Etapa 5: Aceptar la cólera y el deseo de venganza
Hoy el Perdón me recuerda que Cada Día es un Nuevo Comienzo. Me despierto en Gratitud y junto con el abrir de mis ojos, respiro la vida profundamente, llenando mis pulmones, mi Corazón y Todo Mi Ser del Amor Incondicional del Universo.
Hoy el Perdón me recuerda que Cada Día es un Nuevo Comienzo. Me despierto en Gratitud y junto con el abrir de mis ojos, respiro la vida profundamente, llenando mis pulmones, mi Corazón y Todo Mi Ser del Amor Incondicional del Universo.
El Perdón me recuerda que uno puede llegar a la meta por diferentes caminos. He dejado atrás el camino del dolor, la culpa y el miedo. Ya se acabó la lucha y el conflicto.
Hoy en este momento Escojo el Camino del Amor, el de mi Verdad Interior, el de la Paz, la Libertad, la Fe y la Armonía.
Fluyo con la Vida, Fluyo con mis Sueños, momento a momento y me Abro a que el Universo me Bendiga Abundantemente ♥
Hay que ser psicoterapeuta para saber cuánta agresividad reprimida hay bajo el falso perdón
(PAUL TOURNIER)
Es frecuente que la palabra «cólera» evoque escenas de extrema violencia. En consecuencia, se tiene un gran miedo a experimentar esta emoción. A algunos maestros espirituales les resulta extremadamente difícil ver en la cólera y en el deseo de venganza realidades psicológicas en sí mismas sanas. En virtud de una concepción del amor mutilada, consideran que hay que reprimir cualquier impulso agresivo. Voy a compartir este relato que hace tiempo me compartió un sacerdote psicólogo, un altercado que tubo con el capellán de un grupo de parejas. "Estaba yo dando en su presencia una conferencia sobre la comunicación a unas parejas y explicando cómo la vida en común comporta, junto a alegrías, una parte de frustraciones, y cómo la acumulación de frustraciones después de pequeñas disputas, junto con las exasperaciones posteriores, constituyen, en mi opinión, uno de los principales obstáculos a la buena comunicación en la pareja. Por eso aconsejaba a los esposos que no dejasen pudrirse en su interior sus pequeñas cóleras, sino que las expresasen de la manera más constructiva posible. Porque, en mi opinión, lo que destruye el amor no es la cólera, sino el miedo a sincerarse y la indiferencia. En ese momento, vi al capellán saltar de su silla. Con voz enfurecida me gritó: «Debería usted saber que la cólera es uno de los siete pecados capitales». Y se marchó en el acto dando un portazo.
Es obvio que no teníamos la misma definición de ese sentimiento. Yo utilizaba el término para describir el estado de irritabilidad interior provocado por una contrariedad, un insulto o una injusticia. Y él daba a la palabra «cólera» el sentido de odio y de resentimiento, cuya finalidad es hacer daño al otro o incluso destruirlo".
Frecuentemente aparecen predicadores, maestros espirituales o defensores de la «New Age» que contraponen el perdón y la cólera. Según ellos, para lograr perdonar, ante todo es preciso reprimir cualquier impulso colérico y desprenderse de todo pensamiento de venganza. En definitiva, fomentan la represión de cualquier sentimiento considerado «negativo». A mí me parece que esta actitud no conduce a ninguna parte; porque, del mismo modo que no es posible perdonar si no se produce antes una toma de conciencia y una aceptación de la propia vergüenza, tampoco será posible hacerlo si se reprimen la cólera y el deseo de venganza. No reconocer estos dos sentimientos, so pretexto de querer perdonar, es mentirse a sí mismo, además de transformar el perdón en un gesto social.
Pero, ¡cuidado! No se trata de fomentar o alimentar el resentimiento. Es frecuente la confusión entre la emoción espontánea de la cólera y el resentimiento. Y es preciso distinguir desde el principio la emoción pasajera de la cólera y el deseo de venganza del sentimiento voluntario y cultivado de odio o de resentimiento. Aunque la cólera sea un movimiento violento del alma, tiene, pese a las apariencias, elementos positivos. Es una reacción normal ante una injusticia, una búsqueda de autenticidad y un esfuerzo para suprimir el obstáculo que oculta el amor ajeno. El resentimiento, por el contrario, se implanta en el corazón humano como un cáncer y camufla una cólera sorda y tenaz, que sólo se aplaca cuando el ofensor es castigado o humillado. Puede revestir diversas formas: sarcasmo, odio duradero, actitudes despectivas, hostilidad sistemática, crítica reprobatoria y pasividad agresiva que mata cualquier posible alegría en las relaciones. En tanto no se quiera reconocer la cólera y sacar de ella el mayor provecho posible, se correrá el riesgo de que se pudra en el interior y se transforme en resentimiento y odio.
