Las amistades renovadas exigen más cuidados que las que nunca se han roto
(LA ROCHEFOUCAULD)
¡Enhorabuena! Has llegado a la última etapa de tu largo proceso de perdón. Ahora que ya has perdonado a tu ofensor, tienes que decidir qué vas hacer con la relación que aún te une a él. ¿Quieres continuar esa relación para profundizarla o piensas que es preferible romperla?
No confundir perdón y reconciliación
Para algunos autores, el perdón es sinónimo de reconciliación; de ahí su temor a perdonar al ofensor y, por consiguiente, tener que reconciliarse con él y exponerse de nuevo a sufrir las mismas vejaciones. Este era el caso de mi colega psicóloga cuya amiga había traicionado sus secretos. Se negaba a perdonarla, porque pensaba que tenía que confiar de nuevo en ella y volver a estar expuesta a su indiscreción. Yo he comprobado recientemente el mismo temor en una persona que también confundía el perdón con la reconciliación. Pasó lo siguiente: una protestante se había enamorado locamente de su pastor. Él, que también se había encaprichado de ella, había respondido a sus insinuaciones, aunque no sin temer por su reputación, porque estaba casado y era padre de familia. Ella, segura del amor que él sentía, dejó su casa para vivir sola en un apartamento, pretextando ante su marido que quería encontrarse a sí misma y reflexionar sobre la orientación que iba a dar a su vida. La verdadera razón era que quería vivir una mayor intimidad con su amante, el cual proyectaba abandonar a su esposa para reunirse con ella. Pero el asunto llegó a oídos de la mujer del pastor, que convenció a su marido de ir a consultar a un consejero matrimonial. Finalmente, consiguió disuadirle de irse a vivir con su amante.
Nuestra heroína se encontró totalmente sola en su piso de soltera y, después de reflexionar, decidió volver al hogar familiar. Ahora bien, su marido, aún bajo el impacto de haber sido abandonado, exigió de ella promesas formales de fidelidad, que eran la condición esencial de su perdón y del eventual retorno al hogar de su mujer; pero ella se negó. En éstas estaban cuando se presentaron en mi consulta. Después de algunas sesiones, conseguí que el marido comprendiese que no podía poner condiciones a su perdón; éste debía ser total y sin restricciones. No obstante, una vez concedido, podría negociar las condiciones del retorno de su mujer al hogar. También él confundía perdón y reconciliación.
Esta confusión no es exclusiva de la gente normal, sino que también se da en los especialistas en materia de perdón. Algunos maestros espirituales y teólogos hacen afirmaciones como las siguientes: «El fin último del perdón es la reconciliación»; «Perdón y reconciliación son realidades inseparables»; «El perdón es incompleto sin la reconciliación». Da la impresión de que para algunos de ellos el perdón equivaldría a olvidarlo todo, hacer como si nada hubiera pasado y reanudar la misma relación que antes de la ofensa. Este enfoque tiene más que ver con el pensamiento mágico que con la sana psicología humana. Si la reconciliación fuese la norma de la autenticidad del perdón, sería evidente por qué tantas personas se niegan a perdonar: tienen la impresión de fingir que perdonan y, en definitiva, de traicionarse a sí mismas.
Es obvio que la reconciliación sigue siendo la consecuencia normal y deseable del perdón, y más aún para las personas unidas por lazos muy estrechos, como sucede en el caso de los cónyuges, de los padres, de los hijos, de los amigos, de los vecinos y de los compañeros de trabajo. Pero, aunque la reconciliación sea posible, no se debe pensar que la situación será la misma que antes de la falta. Después de una ofensa grave, no se puede reemprender la relación del pasado, por la sencilla razón de que ya no existe y no puede existir. Todo lo más, se puede pensar en profundizarla o en darle otro carácter.
