lunes, 30 de junio de 2014

Etapa 9 del perdón

Novena etapa: Saberse digno de perdón y perdonado 

 Sólo quien ha tenido la experiencia del perdón puede realmente perdonar 
 (GEORGE SOARES-PRABHU) 

Como peregrino interior por el camino del perdón, poco a poco te vas rindiendo a la evidencia de que el acto de perdonar combina al mismo tiempo el esfuerzo humano y el don espiritual. Por tanto, el perdón se revela como una tarea humana por la actividad psicológica que tú despliegas, y como un don por la gracia divina que compensa tus carencias. Sin duda, en el proceso de perdón que has realizado hasta este momento ya has alcanzado tus límites personales y has sentido la necesidad de una ayuda especial. Ahora entras más a fondo en el universo espiritual, donde no se tratará tanto de hacer cuanto de dejarte hacer. Aquí, los esfuerzos personales son menos importantes que la apertura humilde y la acogida paciente de la gracia. Cuando tu proceso de perdón entra en la esfera de lo espiritual, tienes menos iniciativa y control; tu tarea consiste en relajarte para dejarte invadir por la gracia. 

El propósito de este capítulo es hacerte comprender que no sólo eres digno de perdón, sino que ya has sido perdonado en varias ocasiones en el pasado. Esta toma de conciencia te ayudará a perdonar, porque con el perdón sucede lo mismo que con el amor: la persona incapaz de dejarse amar o de darse cuenta de que es amada no puede dar amor a los demás; del mismo modo, si quien quiere perdonar no consigue sentir que ya ha sido perdonado, ¿cómo podrá a su vez perdonar? Abandona, pues, tus resistencias, déjate amar en profundidad y recibe el perdón de los demás, y especialmente el de Dios. Éste es el desafío que te invito a aceptar.



La indispensable experiencia del perdón para perdonar 
Para ilustrar la necesidad de haber experimentado el perdón del prójimo antes de ser capaz de perdonar, veamos la historia de Corrie Ten Boom. Corrie fue liberada de un campo de concentración nazi poco tiempo después de la invasión de Alemania por los aliados. Tardó mucho tiempo en liberarse de su profundo odio hacia sus verdugos. Un día, decidió emprender una cura de perdón. Una vez segura de haberse liberado por completo de su odio y de haber perdonado, concibió el magno proyecto de curar las heridas y las enemistades engendradas por la Segunda Guerra mundial en los países europeos. Se lanzó entonces a una cruzada por esos países, predicando la fuerza creadora del perdón y del amor. 

No temió ir a Alemania para difundir su mensaje. Una noche, en Munich, después de haberse dirigido a un grupo de alemanes deseosos de ser perdonados, vivió una experiencia desgarradora que puso a prueba la propia fuerza de su perdón. Un hombre avanzó hacia ella y le tendió la mano diciendo: «Ja, Fraulein Ten Boom, qué feliz me siento después de haberle oído decir que Jesús nos perdona todos nuestros pecados». 

Corrie le reconoció en el acto como uno de sus verdugos del campo de concentración. Recordó cómo las había humillado, a ella y a sus compañeras, obligándolas a ducharse desnudas bajo su mirada despectiva de «superhombre». En el momento en que él fue a estrecharle la mano. 

Corrie sintió de repente cómo la suya se quedaba paralizada en su costado. Entonces se dio cuenta de que era incapaz de perdonarle, lo cual la sorprendió y la horrorizó al mismo tiempo, porque había estado absolutamente segura de que su herida estaba curada y de que había vencido su odio y perdonado. Pero en aquel instante, frente a uno de sus verdugos, la invadieron el desprecio y el odio. Paralizada no sabía qué hacer ni qué decir. 

Entonces se puso a orar: «Jesús, me siento incapaz de perdonar a este hombre. Perdóname». Y en aquel mismo momento sucedió algo maravilloso: sintió llegar el perdón de Jesús. Levantó su mano y tomó la de su antiguo torturador. Acababa de liberarse y, al mismo tiempo, de liberar a su verdugo de su horrible pasado. 

¿Cómo explicar un cambio tan brusco? Ya lo habrán adivinado. El milagro del perdón se produjo en Corrie gracias a la sensación indescriptible de que Jesús le había perdonado su incapacidad de perdonar. El hecho de reconocer su impotencia había ablandado su corazón y la había hecho capaz de recibir la gracia de perdonar. 


Cómo describir la sensación de ser digno de perdón 
Como acabo de decir, sentirse perdonado es una experiencia indescriptible. Faltan las palabras para expresar su naturaleza, su profundidad y su intensidad. Es una experiencia no comparable a ninguna otra, como el amor pasional, el reconocimiento, la alegría, el éxito, el reencuentro entre dos amigos... De algún modo, llega a lo más profundo del Yo. Por esta razón, se puede calificar de experiencia fundamental. 

Lewis Smedes (1984: 118) la denomina «fundamental feeling». Fundamental porque proporciona —con mucha mayor intensidad que las demás experiencias- la sensación de ser reconocido y estimado por lo que uno verdaderamente es en lo más profundo de sí. Y entonces la persona se siente amada de manera incondicional a pesar de su fealdad, de sus defectos, de sus fracasos o de sus transgresiones. En ese momento parece que el Yo profundo se sabe unido a la fuente del amor e inseparable de ella. Este sentimiento podría compararse a la cálida sensación de seguridad y de confianza del niño al que sus padres desean y aman por sí mismo. Aunque se pueda llegar a experimentar un profundo sentimiento de culpabilidad a consecuencia de faltas o errores, la sensación de haber sido considerado digno de perdón es aún más fuerte y proporciona la certeza de no poder perder jamás esa fuente de amor infinito, porque se sabe que en cualquier momento se puede volver a beber en ella y verse de nuevo confirmado en el amor. 

