viernes, 4 de julio de 2014

Etapa 11 del perdón

Onceava etapa: Abrirse a la gracia de perdonar

En el corazón del perdón renace la Creación en su pureza primera

(PHILIPPE LE TOUZÉ)

El vacío interior que has creado al renunciar a ser el único autor de tu perdón te prepara para acoger el amor de Dios. Te dispones a perdonar bajo el influjo divino. Respondes a la invitación de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,36). No es que quieras imitar a Dios contando sólo con tus propias fuerzas, sino que te preparas para recibir su vida, fuente de amor y de perdón.

Es posible que, después de haber pedido la ayuda divina, aún te sientas indeciso o incapaz de perdonar. ¿Cómo explicar este bloqueo? Tal vez provenga de las falsas imágenes de Dios que te ocultan su verdadero rostro amoroso y compasivo.



Del dios justiciero al verdadero Dios
Confesar en teoría que Dios es un Dios de amor y misericordia es fácil; pero conseguir vivirlo efectivamente no lo es tanto. En efecto, no es fácil distinguir al dios justiciero de nuestro imaginario religioso del Dios de amor y misericordia; sin embargo, en el momento de perdonar, esta distinción es obligada. Nunca conseguiremos perdonar de verdad si no entramos antes en relación con el verdadero Dios.

En mi práctica clínica, tengo a menudo la ocasión de guiar a mis pacientes hacia la distinción entre el dios justiciero y el Dios del amor. La siguiente historia, que es de una de mis pacientes, podrá aclarar mis palabras. Después de la muerte de su madre, a una religiosa le obsesionaba la idea de que acababa de abatirse sobre ella el castigo de Dios, y se sentía a la vez trastornada y humillada por ser víctima de semejante obsesión. Como catequista, enseñaba a sus estudiantes un Dios amoroso y misericordioso; pero en sus entrañas la perseguía un dios atormentador y vengativo, y todo ello por no haber sido una «buena religiosa».

Al principio, la terapia tuvo como prioridad el duelo de su madre. Una vez emprendido éste, encontré un momento propicio para evocar su concepto del dios vengador y su consiguiente crisis de culpabilidad. Mi paciente se mostró más bien irritada por este recuerdo, pero, a pesar de sus reticencias, me aventuré a preguntarle si el acceso de culpabilidad que experimentaba era una reacción aislada o si, por el contrario, se trataba de una tendencia habitual. Después de decirme que yo daba demasiada importancia a un hecho tan anodino, me confesó que, en circunstancias angustiosas, la obsesionaba la idea de un dios castigador. Había hablado de ello con sus acompañantes espirituales, pero éstos le habían aconsejado meditar sobre la bondad de Dios y dejar de sentirse culpable, consejos que habían resultado ineficaces.

Me pareció urgente que mi paciente se liberase de una vez por todas de una imagen tan aberrante de Dios, absolutamente incompatible con su vida de oración y su trabajo de catequista, de lo que ella era consciente. De modo que me pidió que la ayudase a eliminar de su vida a ese dios vengador. Yo sabía que no sólo no es posible deshacerse de un complejo psicológico tan grave, sino que ni siquiera se debe intentar hacerlo. Mi paciente debía aprender a controlarlo y a vivir con él. Por eso le pedí que empezase por dialogar con ese dios.

Y esto fue lo que hizo durante un retiro y, ante su sorpresa, detrás de esa extraña imagen de la divinidad reconoció la de su madre, que le había inculcado desde la infancia un temor de Dios malsano. Con frecuencia le hablaba de parientes y amigos que habían sido castigados por Dios por haberle desobedecido. Este descubrimiento, aunque revelador, la afectó mucho, pues al mismo tiempo se dio cuenta de que una gran parte de su vida había estado dominada por la imagen de ese dios severo y amenazador.

En días sucesivos, prosiguió su diálogo con su dios juez y sancionador. Le pidió que fuera poco a poco cediendo su lugar al Dios de amor de Jesucristo y que dejase de interponerse entre Jesús y ella, sobre todo en los momentos de crisis. Además, le aseguró que apreciaba su intención positiva de querer hacer de ella una persona de conducta moral intachable.