Perdonar y acabar con la relación
Existe más de una situación en que la reconciliación con el ofensor resulta imposible; por ejemplo, en los casos en que el ofensor es desconocido, ha fallecido o desaparecido; o también cuando se muestra incorregible, contumaz e irresponsable. En esas situaciones, ¿no cabe otra conclusión sino que el perdón es imposible? En absoluto. El perdón es, ante todo, una disposición del corazón, por lo que no sólo es posible concederlo, sino que es necesario hacerlo para recobrar la paz y la libertad interiores, con independencia de que el ofensor esté disponible y sea accesible o no.
En las situaciones en que el perdonador no puede expresar directamente su perdón, siempre le queda la posibilidad de hacerlo mediante un gesto simbólico, como escribir una carta que no enviará, poner cerca un objeto que simbolice el perdón o hacer un gesto de reconciliación hacia una persona o un grupo interpuesto que, en algún sentido, represente al ofensor. Esto es lo que hicieron en una parroquia cuyo pastor había cometido abusos sexuales. El obispo envió a un predicador para ayudar a la comunidad a superarlo. En el transcurso de una ceremonia penitencial, el celebrante pidió a los fieles que vieran en él al pastor culpable y que se acercasen a estrecharle la mano como signo del perdón que concedían a su antiguo pastor. Este gesto era muy adecuado para aquellas circunstancias, pero, desafortunadamente, era prematuro, porque el predicador no había dado bastante tiempo a la comunidad para, primero, iniciar la curación de su herida y, después, encaminarse por la vía del perdón.
También hay otras circunstancias en que los esfuerzos de reconciliación, por generosos que sean, resultan imprudentes e incluso peligrosos. Pensemos en los casos que implican a personas violentas, psicópatas o manipuladoras sin escrúpulos. No creo que en nombre de un perdón «integral», que englobaría la reconciliación, se deba llevar el heroísmo hasta exponerse a sufrir de nuevo malos tratos. El perdón bien entendido no exige tanto. En tales circunstancias, las personas implicadas podrían perdonar al ofensor; pero, por prudencia, deben mantenerse a distancia.
Aun cuando el perdón no siempre acabe en reconciliación, no es menos beneficioso para quien perdona, y ello de múltiples formas. En primer lugar, el ofendido se habrá reconciliado consigo mismo; además, ya no se sentirá dominado por el resentimiento y la idea de venganza; habrá logrado dejar de juzgar a su ofensor para comprenderlo; podrá desearle en su corazón la mayor felicidad posible; habrá descubierto el lado positivo de la situación; y podrá, sin duda, albergar la esperanza de que la benevolencia que ha mostrado transforme el corazón de su ofensor.
Pero esto no es todo; porque una ofensa que procede de una persona muy querida nos da la oportunidad de abrir los ojos y ver nuestra «malsana» dependencia respecto a ella. La ruptura de la relación, por penosa que sea, permite al ofendido examinar su situación de dependencia y ser más autónomo. El perdón proporciona una magnífica oportunidad de rehacer la herencia después de la pérdida del ser amado. La herencia consiste en recuperar todas las idealizaciones proyectadas sobre la persona amada, En otras palabras, permite recuperar todo el amor, la energía, el idealismo; en definitiva, toda la inversión psicológica y espiritual que se ha realizado en la persona amada. Al final del presente capítulo se presenta una descripción del proceso de un ritual de la herencia.
La reconciliación hace crecer al ofensor
Examinemos ahora los cambios que conviene efectuar en la relación ofensor-ofendido. Observemos primero que la responsabilidad de los cambios no depende únicamente del ofensor, como opinan algunos autores (Smedes), sino también del ofendido, que debe aprender a no ponerse en situación de volver a convertirse en víctima. En la construcción de la nueva relación deben sentirse implicados tanto el ofensor como el ofendido.
En primer lugar, el ofensor tendrá que reconocer su parte de responsabilidad en la falta. Tendrá que estar dispuesto a escuchar al ofendido hasta el final y a meterse, por así decirlo, en su pellejo para evaluar mejor la importancia y la intensidad de la herida, porque, aunque no le sea posible suprimir el sufrimiento del ofendido, sí puede, al menos, entenderlo. Respecto a los daños e injusticias cometidos en cuanto a los bienes materiales, las manchas en la reputación, las faltas de lealtad o de otra índole, tendrá que repararlas como es debido, en la medida de lo posible.