Sin embargo, puede que dejemos de experimentar este «fundamental feeling». Recuperarlo, por otra parte, es una experiencia muy conmovedora. Me ocurrió a mí mismo durante una sesión de estudio sobre la utilización de historias y anécdotas con fines pastorales. En una sala donde se apiñaban más de cuatrocientos sacerdotes, ministros, religiosos, religiosas y pastores, John Shea, teólogo famoso por su talento como narrador, nos relató la parábola del hijo pródigo. Al principio, yo no estaba muy interesado; pero de repente me dejé llevar por el narrador hasta tal punto que los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡Y no fui el único! Cuando salí del hechizo, eché una ojeada furtiva y me di cuenta de que casi todo el mundo estaba llorando. Algunos incluso sollozaban tanto que sus vecinos se pusieron a consolarlos. John Shea, gracias a su talento dramático, había logrado que sus oyentes reviviesen dos sentimientos opuestos: el inmenso deseo de saberse amado y perdonado y la convicción de no ser digno de ello. 

No obstante, no es posible procurarse este sentimiento cuando uno quiera, ni tampoco se siente amado y perdonado quien lo desea. Lo único que se puede hacer es prepararse para recibir esta gracia especial que se asemeja a la de la conversión. El evangelio nos enseña que los convertidos son los que se han dejado amar a pesar de su pobreza, mientras que los endurecidos son los que han rechazado el amor y el perdón. Por un lado, vemos a personajes como María Magdalena, Zaqueo, Mateo y la Samaritana aceptar el amor misericordioso de Cristo; por otro lado, los escribas, los fariseos y el acreedor despiadado, entre otros bienpensantes, son insensibles al amor y al perdón. 


Obstáculos a la aceptación del perdón 
¿Por qué tanta resistencia a dejarse alcanzar por la gracia del perdón? Para averiguarlo, examinemos cuatro categorías de personas impermeables al perdón, y puede que nos reconozcamos en alguna de ellas. 

Por supuesto, hay personas que se creen imperdonables. Tienen la impresión de que sus faltas son tan enormes que nunca se les podrán perdonar. La gente de esta clase es, según parece, cada vez más escasa en nuestra sociedad secularizada. 

Luego están los que no creen en la gratuidad del amor. Admiten en teoría la posibilidad de un amor incondicional, pero en la práctica no creen en él, porque están convencidos de que nada es gratuito y de que todo, incluido el perdón, debe pagarse antes o después. Es frecuente que estas personas hayan tenido unos padres que nunca les manifestaron un amor gratuito, sino que sólo les amaban en recompensa por sus buenas notas en el colegio, por su buena conducta o por los favores que hacían. 

Existe una tercera categoría de personas que rechazan el perdón. No sienten ninguna necesidad de él, ya que no parecen sentir ninguna culpabilidad individual o social. Viven en una especie de vacío moral y espiritual. Padecen una neuropatía espiritual y moral que les hace insensibles a cualquier necesidad de perdón. ¿No es esto patrimonio de algunos de nuestros contemporáneos? Determinados pensadores han llegado a atribuir a esta falta de sensibilidad moral la responsabilidad de muchos suicidios de jóvenes.

En la última categoría se incluyen los que, simplemente, rechazan la culpabilidad considerándola una laguna psicológica. Algunas escuelas de psicología consideran que el sentimiento de culpabilidad y la necesidad de perdón son una falta de madurez y de autonomía. Pero lo que ocurre es que confunden el sentimiento obsesivo y enfermizo de culpabilidad con el de una sana culpabilidad. Mientras que el sentimiento neurótico de culpabilidad tiraniza al individuo y le oprime, el sentimiento sano y normal de culpabilidad le pone sobre aviso de lo que en verdad es: un ser limitado y falible. Este análisis imparcial de sí mismo es liberador y puede llevar a marcarse un ideal moral realista. 

El desafío consiste en aceptar recibir el perdón sin sentirse humillado o rebajado. Algunos rechazan el perdón precisamente para evitar la humillación. Philippe Le Touzé, al describir el drama del perdón en los personajes de Bernanos, pone de relieve este rechazo: «Pero el hombre se cierra al perdón que le humilla y le quita la ilusión de autonomía dejándole a merced de otro; de ahí el empeño moderno por rehacer un universo sin Dios». Una visión deformada de la autonomía empuja a actos de falsa independencia, mientras que la auténtica autonomía le hace a uno capaz de elegir sus propias dependencias. 

En definitiva, parece evidente que quien no se ama y no se perdona tampoco puede amar ni perdonar al otro. Por otra parte, el amor y el perdón a uno mismo parecen irrealizables e ilusorios sin la clemencia del Otro. Por tanto, para ser capaz de perdonar es esencial saberse digno de perdón y perdonado. 


Ejercicios
Para ser capaz de acoger el perdón

1. No es fácil dejarse amar en el perdón. Para ayudarte, te propongo un ejercicio que te ponga en condiciones de recibir sencillamente. Algunas personas activas y generosas no han aprendido nunca a recibir, y aún menos a dejarse mimar. Se sienten más dueñas y más seguras de sí mismas cuando dan, y toleran mal la sensación de dependencia que genera en ellas el hecho de recibir. 

Date la oportunidad de recibir y acoger todo lo que hoy te ofrece la vida en forma de sensaciones agradables: el olor del asado, el aroma del café, el calor del sol, la visión de un hermoso paisaje, las formas de un árbol, los colores del otoño, la sensación de estar vivo, la audición de una buena pieza musical... Deja que estas sensaciones inunden todo tu ser, aunque no sea más que unos minutos cada día. 

2. Este segundo ejercicio tiene el propósito de reforzar tu capacidad de recibir.
Adopta una postura cómoda; luego, recuerda las atenciones que has recibido durante el día: saludos, cumplidos, rostros felices de verte, signos de reconocimiento, la alegre acogida de tu gato o de tu perro, la carta de un amigo... ¿Cómo has acogido estos dones banales de la vida?; ¿te diste tiempo para que penetrase en ti la alegría de recibir, con el fin de que arraigase en tu afectividad y pudieras celebrarla? 

