viernes, 27 de junio de 2014

Etapa 8 del perdón

Octava etapa: Encontrarle un sentido a la ofensa

 El desafío consiste en entrelazar los tenues hilos de una vida truncada para hacer con ellos una obra llena de sentido y responsabilidad 
(GORDON ALLPORT) 

 Tu proceso de perdón ya ha cubierto varias etapas. Después de haber decidido no vengarte, has resuelto hacer un examen introspectivo y has notado que tu herida está en vías de curación. Gracias a las sucesivas tomas de conciencia y a la aceptación de tu sufrimiento interior, te encuentras dispuesto a comprender a tu ofensor. De este modo, has sentado las bases y establecido las condiciones psicológicas de tu perdón. En el curso de la octava etapa, te invito a ir más allá del punto de vista puramente psicológico para descubrir el sentido positivo de la ofensa recibida o para dárselo. ¿Qué te enseñará esta injuria, esta ofensa, esta traición o esta infidelidad?; ¿cómo piensas utilizarla para crecer y realizarte en profundidad?

Te pido que descubras los posibles efectos positivos que la ofensa haya producido en tu vida. ¿Cómo vas a beneficiarte de ese fracaso? Los efectos nocivos del fracaso sólo perduran para los que deciden quedarse en el camino y compadecerse de sí mismos. En lugar de ceder a esa tentación, hay que recordar que no hay error o fracaso que no lleve aparejados elementos de crecimiento. Encontrar el sentido positivo del fracaso consiste en descubrir su fecundidad oculta. Que no te detengan los que dicen: «De una desgracia no se puede esperar nada bueno». Yo puedo asegurarte lo contrario, es decir, que tu herida puede ser fuente de crecimiento. ¡Cuántas personas han dado un nuevo rumbo a sus vidas y han alcanzado su plenitud tras una gran prueba...!

Antes de seguir adelante, creo oportuno decir que es posible que en este momento te sientas perturbado, irritado o incluso indignado por la idea de encontrar un sentido positivo a tu herida y a sus efectos en tu vida. Una reacción de este tipo probaría que aún no estás preparado para emprender la presente etapa. Deberías volver a las etapas anteriores para profundizar más en ellas y asumirlas mejor




La ofensa también reporta beneficios
El primer efecto de la ofensa sobre la víctima es un «shock» y una profunda perturbación. Se siente duramente sacudida; todo se tambalea: sus ideas preconcebidas, sus opiniones más firmes, sus convicciones, sus prejuicios y sus planteamientos vitales. Ahora bien, por lamentable que sea la situación, no deja de ser prometedora de vida. Puede resultar un momento precioso de lucidez y una ocasión propicia para salir de la miopía habitual. Uno de mis profesores afirmaba que muy pocas personas saben sacar partido de las riquezas y posibilidades de la realidad. La mayoría emite sobre los acontecimientos juicios estereotipados; los ven a través de las lentillas deformantes de sus expectativas, de sus prejuicios personales y culturales o de la opinión acuñada por su entorno. No intentan descubrir su sentido profundo, sino que se conforman con juicios banales y generales del tipo: «es bueno» o «es malo», «es blanco» o «es negro».

La siguiente historia, extraída del folklore chino, demuestra claramente la inutilidad de tales juicios. Un día, un granjero perdió el mejor de sus sementales, un caballo magnífico que se había escapado. Sus vecinos fueron a verle para compadecerse de su desgracia: «¡Qué mala suerte tienes!», le dijeron. Él contestó: «Es posible...». Al día siguiente, el semental reapareció en el cercado, llevando consigo tres preciosas yeguas salvajes. Los vecinos se apresuraron a felicitar al granjero por su buena suerte, y recibieron la misma lacónica respuesta: «Es posible...». Un día, el hijo del granjero, al domar una de las yeguas, se rompió una pierna. Los vecinos acudieron de nuevo para lamentar la desgracia, pero el granjero tuvo la misma reacción: «Es posible...». Algunos días más tarde, un grupo de militares llegó para reclutar a la fuerza a los jóvenes del pueblo; sin embargo, no quisieron cargar con el joven lisiado. «¡Qué suerte!», exclamaron los vecinos, y el granjero repitió una vez más: «Es posible...».