¿Qué garantías de lealtad ofrece en adelante el ofensor?; ¿basta con el arrepentimiento, el propósito de enmienda y las promesas? Las buenas intenciones nunca podrán sustituir a los gestos concretos de cambio. El ofensor deberá, pues, preguntarse si ha aprendido algo sobre sí mismo y sobre su manera de relacionarse de modo íntimo con los demás. Las mejores garantías del éxito de la reconciliación las constituyen los cambios reales constatables en el comportamiento del ofensor. Por eso tendrá que hacerse las siguientes preguntas: «¿Cómo he podido cometer esa ofensa?; ¿cuál ha sido mi motivación profunda?; ¿qué antecedentes familiares o culturales me han llevado a cometer un acto tan ofensivo?; ¿qué comportamientos podría aprender a modificar en lo sucesivo?; ¿qué ayuda voy buscar para conseguirlo?»...
El siguiente caso de un marido infiel ilustra bien, en mi opinión, lo que yo entiendo por signos de crecimiento de un ofensor arrepentido. Un día, un marido anunció a su mujer que tenía una joven amante. Para atenuar el impacto de la noticia, le aseguró de inmediato que no quería cambiar nada de sus veinticinco años de vida matrimonial, y le prometió que ella sería siempre su primer amor. Su mujer le expuso su pena y su profunda decepción; luego le advirtió que de ninguna manera podría vivir en casa su nueva «vida de soltero». Pues bien, apenas unos meses de vida en común con su amante bastaron para convencer a nuestro protagonista de su incapacidad de adaptarse al carácter de su joven compañera. Y al recordar todas las ventajas de su vida conyugal anterior, quiso reanudarla; pero su mujer no pensaba lo mismo y se negó a reemprender la vida en común mientras él no se hubiera sometido a tratamiento psicológico. En concreto, quería que su marido reflexionase sobre lo que había motivado su fuga. Y esto es lo que hizo con la ayuda de un terapeuta competente. El marido se dio cuenta de que durante los años de vida conyugal había ido acumulando frustración tras frustración y había reprimido mucha cólera hacia su mujer. Era evidente que había utilizado su escarceo amoroso para castigarla. Profundizando más en su reflexión, descubrió que su deseo de compañía de una mujer joven se debía a que quería olvidar su miedo a la vejez y a la muerte. Como consecuencia de sus reflexiones, decidió realizar unos cambios de actitud que eran ineludibles, y sólo entonces se sintió preparado para reanudar la vida en común. La reconciliación hace crecer al ofendido
«¿Porqué me he metido en semejante atolladero?", se dice a menudo la persona ofendida. Pregunta muy pertinente, porque recuerda, con razón, que el ofensor no es el único responsable del acontecimiento penoso, sino que también el ofendido debe buscar la verdad sobre sí mismo y aprovechar su experiencia desgraciada para revisar algunas de sus actitudes y modos de entablar relaciones.
Ya en la octava etapa invité al lector a sacar lecciones provechosas de su penosa aventura. Le decía que no debía olvidar que la herida de la ofensa, que había desestabilizado sus costumbres y socavado sus certezas, era también un momento muy propicio para efectuar cambios. Te propongo ahora que respondas a una serie de preguntas para hacer balance de lo adquirido e inventariar lo que te queda por aprender en el ámbito de las relaciones humanas:
— ¿Qué he aprendido sobre mí mismo?
— ¿Soy mejor amigo mío que antes?
— ¿He aprendido a hablarme con suavidad?
— ¿He sustituido los «hay que...» y los «tengo que...» por «elijo...»?
— ¿Soy capaz de negarme a responder a las exigencias de los demás, sobre todo a las de las personas que quiero, para respetar mis limitaciones personales?