3. Este ejercicio está tomado del libro Aimer, perdre et grandir. Tiene por título: «Las letanías del amor».
Adopta una postura relajada y aparta de ti toda distracción. Empieza a recitarte la letanía de las personas, los animales, las plantas y los objetos que te quieren o te dan algo gratis: por ejemplo Juan me quiere, mi madre me quiere, Dios me quiere, mi amigo Arturo me quiere, mi perro me quiere, el sol me da gratis su calor, la brisa me refresca sin cobrarme, mi cuadro me da la belleza gratuitamente... Hazlo con decisión, sin preocuparte por el grado o la calidad del amor o de gracia. Lo importante es que tomes conciencia de las múltiples formas de amor que te rodean. 

4. Con objeto de saberte digno de perdón y perdonado haz la lista de personas que te han perdonado tus errores, tus debilidades, tus defectos y tus faltas. Una vez terminada la lista, tómate tiempo para volver sobre cada una de las palabras recibidas. Saboréalos uno a uno. Déjate invadir por el sentimiento de tu valía e ignora otros sentimientos que te llevan a empequeñecerla. 

5. Tómate tiempo para meditar estas palabras de San Juan "Ante él Tenemos la conciencia tranquila. Pues aunque la conciencia nos acusa, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo" (1 Jn 3,19-20)


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

sábado, 28 de junio de 2014

Meditacion del perdon con Angeles

Meditación del perdón para liberarnos y desconectarnos de personas que nos hayan hecho daño.
 Es una meditación con los divinos ángeles de luz, a nuestro Ángel custodio.

La meditación tiene una duración de 22:38 minutos, así que dispón de ese tiempo y realízala en un lugar cómodo donde no vayas a ser interrumpido

viernes, 27 de junio de 2014

Etapa 8 del perdón

Octava etapa: Encontrarle un sentido a la ofensa

 El desafío consiste en entrelazar los tenues hilos de una vida truncada para hacer con ellos una obra llena de sentido y responsabilidad 
(GORDON ALLPORT) 

 Tu proceso de perdón ya ha cubierto varias etapas. Después de haber decidido no vengarte, has resuelto hacer un examen introspectivo y has notado que tu herida está en vías de curación. Gracias a las sucesivas tomas de conciencia y a la aceptación de tu sufrimiento interior, te encuentras dispuesto a comprender a tu ofensor. De este modo, has sentado las bases y establecido las condiciones psicológicas de tu perdón. En el curso de la octava etapa, te invito a ir más allá del punto de vista puramente psicológico para descubrir el sentido positivo de la ofensa recibida o para dárselo. ¿Qué te enseñará esta injuria, esta ofensa, esta traición o esta infidelidad?; ¿cómo piensas utilizarla para crecer y realizarte en profundidad?

Te pido que descubras los posibles efectos positivos que la ofensa haya producido en tu vida. ¿Cómo vas a beneficiarte de ese fracaso? Los efectos nocivos del fracaso sólo perduran para los que deciden quedarse en el camino y compadecerse de sí mismos. En lugar de ceder a esa tentación, hay que recordar que no hay error o fracaso que no lleve aparejados elementos de crecimiento. Encontrar el sentido positivo del fracaso consiste en descubrir su fecundidad oculta. Que no te detengan los que dicen: «De una desgracia no se puede esperar nada bueno». Yo puedo asegurarte lo contrario, es decir, que tu herida puede ser fuente de crecimiento. ¡Cuántas personas han dado un nuevo rumbo a sus vidas y han alcanzado su plenitud tras una gran prueba...!

Antes de seguir adelante, creo oportuno decir que es posible que en este momento te sientas perturbado, irritado o incluso indignado por la idea de encontrar un sentido positivo a tu herida y a sus efectos en tu vida. Una reacción de este tipo probaría que aún no estás preparado para emprender la presente etapa. Deberías volver a las etapas anteriores para profundizar más en ellas y asumirlas mejor




La ofensa también reporta beneficios
El primer efecto de la ofensa sobre la víctima es un «shock» y una profunda perturbación. Se siente duramente sacudida; todo se tambalea: sus ideas preconcebidas, sus opiniones más firmes, sus convicciones, sus prejuicios y sus planteamientos vitales. Ahora bien, por lamentable que sea la situación, no deja de ser prometedora de vida. Puede resultar un momento precioso de lucidez y una ocasión propicia para salir de la miopía habitual. Uno de mis profesores afirmaba que muy pocas personas saben sacar partido de las riquezas y posibilidades de la realidad. La mayoría emite sobre los acontecimientos juicios estereotipados; los ven a través de las lentillas deformantes de sus expectativas, de sus prejuicios personales y culturales o de la opinión acuñada por su entorno. No intentan descubrir su sentido profundo, sino que se conforman con juicios banales y generales del tipo: «es bueno» o «es malo», «es blanco» o «es negro».

La siguiente historia, extraída del folklore chino, demuestra claramente la inutilidad de tales juicios. Un día, un granjero perdió el mejor de sus sementales, un caballo magnífico que se había escapado. Sus vecinos fueron a verle para compadecerse de su desgracia: «¡Qué mala suerte tienes!», le dijeron. Él contestó: «Es posible...». Al día siguiente, el semental reapareció en el cercado, llevando consigo tres preciosas yeguas salvajes. Los vecinos se apresuraron a felicitar al granjero por su buena suerte, y recibieron la misma lacónica respuesta: «Es posible...». Un día, el hijo del granjero, al domar una de las yeguas, se rompió una pierna. Los vecinos acudieron de nuevo para lamentar la desgracia, pero el granjero tuvo la misma reacción: «Es posible...». Algunos días más tarde, un grupo de militares llegó para reclutar a la fuerza a los jóvenes del pueblo; sin embargo, no quisieron cargar con el joven lisiado. «¡Qué suerte!», exclamaron los vecinos, y el granjero repitió una vez más: «Es posible...».

Debido a nuestros prejuicios y opiniones preconcebidas sobre las personas y los acontecimientos, con frecuencia nos sentimos decepcionados y frustrados. Tenemos ideas muy precisas sobre la manera de actuar de los padres con sus hijos, o de comportarse un cónyuge, o de tratar el jefe a los empleados, o sobre la manera en que Dios debería salvar al mundo... Pero las cosas no ocurren como se prevén, y es mucho mejor.