Esta historia muestra la importancia de examinar atentamente nuestro concepto de Dios y de corregirlo si es necesario y si queremos considerarnos dignos de perdón y ser capaces de perdonar. No podemos quedarnos para siempre con imágenes infantiles de Dios: un juez despiadado, un padre jansenista, un policía, un profesor perfeccionista, un ser impasible, un personaje empalagoso, un moralista timorato... Estos dioses hacen a sus adeptos incapaces de perdonar.


Nuestra pobre manera de perdonar no condiciona a Dios
Pero no son ésas las únicas falsas imágenes de Dios que obstaculizan el perdón.

También existe la de un dios cuyo perdón parecería estar condicionado por los perdones humanos. Dios sólo me perdonará si yo no siento nada con el prójimo que me lastimó. Esta manera de considerar el perdón está muy extendida, y yo la he observado algunos de los participantes en los talleres sobre el perdón, que creían posible justificada con las palabras del Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden».

¿Cómo explicar que los fieles cristianos hayan llegado a esta concepción del perdón divino?; Del concepto del perdón gratuito de Dios se habría ido pasando, poco a poco, al de un perdón-recompensa por los propios perdones. Dios no sería el primero que nos ama y perdona... sino que nosotros lo amaríamos primero y luego de perdonar sucitaríamos su respuesta... Él le pondría límites a su amor y dejaría de tomar la iniciativa del perdón para quedarse a remolque de los pobres perdones humanos.

Es probable que los antecedentes del concepto del perdón de Dios como una especie de justicia retributiva se encuentren en una mala lectura del evangelio de Mateo, donde se dice: «Pues si perdonáis a los hombres las ofensas, vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros; pero, si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

Por diversos motivos es posible que los fieles hayan llegado a pensar que se puede comprar el perdón de Dios con los méritos de los propios perdones. De este modo, el perdón habría ido adquiriendo la forma de un sutil regateo entre Dios y los seres humanos, eso no es concebible en una sana teología.

La idea de un Dios del toma y dame no encaja con la infinita misericordia divina y puede crear una confusión y un enorme «impasse» en la vida espiritual, especialmente en los que se sienten incapaces de perdonar o para quienes confundan el perdón con los sentimientos. Así equivocados para asegurar su salvación, que proviene del perdón de Dios, deben esforzarse por perdonar a cualquier precio, aunque no se sientan capaces de hacerlo. Entonces, o bien se confiesan incapaces de perdonar y, por tanto, indignos del perdón de Dios por su falta de generosidad, o bien se mienten a sí mismos para terminar concediendo un perdón falso o, al menos, inauténtico. Es evidente el angustioso dilema en que se encuentran quienes creen merecer el perdón de Dios.

¿Cómo escapar de este callejón sin salida? El único medio es atenerse a las dos verdades siguientes: la primera es que Dios mantiene siempre la iniciativa en el perdón, del mismo modo que es el único que puede tomar la iniciativa en el amor. Así lo afirma san Juan; «No es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero» (1 Jn 4,10). La segunda verdad se deduce de la primera. El perdón no es un acto de voluntad que dependa exclusivamente de uno mismo y que deba aplicarse en nombre de algún precepto o ley, sino que es, ante todo, fruto de una conversión del corazón, de la apertura a la gracia de perdonar. Esta conversión, aun cuando en algunos casos puede ser inmediata y espontánea, normalmente nace, madura y evoluciona durante un período de tiempo más o menos largo.

Si estas dos verdades no resultasen suficientemente convincentes, no habría más que releer la parábola del deudor insolvente (Mt 18,23-25). Se trata de la historia de un amo que decide perdonar una gran deuda a uno de sus deudores. Pero este último no se muestra tan clemente con un pobre que le debe una pequeña cantidad. Ya sabemos el resto de la historia: el amo, al enterarse de la dureza y la severidad del deudor insolvente, le hace encarcelar hasta el pago total de la deuda.

