajera».


Ejercicios
Para dejar de culparse

Regodearse en la situación de víctima sólo sirve para minar las energías. La «autoflagelación» es siempre mala consejera e impide progresar por el camino del perdón. Para salir de ese marasmo, propongo los siguientes ejercicios:

1. Pregúntate que parte de ti se ha visto afectada. ¿Qué has perdido?; ¿en qué valores te has sentido atacado o engañado?; ¿qué expectativas o qué sueños se han visto súbitamente aniquilados?

He aquí algunos de los valores que han podido sufrir daños: tu autoestima, tu reputación, tu confianza en ti mismo, tu fe en el otro, tu apego a tus familiares, tu ideal, tu sueño de felicidad, tus bienes físicos, tu salud, tu belleza, tu imagen social, tus expectativas frente a la autoridad, tu necesidad de discreción respecto a tus secretos, tu admiración por los que amas, tu honestidad...

Después de haber puesto al descubierto y nombrado tu pérdida, toma conciencia de que no se ha visto afectado todo tu ser, sino sólo una parte de ti. Te resultará beneficioso repetir: «No se ha visto afectado todo mi ser, sino sólo mi reputación (por ejemplo)». Hace algún tiempo, escuché en televisión el testimonio de una mujer que había sido víctima de una violación y afirmaba: «I was raped but not violated» («He sido violada, pero no envilecida»); en otras palabras: «La esencia de mi ser sigue sana e íntegra; a pesar de la violación, no he perdido la capacidad de sanar».

Si, dicho sea de paso, para hablar de las desgracias que me ocurren utilizo los verbos «haber» o «tener», o cualquiera de los tiempos compuestos con estos verbos (por ejemplo: he recibido un insulto), no expreso lo mismo que si utilizo los verbos «ser» o «estar» (por ejemplo: soy insultado). Hay una diferencia enorme en la percepción de la ofensa. Cuando digo: «Tengo una herida», doy a entender que hay una distancia entre la herida y yo, lo que me permite reaccionar y curarme. Pero, cuando afirmo: «Estoy herido», me identifico por completo con la herida y, como consecuencia, pierdo la capacidad de reacción.

2. Has de recordarte a ti mismo que no eres el único responsable del acontecimiento penoso o de la ofensa. Durante una conferencia que daba a separados o divorciados, les decía que ellos no eran los únicos causantes de su fracaso matrimonial, porque sus excónyuges, sus padres, la sociedad, etc., también tenían una parte de responsabilidad. Al oír estas palabras, una oyente se echó a llorar. Le pregunté qué le pasaba, y me respondió que era la primera vez que se daba cuenta de que no era la única «malvada» responsable del fracaso de su matrimonio.

3. Finalmente, es fundamental que te convenzas de que un error no es, ni mucho menos, irreparable. No estás condenado a revivirlo una y otra vez o a seguir sufriendo siempre sus consecuencias. Imaginándote que la desgracia te perseguirá eternamente, te programarás de una manera infalible para nuevos fracasos.

Por tanto, en lugar de atormentarte ante un fracaso, intenta descubrir la lección que puedes sacar de él. Muchos fracasos han sido la causa de experiencias enriquecedoras, de nuevos comienzos y de éxito en la vida. Y, finalmente, hay otro aspecto positivo de tus errores: te harán mucho más tolerante con los demás.


Sanar las heridas de la infancia 
Las heridas más difíciles de reconocer e identificar son las que se remontan al remoto pasado infantil, porque no las recordamos, como tampoco recordamos las circunstancias que las provocaron. Con frecuencia, lo único que queda son las tensiones de los comportamientos y las reacciones defensivas, reflejo de antiguos traumas que la menor ofensa despierta.

Las decepciones infantiles siguen dejando sentir sus efectos de manera inconsciente muchos años después. Con mucha frecuencia me encuentro con personas que, a pesar de toda su buena voluntad, se sienten incapaces de perdonar simples pecadillos. Y esa incapacidad de perdonar las humilla y a menudo las hace sentirse muy culpables. En cierta ocasión, una mujer joven me confesaba su incapacidad de perdonar a su suegro, cuya «enorme» falta había consistido en quedarse dos días en su casa cuando sólo había sido invitado a una cena familiar. Ante el mero pensamiento de perdonarle, topaba con un tenaz rechazo interior, y ello le hacía culparse por aumentar desmesuradamente la falta: «Es una bagatela se decía, debería dejar de sentir resentimiento hacia él». Como último recurso, me pidió consulta. Yo la invité a que definiera lo más exactamente posible la naturaleza de su ofensa, y ella me respondió: «Tengo la impresión de carecer de importancia a sus ojos, puesto que ignoró el mensaje de mi invitación». Entonces le propuse que se quedara con la sensación de «carecer de importancia» y que volviera mentalmente a su pasado dejando emerger lo que se asociara espontáneamente a ese sentimiento. Emocionada hasta las lágrimas, recordó un acontecimiento de su infancia y me contó que, cuando tenía ocho años, su madre le había estado prometiendo todo el año llevarla a la misa de gallo. Pero cuando se despertó la mañana de Nochebuena, le dijo que aún era demasiado pequeña para ir a misa esa noche. Aquella decepción infantil que, por otra parte, ella había olvidado por completo bloqueaba, como un eco lejano, su deseo de perdonar a su suegro. Por consiguiente, sólo después de haber recordado el origen de la sensación de «carecer de importancia», logró perdonar primero a su madre y después a su suegro.


* Para tratar una herida de la infancia
Un bloqueo «irracional» en un proyecto de perdón procede muy a menudo de una antigua herida que aún sigue viva, aunque de manera inconsciente. Por ello propongo esta meditación sobre el bloqueo que impide perdonar.

Adopta una postura cómoda. Durante veinte minutos, aparta de ti todas las posibles distracciones.




Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

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