Porque el «shock» de la ofensa es saludable. Libera al ofendido de sus anteojeras y hace que abandone sus posturas inflexibles. Y esto es aún más verdadero en el caso de una ofensa causada por un ser querido; porque el ofendido, al ver frustradas sus expectativas irreales, tendrá que rectificarlas para llegar a apreciar y amar a ese familiar o amigo por lo que realmente es.


Descubrir las aportaciones de la pérdida
En algunas de mis conferencias, invito a mis oyentes a reflexionar sobre lo que les ha aportado la experiencia de haber sido injuriados, insultados o víctimas de una infidelidad o una injusticia. Les hago interrogarse del siguiente modo: «¿Qué has aprendido de esa experiencia?; ¿cómo te ha hecho crecer esa prueba?; ¿hasta qué punto ha tomado tu vida un nuevo rumbo?». Éstos son algunos ejemplos de las respuestas:

«Me conozco mucho mejor».
«He adquirido mayor libertad interior».
«Me ha hecho descubrir mis valores. Después de mi divorcio, me di cuenta de que podía ser más yo misma y vivir según mis valores».
«Mi pena de amor me ha enseñado a conocerme mejor. Ahora, en lugar de depender del amor ajeno, he empezado a dármelo a mí mismo».
«Se acabó: no volveré a dejarme herir por los demás. Voy a aprender a protegerme mejor».
«He aprendido a decir 'no' cuando algo no está de acuerdo con mis valores».
«Cuando mi mujer me dejó, me dije: 'No me queda más remedio: tengo que poner en orden mi vida'. Entonces, a pesar de mi orgullo, pedí ayuda por primera vez».
«Mi prueba me ha forjado un corazón amante».
«Soy mucho más compasivo y comprensivo con los demás».
«He dejado de correr detrás de maridos alcohólicos para salvarlos. Me he dado cuenta de que quien necesitaba ayuda era yo».
«En mi angustia he encontrado el amor y la fidelidad del Señor, después de haber estado muy enfadado con él».

Cuando pregunto a distintas personas sobre los nuevos rumbos que han tomado sus vidas después de una ofensa, siempre me asombran la variedad y la calidad de las respuestas. A veces, el efecto positivo de la ofensa y de la injusticia de que han sido víctimas se manifestó espontáneamente. Otras veces, el descubrimiento de las aportaciones positivas y la profundización en ellas les ha llevado varias semanas o incluso meses. Al principio, estas personas veían su vida como un «puzzle» indescifrable; pero, después de descubrir el sentido de la ofensa, se formó y configuró una nueva visión de su vida.

La ofensa que conduce al «conócete a ti mismo» 
Nadie, sino uno mismo, puede conseguir encontrarle un sentido a la pérdida que acaba de sufrir, aunque esto no signifique que no se necesite de alguien que impulse a hacerlo. Pero, desgraciadamente, son escasos los guías que saben llevar a un mayor conocimiento personal y abrir a las posibilidades de crecimiento que ofrece la desgracia. 

Una grave injusticia o una ofensa seria pueden ser el punto de partida de una aventura humana enriquecedora que se desarrolla en tres tiempos. En el primero, habrá que hacer el duelo de la situación anterior. El segundo tiempo, denominado «período intermedio», se dedicará a un mejor conocimiento personal y de los proyectos futuros. Este período intermedio es fundamental y determinante. Hay que profundizar cuidadosamente en él antes de iniciar el tercer tiempo, que es el de la reorganización de la vida de cara a un nuevo comienzo. 

El gran peligro es descuidar la decisiva fase intermedia: o bien tratando de volver atrás para encerrarse, o bien pasando de inmediato a la fase del nuevo comienzo vital. En ambos casos se está abocado al fracaso. 

Pero ¿por qué tiene tanta importancia la fase intermedia? Una vez que la herida es menos aguda y preocupante, es preciso detenerse y hacer balance del acontecimiento desgraciado: «¿Cómo he llegado a ponerme en una situación tan vulnerable?». Con la ruptura que proporciona la ofensa, uno se hace cada vez más capaz de abandonar las ilusiones y expectativas imposibles respecto a sí mismo y a los demás. Está más frente a sí mismo que nunca, y comprende que las posturas y los roles asumidos hasta entonces pierden importancia. Al verse confrontado con el vacío del entorno, es obligado plantearse la pregunta fundamental: «¿Quién soy yo?». Pregunta que ningún otro puede responder, ni siquiera el psicólogo o el acompañante. Este interrogante respecto a la identidad profunda conllevará, sin duda, momentos de soledad, de angustia y de miedo a equivocarse; pero, si se persevera, ese momento de reflexión se transformará en un nuevo y fecundo conocimiento de sí mismo. 

Durante este período intermedio, surgirá una tercera pregunta: «¿Qué quiero hacer con mi vida?; ¿qué nuevas razones para vivir me voy a dar?». Una vez más, las respuestas a estas preguntas están en el propio interior. Pero hace falta tener valor y paciencia para dejarlas emerger y acogerlas. 

Sufrir una injusticia o una ofensa no es, ni mucho menos, una experiencia interesante. Pero, una vez pasado el trauma, esa experiencia te llevará a ti mismo y a tu libertad interior. Te hará optar entre dejarte abatir o reaccionar. Si aceptas reaccionar, te abrirás a la posibilidad de recuperar tu identidad profunda y a establecer nuevos vínculos con los demás. La razón será que habrás encontrado un sentido a tu sufrimiento. Éste es el mensaje de Víctor Frankl en su libro Découvrir un sens á sa vie, en el que habla con conocimiento de causa, pues tuvo que soportar muchos sufrimientos y humillaciones en los campos de concentración, pero no se dejó abatir. Dice lo siguiente: «Lo importante, pues, es apelar al potencial más excelso del hombre: el de transformar una tragedia personal en victoria; un sufrimiento, en realización humana». 



Ejercicio

Para descubrir el sentido positivo de la herida 
Propongo aquí una serie de preguntas con el fin de ayudar a descubrir el sentido positivo de la herida. Es importante dejarse interpelar por estas preguntas —sin duda, algunas serán más elocuentes que otras— y estar atento a las respuestas que sugiera la voz interior, sin tratar de censurarlas. Es posible que alguna respuesta evolucione, y sólo con el tiempo se descubra su alcance y su sentido. En el curso del ejercicio, sería útil anotar las reflexiones en el diario. 