— ¿He aprendido a expresar más espontáneamente lo que vivo?
— Cuando quiero dirigirme a una persona para indicarle lo que me irrita o me molesta de su conducta, ¿soy capaz de expresarle mis sentimientos con frases en primera persona (por ejemplo: «Me siento irritado cuando llegas tarde...»), en lugar de acusarle con una frase en segunda persona (por ejemplo: «No me tienes en cuenta, por eso llegas tan tarde...»)?
— ¿Que hago para no sentirme atraído por personas que tienen problemas de comportamiento (por ejemplo: alcohólicos, charlatanes, mujeres dependientes...).
— ¿Soy consciente de mis expectativas y exigencias no realistas respecto a los demás? ´
— En mi proceso de perdón, ¿hasta qué punto he logrado aumentar mi autoestima?
— Al cambiar mi imagen del dios justiciero, ¿en qué medida me he acercado al Dios amigo y confidente?
Por supuesto, este programa es exigente, pero no tienes que realizarlo de una vez. Aunque sólo hayas logrado dominar uno o dos de esos nuevos comportamientos, tienes motivos para estar orgulloso de ti, porque un pequeño cambio en el ámbito de las relaciones humanas generará en ti otras transformaciones significativas.
Modificar la relación a raíz de una separación
Hay situaciones en las que no es posible abandonar la relación, ni tampoco profundizarla. Entonces hay que pensar en establecer unos vínculos nuevos. Estoy pensando en dos casos concretos: el de los separados o divorciados que, por el bien de los hijos, deben mantener entre sí relaciones de padres, y el de los padres que se preguntan qué nuevos comportamientos deben adoptar con sus hijos mayores que han dejado el hogar. Los implicados en ambos casos son conscientes del desafío que supone tomar distancias sin romper los vínculos íntimos.
Examinemos en primer lugar el caso de los separados o divorciados. No es fácil abandonar los viejos hábitos de la vida conyugal y transformar la pareja-esposos en pareja-padres. Jeanne, una de mis pacientes, me confesaba lo difícil que ello le resultaba, porque se sentía dividida por un montón de sentimientos contradictorios hacia su ex¬cónyuge: resentimiento y culpabilidad por haber sido abandonada, celos hacia su nueva compañera y gran necesidad de protegerle y de seguir mimándole. En medio de estos confusos sentimientos, debía también mantener con él una relación de padres preocupados por el bienestar de sus hijos. Por tanto, tenía que hacer el duelo de su ideal de pareja para representar con una cierta serenidad su papel de progenitora con su ex-cónyuge. Y se dio cuenta de que nunca lograría realizar esta hazaña si antes no conseguía perdonarle.
Un desafío análogo, aunque distinto, tuvieron que afrontar unos padres que se quedaron solos tras la marcha de sus hijos mayores. Habían vivido con pena esta marcha y el paso al «nido vacío», en el que debían rehacer su vida de pareja después de muchos años de ejercer como padres. La pareja decidió proteger a cualquier precio su nueva intimidad frente a la invasión periódica de sus hijos. Éstos no dudaban en presentarse en cualquier momento con sus amigos en el hogar paterno para desvalijar la nevera y apoderarse de la televisión o de la piscina. Ante tal invasión, los padres consideraron necesario definir sus fronteras.
Por ello recordaron a sus hijos que habían dejado la casa por su propia voluntad y que en adelante debían comportarse como invitados. Es fácil intuir el valor de estos padres, que tuvieron que cortar por segunda vez el cordón umbilical para establecer un nuevo tipo de relación con sus hijos adultos.