Los nefastos efectos de la cólera reprimida
Reprimir la cólera es sumirse en un marasmo sin esperanza de salir de él. Cuando se reprime una emoción porque es considerada socialmente inaceptable, lo menos que cabe esperar es que, tarde o temprano, surja en forma de desviaciones. Porque la energía emocional no se puede reprimir, ya que siempre consigue expresarse de una manera artificial y engañosa. Para calificar estas desviaciones emocionales, la escuela psicológica del análisis transaccional ha creado la expresión «sentimiento rebuscado». Examinemos más detenidamente estos «sentimientos rebuscados» causados por la represión nociva de la agresividad.
La cólera reprimida puede desplazarse y atacar a seres inocentes, ya se trate de objetos, animales o personas. ¿Quién no ha visto nunca a alguien dar una patada a un objeto o incluso a un animal para aliviar su ira reprimida? También se ven reacciones parecidas hacia las personas. Hay quien opina, no sin razón, que el marido que pega a su mujer intenta desesperadamente liberarse de la imagen de su madre. Y yo he visto a un niño, después de que su madre le riñera, dar un buen tortazo a su hermanito.
Es frecuente que la acumulación de pequeñas cóleras reprimidas provoque ataques incontrolables de violencia. Una amigo, que ostentaba una sonrisa estereotipada, vino a consultarme para aprender a dominar sus accesos periódicos de violencia verbal, pues su jefe le amenazaba con el despido, y su esposa con pedir el divorcio. Rehusé ayudarle a enfrentarse a su cólera, porque no quería fracasar como lo había hecho su director espiritual, el cual lo había intentado todo para impedirle enfadarse. Yo decidí ayudarle a domesticar su cólera y le pedí que no la reprimiera, sino que la dejara emerger, la reconociera a través de sus tensiones corporales típicas, la aceptara y le encontrara exutorios admisibles, como hacer deporte, cortar leña u otros ejercicios fuertes.
Uno de los efectos más habituales de la represión de la cólera es la tendencia a atribuir a los demás el propio sentimiento de irritación. El individuo que no es consciente de su propia cólera está predispuesto a transferírsela a los demás. En el momento en que se siente amenazado por los diversos aspectos que adopta su cólera, se la atribuye a otras personas. El siguiente ejemplo demuestra lo que quiero decir. Una mujer de gran cultura y con gran sensibilidad espiritual me escribió para hacerme partícipe de su angustia por el suicidio de su hijo. Me contaba lo pronto que le había perdonado la pena y la angustia que su suicidio le habían causado. Por otra parte, no lograba aceptar que Dios hubiera perdonado a su hijo un gesto tan reprensible. Yo pensé que ella no podía asumir la cólera que experimentaba hacia su hijo y la proyectaba en Dios. Lo que me convenció de que estaba en lo cierto fue que sus angustias y sus dudas seguían atormentándola a pesar de los esfuerzos de familiares y amigos para tranquilizarla respecto a la bondad y la misericordia divinas.
Ésta fue mi respuesta a su carta: «Señora, en ningún momento me he permitido dudar de su sincero deseo de perdonar a su hijo. Permítame, sin embargo, asombrarme del poco tiempo que le ha llevado curar su dolor antes de conceder el perdón. ¿Cree usted que su duelo ha madurado lo suficiente y que su gran herida ha cicatrizado lo bastante para pensar realmente en perdonarle? Mi experiencia con personas en duelo por el suicidio de un ser querido me permite afirmar que los supervivientes necesitan mucho tiempo para que sus sentimientos de cólera y de culpabilidad se manifiesten y se transformen. Le vendría muy bien escuchar sus emociones. Así podría acoger las que aún no hayan encontrado una expresión satisfactoria». Algún tiempo después, recibí una carta en la que me decía que había acertado en el diagnóstico, y que ella había encontrado una buena consejera para ayudarle a asumir sus sentimientos de culpabilidad y de cólera.