Hay dos aspectos de esta parábola que merecen destacarse en relación con el perdón. Por un lado, es el amo —Dios en este caso— quien toma la iniciativa de hacer el gesto misericordioso. Por otro, el deudor privilegiado no se deja conmover ni influenciar por la generosidad de su acreedor, lo que, por supuesto, le habría llevado a perdonar a su vez a su propio deudor, magnanimidad que no manifestó. No acogió en profundidad el perdón de su amo, permitiendo que le transformara y le hiciera capaz de tener un gesto de clemencia análogo. De modo que se condenó a sí mismo.

Es el misterio de la libertad humana, que puede llegar hasta el rechazo de la gracia. Es preciso añadir que Dios, pese a su iniciativa de conceder el perdón, no puede forzar a acogerlo. En cierto modo, está impotente ante el rechazo de la «remisión de la deuda», ante el desprecio de su perdón. Pero, sin duda, con su misericordia, Dios se mostrará más paciente de lo que podemos imaginar y sabrá esperar el momento favorable para la apertura de los corazones, incluso de los más recalcitrantes.

En realidad, la misericordia de Dios es el recinto de un corazón enorme que está a nuestra espera siempre y que no requiere de nuestra entrada para estar abierto y sin embargo yo puedo estar fuera si no me decido a entrar por la puerta del perdón al prójimo. No es que su misericordia esté condicionada por mi perdón sino que el deseo de perdón del prójimo es la entrada al recinto de su misericordia, una cosa distinta son los sentimientos que puede provocar en mi el ofensor... ellos no son el perdón. Perdonar no significa dejar de rechazar el mal sufrido, más bien eso fue la primera etapa recorrida al interrumpir la ofensa y cesar con los deseos de venganza. Perdonar está mas en el corazón que en los sentimientos aunque produzca algunos de ellos. Perdonar me introduce en la misericordia divina, no me hace su causa.


El humilde perdón del Dios de Jesús
Pero ¿quién es el verdadero Dios del perdón? Para entender bien la conducta divina respecto al perdón, veamos cómo se comportó Jesús con los «pecadores». No mostró una actitud altiva, moralizante o despectiva, sino que fue sencillo, humilde y comprensivo. Tomó la iniciativa de visitar a las personas prisioneras de la culpa. Luego, una vez con ellas, las valoraba poniéndose en situación de recibir de ellas. A la Samaritana le pidió de beber; al ver a Zaqueo, se autoinvitó a su casa; dejó que María Magdalena le rociase los pies con perfume... Incluso antes de hablar de perdón, comenzaba por establecer una relación de persona a persona. Por tanto, Jesús manifestaba su perdón acogiendo a la persona.

«¿Cómo abrirse al perdón de Dios?; ¿cómo imitarlo?». Jean-Marie Pohier responde muy acertadamente: «El Dios de la Biblia nos revela al mismo tiempo que es vulnerable —es el padre del hijo pródigo, o el pastor que parte a la búsqueda de la oveja perdida— y que no nos condena... aunque nosotros podemos elegir estar eternamente sin Él. Para nosotros es una paradoja incomprensible. Por eso, yo pienso que sólo podemos imitar el perdón de Dios en muy pequeña medida. Esperemos que, a fuerza de frecuentar a Dios, termine por influir un poco en nosotros...»


Ejercicios
Abrirse a la gracia de perdonar

Como para los demás ejercicios, adopta una postura cómoda y aparta cualquier distracción


Perdona nuestras ofensas
Señor, perdona nuestras ofensas y concédenos perdonar.. no como si yo fuera el autor del amor... sino reconociendo que tu nos amaste primero. Para que descubramos tu «dulce piedad», para que sintamos tu «conmovedora ternura», para que también nosotros aprendamos a perdonar, para que perdonemos a quienes comparten el pan con nosotros, para que no caigamos en la desesperación de la vergüenza, para que desenmascaremos nuestras falsas rectitudes e indignaciones, para que podamos perdonarnos a nosotros mismos, para que nuestros perdones sean reflejo del tuyo. Señor, perdona nuestras ofensas.

Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

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