— ¿Qué he aprendido de la ofensa sufrida?
— ¿Qué nuevos conocimientos sobre mí mismo he adquirido?
— ¿Qué limitaciones o debilidades he descubierto en mí?
— ¿Me he vuelto más humano?
— ¿Qué nuevos recursos y fuerzas vitales he descubierto en mí?
— ¿Qué nuevo grado de madurez he alcanzado?
— ¿En qué me ha iniciado esta prueba?
— ¿Qué nuevas razones para vivir me he dado?
— ¿Hasta qué punto ha hecho la herida emerger el fondo de mi alma?
— ¿En qué medida he decidido modificar mis relaciones con los demás, y especialmente con Dios?
 — ¿Cómo voy a proseguir ahora el curso de mi vida?
 — ¿Con qué gran personaje actual, histórico o mítico me lleva a identificarme la ofensa sufrida?


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 


miércoles, 25 de junio de 2014

Etapa 7 del perdón

Séptima etapa: Comprender al ofensor 

 El perdón lleva a suspender todo juicio sobre el ofensor y a descubrir el verdadero Yo, 
 que es creador y un destello de divinidad 
(JOAN BORYSENKO) 

 Durante una de mis conferencias sobre las etapas del perdón, una señorona rubia me escuchaba con atención; cuando abordé la etapa que consiste en comprender al ofensor, me interrumpió en el acto: «Le he seguido hasta aquí —me dijo—, pero esto es demasiado; yo no quiero seguir intentando comprender a mi ex-cónyuge: he perdido demasiado tiempo en ese jueguecito». Yo le contesté de inmediato: «No tiene usted que pasar todas las etapas del perdón de una sola vez y en la misma tarde. Quizá sería mejor que volviera a la etapa de la aceptación de su cólera». Si, como mi oyente, tú te sientes bloqueado en una fase determinada, te conviene preguntarte si no has quemado alguna de las etapas anteriores. Por eso es fundamental que respetes tu ritmo personal de progresión en el proceso del perdón. 

Si tu herida está demasiado viva y mal curada, emprenderás la presente etapa en vano. Porque esta fase supone que has dejado de estar preocupado en exceso por tu ofensa. ¿Te sientes dispuesto a salir de ti mismo para cambiar tu percepción del que te ha hecho daño? 

¿Hace falta recordarte, antes de seguir avanzando, que comprender al ofensor no significa excusarle y menos aún disculparle? Comprenderle es posar sobre él una mirada más lúcida, capaz de captar todas las dimensiones de su persona y los motivos de su falta. 

Es evidente que no lograrás entenderlo todo sobre él y su comportamiento; pero, por mínima que sea la comprensión que adquieras, hará más fácil el perdón, que ya no te parecerá un gesto irreflexivo o ciego, pues habrás encontrado algunos «porqués» de su conducta ofensiva. Al mismo tiempo, estarás mejor dispuesto a cambiar tu imagen de él, y tendrás que esforzarte menos para perdonar. Al contrario de los que te aconsejan perdonar con los ojos cerrados, yo te invito a perdonar con los ojos bien abiertos para ver claro y descubrir en tu ofensor aspectos hasta ahora desconocidos para ti.





Comprender al ofensor implica dejar de condenarlo
La humillación y el dolor causados por la ofensa influyen en la percepción del ofensor y pueden falsearla. Se está predispuesto a ver en él a un ser execrable, engañoso, agresivo, infiel, peligroso, amenazador, odioso, irresponsable... El recuerdo obsesivo de la afrenta condiciona la mirada del ofendido, hasta el punto de que el ofensor deja de ser una persona capaz de evolucionar, ya que está marcado para siempre por su delito. Con frecuencia es la malevolencia y la maldad personificadas. 

De ahí la tendencia a dejarse llevar por la indignación y a olvidar las palabras del evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1). Observemos, en primer lugar, que la expresión «no juzgar» no significa «no servirse del propio juicio», sino, no utilizarlo para «condenar» al prójimo. En segundo lugar, esta consigna evangélica no se inspira en una obligación moral absoluta y tajante, sino que pretende ante todo el logro del propio bien. Porque, si no evito condenar al prójimo, tampoco evitaré ser eventualmente condenado a mi vez. ¿Cómo conseguirlo? En principio, al condenar al prójimo, puedo perderme de vista a mí mismo, en la medida en que me concentro en exceso en los defectos del otro. Y, además, la ceguera respecto a mi persona me llevará a proyectar de manera inconsciente sobre el otro mis propias faltas y debilidades. Si, por otra parte, me abstengo de condenar al otro, es probable que tenga una visión más objetiva de mí mismo y, por consiguiente, una imagen más objetiva de mi ofensor. ¿No es éste el mensaje de Jesús, que dijo de manera muy gráfica: «¿Por qué te fijas en la mota en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga del tuyo?» (Mt 7,3)? 

Condenar a mi ofensor es, en cierto modo, condenarme a mí mismo. Una gran parte de lo que repruebo en el otro es a menudo una parte de mi persona que me niego a reconocer. Mi ofensor es entonces la pantalla sobre la que proyecto facetas mías que no me gustan. La persona condenada me refleja mis aspectos mal amados, por lo que sería interesante atribuirme a mí mismo los defectos y las flaquezas que achaco a mi ofensor. Acoger lo que me da miedo de mí es indispensable para mi progresión. Al recuperar los aspectos que considero débiles y deficientes, me hago más completo y, por tanto, más yo mismo. No puedo, pues, comprender a mi ofensor si antes no me apropio de las debilidades y los defectos que le atribuyo. 

Mirándolo bien, el precepto de no condenar al ofensor se confunde con el de «amar a los enemigos». Tampoco esta enseñanza se inscribe en una moral del deber, sino en un deseo de progreso personal. Porque, en el contexto del perdón, el enemigo o el ofensor me remiten a esas partes mal amadas de mí mismo que constituyen mi «sombra». Por tanto, «amar al enemigo» supone acoger mi propia «sombra», es decir, lo que me da miedo o me hace sentir vergüenza. En definitiva, esforzarme por no condenar a mi enemigo y amarle es también no condenar a mi sombra, empezar a habituarme a ella y amarla. No juzgar en el proceso del perdón lleva, de algún modo, a una reconciliación con el ofensor, pero sobre todo a una reconciliación con el lado oscuro y tenebroso de uno mismo, que puede revelarse como un inmensa fuente de recursos personales.