Otra desviación de la cólera consiste en volverla contra uno mismo, y ocurre en las personas que se prohíben el menor impulso colérico y se culpabilizan cuando se produce la más mínima manifestación de éste. Entonces se acusan y se autocastigan, cuando no se sumen en una depresión nerviosa, como le sucedió a una asistente social, uno de sus clientes, un chico por el que había llegado a sentir mucho cariño, se había suicidado, y ella se reprochaba amargamente haber estado ausente el día que él le había telefoneado para pedirle ayuda. Desde entonces vivía con la idea de que ella era en gran parte responsable de su muerte, y se acusaba, entre otras cosas, de haber llegado a pensar que el suicidio sería una solución a los numerosos problemas del joven. Después de haber escuchado el relato de sus emociones, le sugerí que se imaginase a su joven cliente sentado frente a ella y que le dijera: «Me siento culpable de tu muerte». Después, le propuse que sustituyera esa frase por la siguiente: «Estoy resentida contigo porque te has matado a pesar de toda la ayuda que yo te he proporcionado». Después de muchas vacilaciones, por fin decidió expresarle su decepción y su cólera, y ambos sentimientos se fueron intensificando a medida que los iba exteriorizando. Después, se echó a llorar, reconociendo que había sido incapaz de impedir el suicidio del joven. Acababa de aceptar sus limitaciones. En aquel momento empezó a perdonarse por haberse creído lo suficientemente fuerte como para salvarle a pesar suyo.
La cólera reprimida puede también adoptar otros disfraces, como la culpa, la crítica rabiosa, el cinismo frío, la hostilidad acusadora o el enfado. Todas estas manifestaciones de cólera camuflada entran en la categoría de los «sentimientos rebuscados», que tienen como característica ser inextinguibles y repetitivos. En contraste, los sentimientos auténticos se eliminan por sí solos apenas se expresan. Ése es el efecto normal de una catarsis que ha tenido éxito. Pero el caso de los sentimientos rebuscados es muy distinto, pues se adhieren a la afectividad del individuo sin que éste logre encontrar un modo de expresión adecuado. El único medio de salir de este atolladero emocional consiste en conectar con la cólera reprimida y encontrarle una expresión apropiada.
La cólera no reconocida puede ser causa de varias enfermedades psicosomáticas, como consecuencia del gran gasto de energía y del estrés que produce, porque provoca un estrés nocivo, origen de los más diversos males físicos. En La guérison des souvenirs (1987: 135-136), los hermanos Linn presentan los resultados de las investigaciones en este campo dirigidas por el doctor Floyd Ring, que ha estudiado las diversas enfermedades provocadas por una falta de dominio de la cólera o por expresarla inadecuadamente. Por un lado, Ring considera que las manifestaciones excesivas de cólera, ya sean físicas o verbales, a menudo dan lugar a las siguientes enfermedades: oclusión coronaria, artritis degenerativa y úlceras pépticas. Por otro lado, las personas que reprimen su miedo y su cólera son propensas a enfermedades de piel, a la artritis reumática y a las colitis ulcerosas. Finalmente, las personas que ejercen un autocontrol excesivo no se atreven nunca a expresar su cólera y su miedo, pese a ser conscientes de ellos, y corren el riesgo de padecer asma, diabetes, hipertensión y migrañas. Habrá quien piense que el cuadro de estas enfermedades es demasiado sombrío; pero lo que parece indiscutible es que la represión sistemática de los impulsos coléricos provoca tales estados patológicos y neuróticos que el individuo ya no encuentra la energía necesaria para emprender el camino del perdón.
Me gustaría terminar este apartado con algunas observaciones sobre el modo de comportarse con las fantasías de venganza. He conocido personas que querían desprenderse de sus ideas de venganza combatiéndolas frontalmente. Y era inútil. Cuanto más intentaban rechazarlas, más obsesivamente resurgían. Para convencerte de ello, haz el siguiente ejercicio: intenta no pensar en el color «rojo». Comprobarás que es imposible, porque para imaginar el no-rojo, tienes que pensar en el rojo. De hecho, la imaginación no puede concebir el no-rojo. Lo mismo sucede con tus ideas de venganza; se impondrán con mayor fuerza a tu imaginación cuanto más intentes echarlas. Lo mejor es dejarlas venir tranquilamente y permitirles desarrollarse como una película. En cuanto lo hayas hecho y te hayas adueñado de ellas, te parecerán unas fantasías muy fútiles, y sólo te faltará tomar la decisión de no hacerlas reales.