En conclusión, vuelvo a insistir en lo que ya se habrá supuesto, es decir, en que el perdón no zanja por sí solo todas las dificultades relacionales, porque no tiene el mágico efecto que con frecuencia se le atribuye. Además, ni siquiera una vez concedido garantiza que el ofensor no reincida. En cualquier caso, la pregunta clave que hay que plantearse es la siguiente: «¿Ha producido el perdón en mí todo su efecto beneficioso?». En otros términos: «¿He sido transformado por la experiencia de la ofensa y del perdón?». Otra pregunta no menos importante es la siguiente: «¿Ha aprendido mi ofensor algo de este desafortunado asunto?». Si puedes responder afirmativamente a estas dos preguntas, podrás felicitarte por el feliz final de tu aventura de perdón.
Ejercicios
El ritual de la herencia
El ritual de la herencia es un excelente medio de madurar después de una separación. Es eficaz sobre todo en los casos en que hayas idealizado a la persona que amabas con un amor pasional, porque habrás proyectado de modo positivo sobre ella lo que en ti había en potencia, pero era inconsciente. Ése es uno de los efectos del amor pasional: te saca de ti mismo para hacerte vivir en el otro. Si, después de tu perdón, consideras preferible poner fin a la relación, no todo estará perdido: aún tendrás la posibilidad de recuperar el objeto de tus idealizaciones y utilizarlo para progresar. Así habrás acabado con la relación sin sentirte empobrecido y engañado. Ése es el propósito del ritual de la herencia que te voy a describir.
Como cualquier ritual, el de la herencia es más eficaz si cuentas con la presencia de un guía o de un celebrante y de unos testigos que simpaticen contigo y estén dispuestos a apoyarte en tu proceso.
Al menos dos semanas antes de la ceremonia, el guía te ayuda a recordar las cualidades que te atraían de la persona amada. Bastará con cuatro o cinco. Después te pide que busques objetos que puedan simbolizar esas cualidades.
Es importante que la ceremonia se celebre en un decorado que estimule todos los sentidos: incienso, velas, flores, tapetes de colores...
El día de la ceremonia, el guía y el heredero se sientan ante la mesa donde están colocados los objetos-símbolo de las cualidades. Los testigos se colocan en semicírculo en torno a la mesa.
El celebrante, después de haber explicado el sentido de la ceremonia, invita al heredero a presentar a la persona amada, describiéndola mediante las cualidades representadas por los objetos-símbolo. Una vez terminada la presentación, el heredero vuelve a sentarse al lado del celebrante. Todos los participantes guardan un silencio meditativo durante unos momentos.
Después, el guía invita al heredero a tomar el objeto que simbolice la primera cualidad. Y le hace repetir la siguiente fórmula de reapropiación:
«..............(nombre de la persona amada), como nos hemos separado, recupero ............... (la cualidad elegida, como por ejemplo, el sentido del humor) que te presté hace ............... (duración de la relación) y que tú has enriquecido con tu propio ............... (ejemplo: sentido del humor)».
«..............(nombre de la persona amada), como nos hemos separado, recupero ............... (la cualidad elegida, como por ejemplo, el sentido del humor) que te presté hace ............... (duración de la relación) y que tú has enriquecido con tu propio ............... (ejemplo: sentido del humor)».
El heredero vuelve a su sitio manteniendo el objeto-símbolo sobre el pecho. El guía le ayuda a reintegrar a su persona la nueva cualidad diciéndole: «Siente en ti la presencia de esta nueva cualidad, óyela hablar en ti, mírala en tu interior». Sigue animándole a hacer suya la cualidad que había proyectado sobre la persona amada. Deja unos minutos para que el trabajo de integración se realice; después invita de nuevo al heredero a tomar el objeto que simbolice otra cualidad, llevando a cabo un proceso idéntico al anterior. Y así sucesivamente para cada una de las demás cualidades.
Al final, el heredero se sitúa en el centro del grupo, rodeado por los símbolos. El guía del ritual da por terminado su duelo, los participantes le felicitan y, para finalizar la ceremonia, celebran una fiesta.
Éste es el esquema del ritual de la herencia. Nada te impide añadir otros elementos que puedan realzar su intensidad y su belleza.
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥
Te envío montones de Amor y de Bendiciones ♥

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