Comprender es conocer mejor los antecedentes del otro
 «Dios lo perdona todo, porque lo comprende todo», dice un viejo adagio. Se trata de una profunda verdad que es importante tener presente para superar esta etapa. Es obvio que una mejor comprensión de los antecedentes familiares, sociales y culturales de una persona ayudará a perdonarla. Y aunque esos condicionamientos no justifiquen su conducta agresiva, al menos la explicarán en parte. 

Es lo que descubrí al intentar comprender las crisis de angustia y los estallidos de cólera de mi padre, que yo consideraba inexcusables. Cambié por completo mi actitud intolerante después de una conversación con mi tía sobre su infancia. Al ser el hombre mayor de la familia, desde muy joven había tenido que cargar con la excesiva responsabilidad de «hombre de la casa» durante las largas ausencias de mi abuelo. De ahí los temores y las angustias constantes por no estar a la altura de las circunstancias. 

Una vez conocidas la herencia y la historia de una persona, es más fácil ponerse en su lugar y comprender las desviaciones de su conducta. Así, el hecho de saber que alguien que comete abusos sexuales ha sido él mismo víctima de esos abusos, no disminuye la gravedad de su crimen, pero nos hace ser más indulgentes con él. 


Comprender es buscar la intención positiva del ofensor 
Virginia Satir, que fue terapeuta familiar durante más de cuarenta años, tenía tal confianza en las personas que siempre intentaba descubrir la intención positiva de los actos de sus pacientes, por indecentes que fuesen. En su opinión, en todos los individuos hay una irreductible voluntad de progreso, incluso en los gestos más malvados. La intención positiva constituía para ella el rico filón interior que le permitía acercarse a su paciente e iniciar con él un cambio de conducta. Una vez descubierta esa intención positiva, le ayudaba a tomar conciencia de ella y a apreciar toda su grandeza. Después le sugería medios constructivos para llevar a la práctica esa intención de progresar. Por ejemplo, comprendía que la intención positiva de un suicida era dejar de sufrir; la de un padre violento, controlar a su hijo; la de un joven ladrón ocasional, probar su valor ante sus amigos; y la de un niño rebelde, demostrar su poder a sus educadores. 

Con esa misma intención positiva, algunas personas creen que deben herir a otra para hacerle corregirse y progresar. ¡Cuántas humillaciones no infligen algunos educadores con la mejor voluntad del mundo...! Recuerdo muy bien el día en que el maestro de capilla, después de una hora de ejercicios de canto, sacó con solemnidad de su bolsillo un trozo de papel y, en presencia de una coral de treinta cantores, leyó en voz alta: «Los hermanos André, Claude y Jean deben retirarse de manera inmediata y definitiva de la coral». Muy contrariado, abandoné la capilla en el acto, haciendo una genuflexión ante el Santísimo Sacramento. Aún hoy me sigo preguntando por qué aquel padre no nos avisó de nuestra expulsión antes del ejercicio de canto. Es evidente que logró humillarme, pero se equivocó si con ello quiso que practicase la humildad. También me acuerdo de aquel profesor de inglés que aterrorizaba a toda la clase con su sarcasmo, leyendo en alta voz las peores redacciones. No se puede hacer caso omiso de tales torpezas y de sus repercusiones en la vida de las víctimas. Ahora bien, por deplorables que sean estos métodos, no se puede dudar de las buenas intenciones de esos educadores.

Por otra parte, si bien algunos hacen daño con buena intención, otros lo hacen sin querer. Pensemos en los conductores borrachos o drogados que matan o hieren a alguien en un accidente; en los padres en proceso de divorcio que, muy a su pesar, perturban la vida de sus hijos; en los médicos que, por un diagnóstico equivocado o un tratamiento erróneo, arruinan la salud de sus enfermos; en el padre de familia que, por meterse en negocios arriesgados, amenaza el bienestar de su mujer y de sus hijos. En todos estos casos, las víctimas sufren graves perjuicios; sin embargo, saber que los responsables de esos daños no lo han hecho a propósito, es evidente que no puede eliminar los sufrimientos padecidos, pero sí puede al menos atenuar la repugnancia a perdonar.


Comprender es descubrir el valor y la dignidad del ofensor
Hay una tendencia a reducir al ofensor a su gesto hostil y, como consecuencia, a menospreciarle sin reservas. Sin embargo, el comportamiento culpable del ofensor dista mucho de ser la última palabra sobre él, pues, a pesar de sus faltas, es capaz de cambiar y de mejorar. Cuanto más profunda es la decepción, más predispone a ver sólo los defectos del ofensor y a querer destruirlo. El peligro es aún mayor cuando se trata de una persona cercana y amada. Esto me recuerda cuánto me edificó la actitud positiva de una mujer cuya vida personal y familiar había sido destrozada por un marido alcohólico. Aquella mujer me decía que, pese a que había decidido dejarle, no había dejado de amarle y de admirar su ternura, su valor, su sentido del humor y su profunda fe religiosa. Y añadió: «Nadie podrá quitarme el amor y la alegría de haber vivido con ese hombre». Yo, admirado, la veía desprenderse de su aventura conyugal con dignidad y con un gran respeto hacia su ex-cónyuge. Ya no veía en ella a la víctima bajo el yugo de un marido alcohólico, sino a una mujer libre.