Los aspectos beneficiosos de la cólera
La cólera, entendida en el sentido de un movimiento anímico violento y agresivo, no es en absoluto perjudicial; al contrario, procede de un saludable instinto de supervivencia física, psicológica y moral. Su efecto perjudicial o beneficioso depende del uso que de ella se haga.
Bien utilizada, contribuye al buen funcionamiento de las relaciones humanas entre esposos, amigos, padres e hijos, o jefe y empleados. En todos estos casos, es fundamental defender las propias fronteras y los valores personales, y en ocasiones hacerlo con vigor e indignación. Al contrario de lo que ocurre cuando se muestra una actitud de indiferencia o de agresividad reprimida, la manifestación adecuada de la cólera conlleva el deseo de restablecer el contacto. La afirmación propia, incluso colérica, intenta suprimir los obstáculos a la comunicación y el amor.
De la agresividad no reprimida y asumida resultan otros efectos beneficiosos, como, por ejemplo, lograr descubrir los valores a los que se concede mayor importancia. Por tanto, la cólera tiene en este caso como efecto mostrar con mayor claridad lo que se quiere ser y hacer; sirve para dar la alarma y advertir del peligro de dejar que alguien abuse de nosotros o traspase nuestras fronteras personales. La cólera también hace reaccionar ante las injusticias cometidas con una persona o un grupo de individuos. En suma, despierta la energía moral precisa para afrontar el mal y la injusticia.
Dominar la cólera para ponerla a nuestro servicio
Si la represión de la cólera y del deseo de venganza conduce fatalmente a un «impasse», ¿qué hay que hacer exactamente: dejarlos hervir o controlarlos? La siguiente anécdota sugiere una respuesta a estas preguntas. André se presentó en mi consulta después de una penosa separación que amenazaba gravemente su equilibrio psicológico. Apenas podía cumplir con sus tareas de profesor en un instituto. Lo veía todo negro y se culpaba del abandono de su esposa, reprochándose, entre otras cosas, sus casi perpetuos estallidos coléricos verbales. Aquellos arrebatos le humillaban mucho. A veces, André conseguía reprimir su temperamento volcánico merced a enormes esfuerzos de voluntad; pero, después de algunas treguas, bastaba un suceso banal para que estallara de nuevo. Lo lamentaba mucho y se deshacía en excusas, se confesaba y escuchaba con firme propósito de enmienda los consejos y las palabras de aliento de su guía espiritual, pero la siguiente borrasca de rabia reducía a la nada todos sus esfuerzos.
Al principio de la terapia, yo no me atrevía a abordar con él el tema de la cólera, temiendo que aún no hubiese superado la pena de la separación. Cuando le vi dispuesto a tratar de su cólera reprimida, le sugerí trabajar ese problema, pero no pareció interesarle. A pesar de todo, yo quise sacar el tema de sus enfados, y él me dio a entender que su cólera estaba perfectamente controlada. Así que un día decidí ponerle a prueba. Le hablé de las infidelidades de su esposa y de su divorcio penoso y humillante. Él permaneció impasible. Insistí recordándole los cuernos que le habían puesto sin él saberlo, cuando todo el mundo estaba enterado. Al verlo enrojecer y arrugársele la frente, le pregunté qué le pasaba, pero él comenzó por negar que estuviera sintiendo la menor emoción. Yo insistí y le invité a describirme las sensaciones corporales que experimentaba. El me confesó que tenía un enorme nudo en el estómago. Le dije que permaneciese en contacto con ese nudo, pero él se negó en redondo, pretextando que no quería enfadarse, porque no era correcto hacerlo. Una vez tranquilizado, se concentró en su nudo y empezó a describirme cómo crecía en él la cólera y todo lo que deseaba decir y hacer. Entonces le sugerí que hablase con su cólera y que le dijese que quería recibirla, aceptarla y darle las gracias por estar allí para protegerle. Segunda negativa por su parte. Tuve que volver a decirle que confiara en mí, y finalmente aceptó dirigirse a su cólera, acogerla como a una amiga que quería defenderle y después decirle amablemente que de momento no necesitaba de sus servicios. Y, mágicamente, el nudo en el estómago se deshizo, transformándose en un calor saludable que invadió todo su cuerpo.
