Pero no hagáis su voluntad con obstinación y tensión.
Sosegaos. Ceded.
Encomendaos a Dios
(THOMAS KELLY)
Te has esforzado tanto hasta este momento por proseguir el «incierto camino» del perdón que, sin duda, estás sorprendido por el título de este capítulo: dejar de obstinarte en perdonar. Cuando estás a punto de introducirte más profundamente en la fase espiritual del perdón, vas a comprender que un mero esfuerzo de voluntad no te ayudará, sino que, lejos de ello, podría perjudicarte. Ha llegado el momento de desprenderte del orgullo sutil y del instinto de dominación, porque, si te empeñas en perdonar a toda costa, puedes sentir la tentación de ceder ante ellos. La obstinación en perdonar no contando más que con tus propias fuerzas reflejaría que sólo te estás buscando a ti mismo. Debes, pues, renunciar a ser el único autor de tu perdón y, por consiguiente, al poder personal que podría proporcionarte.
De este modo, te desprenderás de todos los falsos motivos para perdonar que hayas podido inventarte, porque no harían sino viciar la grandeza y la autenticidad de tu gesto y, al mismo tiempo, harás en ti el vacío que precisa la gracia del perdón para actuar.
En el curso de esta etapa aprenderás a renunciar a todo deseo de suficiencia, incompatible con la sublimidad del perdón. Te prepararás para renunciar incluso al deseo de perfección personal, por loable que éste sea. Todo ello para permitir que la inspiración divina actúe con toda libertad. Por supuesto, seguirás manteniendo tu barco rumbo al perdón, pero cesarás de remar para dejarte llevar por la brisa divina.
A partir del momento en que decidiste perdonar, tuviste que exigirte una gran ascesis personal. Pero el perdón no es el resultado de ese proceso ascético, sino que depende de otra fuente: de una fuente divina. Tú aceptas no ser el único agente de tu perdón, sino que deseas colaborar con la acción de Dios. ¿No es eso lo que el mismo Jesucristo hizo en la cruz? No quiso conceder el perdón a sus verdugos él mismo, sino que pidió a Dios que lo hiciera por él: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Le 23,34).
La obstinación impide la llegada del perdón
¿Cómo se me ocurrió la idea de que no hay que obstinarse en perdonar? Pues después de haber oído la historia de un religioso misionero que se había empeñado, en vano, en perdonar a fuerza de voluntad. Era un ferviente misionero que se había consagrado en cuerpo y alma a la evangelización de su pueblo de adopción, pero sus métodos apostólicos distaban mucho de ser apreciados por todo el mundo y le acarreaban calumnias por parte de algunos. Aquellas palabras malintencionadas llegaron a oídos de su superior provincial, que se asustó y le ordenó que dejase la misión y volviese a su país en el plazo más breve posible. Es fácil comprender que, después de tantos años de dedicación apostólica, nuestro misionero estuviera absolutamente aterrado al ver derrumbarse en un instante todo su trabajo misional.
Después de algunos meses de descanso y reflexión, quiso liberarse de aquel resentimiento extenuante que envenenaba su vida y decidió perdonar a su ex-provincial el sufrimiento que le había causado. Empezó por orar y hacer orar por él. Varias veces al día repetía dirigiéndose a su ex-provincial: «Te perdono»; pero era inútil, porque nada lograba mitigar su amargura, sino que, por el contrario, su obstinación en perdonar sólo lograba agravar su resentimiento.
Sintiéndose desamparado, pensó en recurrir a un último medio: encerrarse unos días con el único propósito de lograr perdonar. Desde el principio de su reclusión, se puso manos a la obra: lecturas sobre el perdón, largas horas en la capilla y repetición de la fórmula: «Te perdono». A veces creía haberlo conseguido, pero al día siguiente se despertaba con el mismo tormento en el corazón. La noche del cuarto día, mientras estaba meditando en la capilla, tomó maquinalmente el Nuevo Testamento, lo abrió al azar y fue a dar con el texto de la curación del paralítico. Las palabras de los fariseos, «Sólo Dios puede perdonar» (Mc 2,7), le saltaron a la vista, y comprendió en el acto la inutilidad de empeñarse en perdonar contando sólo con sus propias fuerzas. Entendió por fin que lo que le guiaba no era más que el deseo de poder. Sus grandes esfuerzos sólo habían servido para camuflar su humillación y su cólera. Acababa de darse cuenta de su deseo inconfesable de mostrarse moralmente superior a su ex-provincial y, de paso, vengarse sutilmente de él.