Comprender es aceptar que no se comprende todo 
Aunque se quiera saber todo sobre el ofensor, nunca se podrá descubrir por completo el secreto que encierra su persona, ni siquiera todas las razones de sus actos; razones que con frecuencia él mismo ignora. Nos encontramos ante el misterio de una persona viva, de manera que comprender al ofensor es aceptar que no se comprende todo. Así lo entendió un obrero que, al final de una conferencia sobre el perdón, vino a verme para exponerme su filosofía de la vida: «Si alguien me hace daño, le digo a Dios: 'No comprendo por qué me lo ha hecho, pero confío en que tú lo sepas'. Y esta reflexión me basta para conservar la paz interior». Estas palabras son un eco del pensamiento de Philippe Madre: «Perdonar es, en definitiva, no un gesto de olvido (de hecho, imposible, pues el mal que perdono siempre formará parte de mi historia), sino un gesto de confianza en el otro; confianza a través de un cierto sufrimiento, lo que sólo es posible con la ayuda de Dios» (1982: 187).


Ejercicio

Para comprender al ofensor 
¿Es necesario recordar una vez más que los ejercicios que propongo siguen una cierta progresión? Si te encuentras a disgusto e incómodo durante un ejercicio, no debes empeñarte en continuar. Si permaneces en contacto con tu malestar o tu resistencia interior, serás capaz de descubrir en qué momento del proceso estás. Esta toma de conciencia te ayudará a situarte y a calcular mejor el próximo paso a dar en la dirección adecuada. 

1. Entra en ti mismo. Tómate tiempo para ver con los ojos de la imaginación al que te ha hecho daño. Repasa lo que sabes de su historia personal. Si tienes valor, ponte en su lugar y pregúntate lo que te habría pasado si hubieses tenido que vivir los mismos acontecimientos que él. 

2. Después del ejercicio anterior, te invito a descubrir la intención positiva que animaba a tu ofensor al realizar sus actos reprensibles: deseo de protegerse a sí mismo, necesidad de poder, la salvaguarda de su dignidad... Recuerda, una vez más, que reconocer la intención positiva no significa estar de acuerdo con los medios que tu ofensor utilizó para llevarla a la práctica 

3. Haz una lista de los defectos que ves en tu ofensor, sobre todo de los que más te irritan; después aplícate cada uno de ellos. Por ejemplo, después de haber dicho: «Odio su agresividad», piensa: «Yo también soy agresivo». Quizá descubras, bajo el defecto que le reprochas, una parte mal amada de ti. Si es así, disponte a acogerla para integrarla en el conjunto de tu personalidad. Por ejemplo: «Debería armonizar mi exceso de dulzura con una afirmación más agresiva de mí mismo».


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

lunes, 23 de junio de 2014

Etapa 6 del perdón

Etapa 6:  Perdonarse a sí mismo 

 Odiar el alma es no poder perdonarse ni por existir ni por ser uno mismo 
(BERNANOS) 

Perdonarse a sí mismo es, en mi opinión, el momento decisivo del proceso del perdón. El perdón a Dios y al prójimo habrá de pasar por el perdón que tú te concedas. Quien quiere perdonar pero no logra perdonarse a sí mismo se parece a un nadador al que la resaca lleva constantemente mar adentro, lejos de la orilla. Todos los esfuerzos que despliegues para perdonar al otro se verán neutralizados por tu odio hacia ti mismo. Aun en el caso de no haber sufrido una ofensa o un insulto concreto, el perdonarse a sí mismo es una de las grandes prácticas psicoespirituales de curación. Mi amiga Carol recordaba muy bien la recomendación de su psicoanalista neoyorkino: «Lo esencial de tu terapia le decía, es que aprendas a perdonarte a ti misma».

Cuando estás profundamente herido, no puedes dudar en perdonarte: te sientes obligado a ello. El duro golpe recibido, sobre todo si procede de una persona querida, habrá hecho añicos tu armonía interior, y entonces se desencadenarán en ti unas fuerzas antagónicas. Sólo el humilde perdón que te otorgues logrará restablecer la paz y la armonía en tu interior y hará posible que te abras al perdón al otro.


Tomar conciencia del odio a sí mismo
La armonía interior está siempre en un equilibrio frágil e inestable. Cuando sobreviene una depresión, una injusticia o una desgracia, se despiertan unas voces discordantes que invaden casi todo el espacio del mundo interior, hasta el punto de que ya no hay lugar para el perdón: está uno tan replegado sobre sí mismo que es incapaz de perdonar al otro. Esto es lo que constaté a lo largo de un fin de semana de terapia con separados y divorciados. Pedí a los participantes que describieran los obstáculos que les impedían perdonar. Y el principal obstáculo que me exponían procedía de la crítica implacable a sí mismos y de la incapacidad de perdonarse. He aquí algunos extractos de sus testimonios:

«Me es difícil perdonarme a mí mismo, porque he roto mi familia, no he reflexionado antes de separarme, no mostré suficiente grandeza de espíritu para tolerar los conflictos conyugales...».
«Tendría que haber previsto los problemas cuando me casé con un hombre tan frágil psicológicamente». «Siento haber sido tan ingenua y haber confiado tanto en él».
«No consigo perdonarme por haber pensado antes de casarme que podía cambiar a mi marido alcohólico».
«Estoy enfadado conmigo mismo por haber creído en sus mentiras y haber soportado tanto tiempo sus infidelidades y sus gastos excesivos».
«La persona a la que más me cuesta perdonar es... a mí misma, que he sido una idiota por haberme obstinado en vivir un matrimonio sin futuro, por haber sido demasiado materialista...».
«Me cuesta perdonarme el no estar dispuesta a perdonar».

Estas «confesiones» demuestran hasta qué punto las personas, bajo el efecto de una gran decepción, tienden a culparse a sí mismas. No se perdonan el haberse expuesto a esas desgracias, y la ofensa que han sufrido exhibe a plena luz sus deficiencias y sus debilidades. Además de estar humilladas, se sienten llenas de vergüenza y de culpabilidad, mezcladas con un sinfín de humillaciones del pasado.


La génesis del desprecio a sí mismo 
Se pueden identificar tres fuentes básicas de desprecio a sí mismo: primero, la decepción por no haber estado a la altura del ideal soñado; a continuación, los mensajes negativos recibidos de los padres y de las personas importantes para uno; y, finalmente, los ataques de la sombra personal, formada en gran parte por el potencial humano y espiritual reprimido y, por tanto, no desarrollado.