Mi paciente acababa de reconciliarse con la parte colérica de su ser, la misma que había estado combatiendo sin éxito desde hacía tanto tiempo. André acababa de salir de la alternancia entre represiones y explosiones que durante años había estado obstaculizando la evolución de su madurez emotiva. Como su cólera ya le estorbaba menos, podía pensar en llegar al perdón auténtico.
Pasados algunos meses, quise comprobar los efectos de su reconciliación con su cólera. Y él me contó lo siguiente: «Un día que estaba dando clase, intentaba que mis estudiantes me escucharan, pero era inútil, hablaban más fuerte que yo. De repente sentí que se me formaba el nudo en el estómago. Estaba a punto de estallar en una de mis violentas crisis de cólera. Entonces les dije con voz firme: '¡Cuidado! En este momento estoy sintiendo llegar a una amiga que os hará callar. Es mi cólera. Y ya sabéis que cuando estalla, es digna de verse. Si os calláis, se calmará'. Atónitos ante mi nuevo modo de imponer disciplina, mis estudiantes se callaron. Te puedo garantizar que desde hace cuatro meses no me he vuelto a encolerizar. He aprendido a reconocer mi cólera y a respetarla como a una amiga.
Como habrán podido comprobar leyendo esta historia, no existen emociones «negativas» o despreciables en sí mismas. Las emociones son energías humanas positivas, que exigen ser reconocidas, dominadas y utilizadas en el momento oportuno. Por otra parte, cuando se las teme y se las reprime en el inconsciente, forman núcleos de emociones e imágenes casi autónomos, que entonces se denominan «complejos». En psicología jungiana, el material reprimido forma la «sombra» de la personalidad, que se vuelve anárquica e incontrolable mientras la persona se niegue a reconocerla e intente huir de ella. Si la persona decide «comerse» poco a poco su sombra como en el caso de André, que se reconcilió con su cólera, lo que parecía un «handicap» destructor se transforma en fuente de energía y de plenitud personal y social.
Objeciones a desprenderse del resentimiento
Algunas personas heridas se niegan a abandonar su resentimiento; temen que si aceptan transformar su rencor y su odio, se traicionarán a sí mismas. Piensan sin razón que conservar vivo el resentimiento podrá salvaguardar su dignidad humana y evitarles exponerse a otras humillaciones por parte de su ofensor. Por supuesto, la intención de hacer respetar su dignidad personal se inspira en sentimientos nobles; pero no es menos cierto que cultivar el rencor conduce al deterioro propio y a ciclos de venganza estéril, como hemos visto anteriormente. Además, hay otros medios para mantener la propia dignidad y la autoestima, sin que haga falta dejarse consumir y destruir por la propia animosidad.
Otras personas consideran que el resentimiento y el odio pueden servir para motivarlos y probarse a sí mismos y a los demás su valor y su capacidad. Es lo que sostenía una mujer en una conferencia. Afirmaba que gracias a su odio y a su rencor había hecho una carrera con éxito, porque había querido probar a su ex-cónyuge su capacidad de autonomía financiera. Después de felicitarla por su perseverancia y sus éxitos académicos, le pregunté cuándo dejaría de actuar en función de su ex-cónyuge para invertir sus energías en función de sí misma y de lo que quería hacer con su vida. El resentimiento, como un cohete, puede proporcionar al principio un fuerte impulso, pero de corta duración.
Ejercicios
El siguiente ejercicio te permitirá entrar en contacto con tu cólera para acogerla y comprender lo que puede hacer por ti. Es posible que durante el ejercicio entres en contacto
con una emoción distinta de la cólera, pero no interrumpas el proceso. Detrás de la cólera es frecuente que se oculten un sufrimiento inconsciente y una gran vergüenza.
Adopta una postura cómoda. Aparta lo que pueda distraerte durante los próximos veinte minutos.
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥

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