Debido a nuestros prejuicios y opiniones preconcebidas sobre las personas y los acontecimientos, con frecuencia nos sentimos decepcionados y frustrados. Tenemos ideas muy precisas sobre la manera de actuar de los padres con sus hijos, o de comportarse un cónyuge, o de tratar el jefe a los empleados, o sobre la manera en que Dios debería salvar al mundo... Pero las cosas no ocurren como se prevén, y es mucho mejor.

Porque el «shock» de la ofensa es saludable. Libera al ofendido de sus anteojeras y hace que abandone sus posturas inflexibles. Y esto es aún más verdadero en el caso de una ofensa causada por un ser querido; porque el ofendido, al ver frustradas sus expectativas irreales, tendrá que rectificarlas para llegar a apreciar y amar a ese familiar o amigo por lo que realmente es.


Descubrir las aportaciones de la pérdida
En algunas de mis conferencias, invito a mis oyentes a reflexionar sobre lo que les ha aportado la experiencia de haber sido injuriados, insultados o víctimas de una infidelidad o una injusticia. Les hago interrogarse del siguiente modo: «¿Qué has aprendido de esa experiencia?; ¿cómo te ha hecho crecer esa prueba?; ¿hasta qué punto ha tomado tu vida un nuevo rumbo?». Éstos son algunos ejemplos de las respuestas:

«Me conozco mucho mejor».
«He adquirido mayor libertad interior».
«Me ha hecho descubrir mis valores. Después de mi divorcio, me di cuenta de que podía ser más yo misma y vivir según mis valores».
«Mi pena de amor me ha enseñado a conocerme mejor. Ahora, en lugar de depender del amor ajeno, he empezado a dármelo a mí mismo».
«Se acabó: no volveré a dejarme herir por los demás. Voy a aprender a protegerme mejor».
«He aprendido a decir 'no' cuando algo no está de acuerdo con mis valores».
«Cuando mi mujer me dejó, me dije: 'No me queda más remedio: tengo que poner en orden mi vida'. Entonces, a pesar de mi orgullo, pedí ayuda por primera vez».
«Mi prueba me ha forjado un corazón amante».
«Soy mucho más compasivo y comprensivo con los demás».
«He dejado de correr detrás de maridos alcohólicos para salvarlos. Me he dado cuenta de que quien necesitaba ayuda era yo».
«En mi angustia he encontrado el amor y la fidelidad del Señor, después de haber estado muy enfadado con él».

Cuando pregunto a distintas personas sobre los nuevos rumbos que han tomado sus vidas después de una ofensa, siempre me asombran la variedad y la calidad de las respuestas. A veces, el efecto positivo de la ofensa y de la injusticia de que han sido víctimas se manifestó espontáneamente. Otras veces, el descubrimiento de las aportaciones positivas y la profundización en ellas les ha llevado varias semanas o incluso meses. Al principio, estas personas veían su vida como un «puzzle» indescifrable; pero, después de descubrir el sentido de la ofensa, se formó y configuró una nueva visión de su vida.

La ofensa que conduce al «conócete a ti mismo» 
Nadie, sino uno mismo, puede conseguir encontrarle un sentido a la pérdida que acaba de sufrir, aunque esto no signifique que no se necesite de alguien que impulse a hacerlo. Pero, desgraciadamente, son escasos los guías que saben llevar a un mayor conocimiento personal y abrir a las posibilidades de crecimiento que ofrece la desgracia. 

Una grave injusticia o una ofensa seria pueden ser el punto de partida de una aventura humana enriquecedora que se desarrolla en tres tiempos. En el primero, habrá que hacer el duelo de la situación anterior. El segundo tiempo, denominado «período intermedio», se dedicará a un mejor conocimiento personal y de los proyectos futuros. Este período intermedio es fundamental y determinante. Hay que profundizar cuidadosamente en él antes de iniciar el tercer tiempo, que es el de la reorganización de la vida de cara a un nuevo comienzo. 