Este descubrimiento le llevó a encomendarse por completo a Dios. Empezó por relajarse; después se preparó para recibir la gracia del perdón, pero sin saber cómo, cuándo o dónde le sería concedida. Dos días más tarde tuvo la sensación, primero confusa y luego cada vez más clara, de que algo se había liberado en él. A partir de aquel momento, sintió que le invadía la paz, su corazón se aligeró, y su alma se sintió liberada. Curiosamente, ni siquiera experimentaba la necesidad de pronunciar su fórmula mágica: «Te perdono». El resentimiento había desaparecido, y el perdón se instaló para siempre en él.
Evitar el peligro de reducir el perdón a una obligación moral
Veamos otra razón para renunciar a perdonar sólo a fuerza de voluntad. El perdón no puede ser una orden o un precepto moral, pero es fácil caer en este error y privarle de su aspecto espontáneo y gratuito. Esto era lo que San Pedro no lograba comprender, y por eso preguntaba a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle, hasta siete veces?». Pedro, lleno de preocupaciones legalistas, quería reglas morales precisas sobre el perdón. Es bien conocida la respuesta de Jesús, que defendió la opinión contraria a la de Lamek de vengarse setenta y siete veces y declaró: «Te digo que no siete veces, sino setenta veces siete» (Mt 18,21-22). La respuesta de Jesús da claramente a entender que el perdón no deriva de una obligación moral, sino de una mística de la gratuidad: la que rige las relaciones íntimas entre Dios y el ser humano. Lejos de ser una orden, en el pensamiento de Jesús el perdón implica la conversión del corazón y la opción por un estilo de vida que concuerda con la conducta divina. Ahora bien, ¿quién puede pretender llevar la misma vida que Dios sin haber recibido ese don? El poder de perdonar, por tanto, sólo puede brotar de un corazón libre y perdonado.
Oyendo y leyendo a ciertos predicadores y falsos «maestros espirituales» se podría pensar lo contrario, porque insisten tanto en la obligación de perdonar que dan la impresión de que el perdón no es más que el fruto de una voluntad generosa, sin intervención de la gracia divina. Con sus palabras, pueden hacer que sus oyentes y lectores sufran delirios de grandeza respecto a su capacidad de perdonar, por lo que no es de extrañar que, dados sus repetidos fracasos a la hora de hacerlo, algunos se dejen llevar por el desaliento.
Determinadas normas morales no siempre han sabido evitar el error en esta materia al intentar obligar para el "ahora" lo que es una gracia que no podemos suponer en todos los casos. ¿No habrá contribuido en parte cierta tendencia legalista al desinterés general hacia el sacramento del perdón cuya importancia en el crecimiento espiritual no se debería desestimar? Carl Jung abundaba en este sentido cuando escribía que quien ya no puede desvelar su conciencia ante otro está condenado al «aislamiento espiritual».
Ejercicio
Oración de la «afirmación» del perdón
Ya he dicho anteriormente que para que el perdón sea eficaz hay que renunciar al «deseo de poder». Ahora bien, esta renuncia sólo es posible mediante la oración; una oración hecha con la certeza de ser escuchado. La confianza con que se vive la oración es un factor de su eficacia, cuya importancia subraya san Marcos: «Quien no dude en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá» (Mc 11,23). Por consiguiente, propongo una oración que deja tan poco espacio a la duda y a la indecisión que anticipa o vive de antemano el cumplimiento del ruego. En otras palabras, recomiendo que se considere el perdón un acontecimiento ya realizado. Dicho sea de paso: no hay que sentirse obligado a adoptar las fórmulas de oración sugeridas; se puede crear libremente la propia oración de «afirmación».
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥

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