El gran peligro es descuidar la decisiva fase intermedia: o bien tratando de volver atrás para encerrarse, o bien pasando de inmediato a la fase del nuevo comienzo vital. En ambos casos se está abocado al fracaso. 

Pero ¿por qué tiene tanta importancia la fase intermedia? Una vez que la herida es menos aguda y preocupante, es preciso detenerse y hacer balance del acontecimiento desgraciado: «¿Cómo he llegado a ponerme en una situación tan vulnerable?». Con la ruptura que proporciona la ofensa, uno se hace cada vez más capaz de abandonar las ilusiones y expectativas imposibles respecto a sí mismo y a los demás. Está más frente a sí mismo que nunca, y comprende que las posturas y los roles asumidos hasta entonces pierden importancia. Al verse confrontado con el vacío del entorno, es obligado plantearse la pregunta fundamental: «¿Quién soy yo?». Pregunta que ningún otro puede responder, ni siquiera el psicólogo o el acompañante. Este interrogante respecto a la identidad profunda conllevará, sin duda, momentos de soledad, de angustia y de miedo a equivocarse; pero, si se persevera, ese momento de reflexión se transformará en un nuevo y fecundo conocimiento de sí mismo. 

Durante este período intermedio, surgirá una tercera pregunta: «¿Qué quiero hacer con mi vida?; ¿qué nuevas razones para vivir me voy a dar?». Una vez más, las respuestas a estas preguntas están en el propio interior. Pero hace falta tener valor y paciencia para dejarlas emerger y acogerlas. 

Sufrir una injusticia o una ofensa no es, ni mucho menos, una experiencia interesante. Pero, una vez pasado el trauma, esa experiencia te llevará a ti mismo y a tu libertad interior. Te hará optar entre dejarte abatir o reaccionar. Si aceptas reaccionar, te abrirás a la posibilidad de recuperar tu identidad profunda y a establecer nuevos vínculos con los demás. La razón será que habrás encontrado un sentido a tu sufrimiento. Éste es el mensaje de Víctor Frankl en su libro Découvrir un sens á sa vie, en el que habla con conocimiento de causa, pues tuvo que soportar muchos sufrimientos y humillaciones en los campos de concentración, pero no se dejó abatir. Dice lo siguiente: «Lo importante, pues, es apelar al potencial más excelso del hombre: el de transformar una tragedia personal en victoria; un sufrimiento, en realización humana». 



Ejercicio

Para descubrir el sentido positivo de la herida 
Propongo aquí una serie de preguntas con el fin de ayudar a descubrir el sentido positivo de la herida. Es importante dejarse interpelar por estas preguntas —sin duda, algunas serán más elocuentes que otras— y estar atento a las respuestas que sugiera la voz interior, sin tratar de censurarlas. Es posible que alguna respuesta evolucione, y sólo con el tiempo se descubra su alcance y su sentido. En el curso del ejercicio, sería útil anotar las reflexiones en el diario. 

— ¿Qué he aprendido de la ofensa sufrida?
— ¿Qué nuevos conocimientos sobre mí mismo he adquirido?
— ¿Qué limitaciones o debilidades he descubierto en mí?
— ¿Me he vuelto más humano?
— ¿Qué nuevos recursos y fuerzas vitales he descubierto en mí?
— ¿Qué nuevo grado de madurez he alcanzado?
— ¿En qué me ha iniciado esta prueba?
— ¿Qué nuevas razones para vivir me he dado?
— ¿Hasta qué punto ha hecho la herida emerger el fondo de mi alma?
— ¿En qué medida he decidido modificar mis relaciones con los demás, y especialmente con Dios?
 — ¿Cómo voy a proseguir ahora el curso de mi vida?
 — ¿Con qué gran personaje actual, histórico o mítico me lleva a identificarme la ofensa sufrida?


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 


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