La primera fuente de hostilidad hacia nosotros mismos proviene de la búsqueda de una felicidad y una perfección absolutas, como si todos fuésemos dioses o diosas o, por lo menos, príncipes y princesas. Este deseo de infinito actúa siempre en nosotros, a pesar de las limitaciones y la impotencia de las criaturas que somos. Hay que ir aprendiendo poco a poco a aceptar la finitud y a tolerar el sentimiento de culpabilidad por no ser perfecto. La aceptación concreta del estado de criatura se ha considerado siempre un gran paso en el camino de la salud psicológica y espiritual. Se denomina «humildad». Esta virtud ayuda a valorarse con precisión y permite perdonarse, no sólo el ser limitado y falible, sino también haberse creído omnipotente, omnisciente, irreprochable y perfecto en todos los aspectos.

Una segunda fuente de culpabilización y de odio a sí mismo tiene su origen en los mensajes negativos procedentes de personas importantes en la propia vida. Estos mensajes son de orden no verbal o verbal. Veamos primero los mensajes negativos no verbales. El bebé siente en su cuerpo un montón de mensajes no verbales, como los gestos de impaciencia y de agresividad de los padres. Ya se trate de cansancio, depresión, rechazo inconsciente del niño, negligencia en el aseo, intrusiones en su intimidad infantil, actos de violencia o abusos sexuales, el niño los graba en su sistema nervioso y en su memoria.

Más tarde, el desprecio e incluso el odio a sí mismo crecerán como consecuencia de mensajes verbales despectivos, como palabras desagradables, juicios malintencionados, comparaciones, ridículo, apodos... La acumulación de mensajes desfavorables crea en la persona un complejo de inferioridad que la hace compararse constantemente con un ideal imposible, por confuso y mal definido. Decepcionada de sí misma y siempre perdedora, la dominarán las ideas negras y se hundirá en estados depresivos periódicos, cuando no impulsada al suicidio, forma suprema de la negativa a perdonarse.

La tercera fuente del sentimiento de culpabilidad y de malestar consigo mismo emana de la «sombra» de la personalidad. La sombra se compone de todos los aspectos de la persona que no se han podido o sabido desarrollar por creerlos inaceptables por el medio social. Presa del pánico ante determinados aspectos de sí persona que se consideran inadmisibles, la persona trata de enterrarlos en el inconsciente. Es lo que se hace muy a menudo, por ejemplo, con la agresividad que se teme asumir, y luego emerge en el momento de la ofensa exigiendo que se le devuelva su lugar. Si en ese momento no se la recibe y acepta, puede volverse contra la persona que la ignora. En lugar de ser su aliada, se pasará a las filas del enemigo para atacar en forma de auto-acusación enfermiza.


La identificación con el agresor 
A consecuencia de una ofensa, un insulto o un ataque personal, se produce un extraño fenómeno que en psicología se denomina «identificación con el agresor». En cierto modo, se trata de un medio de supervivencia, mediante el cual se intenta escapar de la situación de víctima poniéndose en el lugar del propio agresor. Al revestirse de la fuerza del ofensor, la víctima tiene la ilusión de salvaguardar algo de dignidad o una apariencia de autonomía. Pero el problema consiste en que, incluso una vez desaparecida la ofensa, la víctima sigue siendo su propio perseguidor. Casi todas las escuelas psicológicas reconocen la existencia de este mecanismo de defensa que denominan de diversas formas: «super yo», «pariente crítico», «culpabilidad neurótica», «top dog», «complejo de superioridad»...

Esta parte del ser se vuelve entonces tiránica y despiadada consigo misma, y se manifiesta en algunas expresiones que revelan una exigencia desmesurada para consigo mismo, así como un perpetuo descontento. He aquí algunos ejemplos de este diálogo interior: «hay que...», «tengo que...», «tenía que haber...», «habría sido necesario que...», etc. A veces esta amargura se expresa con apodos degradantes o insultos dirigidos a uno mismo.

Este tipo de diálogo crea una polaridad en la que dos partes de la persona entran en conflicto. Una tiene tendencia a tiranizar a la otra con exigencias imposibles de satisfacer, mientras que la segunda sufre todas las acusaciones y es propensa a despreciarse ante sus pobres logros o, en otras ocasiones, a rebelarse. De esta guerra, con frecuencia inconsciente, resultan sentimientos de culpabilidad, angustia difusa y estados depresivos.

Así pues, cada vez que es víctima de una ofensa o de una agresión, una parte de la persona se deja contaminar por la acción degradante del agresor y se hace cómplice del propio ofensor persiguiéndose a sí misma. El mal que se le ha hecho lleva a rumiar las palabras ofensivas, a volver a ver las imágenes del suceso desgraciado y a revivir las emociones experimentadas durante la ofensa. El mal se ha infiltrado, y quien ha sido maltratado puede volver contra sí mismo o contra los demás los abusos de que ha sido objeto.

Es muy frecuente en terapia que los pacientes se acusen con las mismas palabras que su agresor. Una de mis pacientes repetía sin cesar: «¡Qué tonta soy!». Yo le pedí que repitiese el insulto escuchando con cuidado el tono, para descubrir a quién pertenecía esa voz que le había llamado «tonta». Para su sorpresa, reconoció en su voz la de su marido, que la había llamado así al abandonarla.

De donde se deduce que una de las primeras condiciones del perdón a uno mismo consiste en empezar por perdonarse el haberse identificado con el ofensor.


La aceptación de sí y el perdón
El precio que se paga por la falta de aceptación y de autoestima es muy alto. En El hombre descubriendo su alma, el gran psicólogo Carl Jung sostiene que la neurosis provoca falta de aceptación y de autoestima: «La neurosis es un estado de guerra consigo mismo -afirma-. Todo cuanto acentúa la división que hay en él empeora el estado del paciente, y todo cuanto reduce dicha división contribuye a sanarlo» (Linn 1987: 84). El mismo autor continúa hablando del amor a sí mismo: «La propia aceptación es la esencia misma del problema moral y la síntesis de toda una visión de la vida. Si doy de comer a los hambrientos, si perdono un insulto o si amo a mi enemigo en nombre de Cristo, se trata, sin duda alguna, de grandes virtudes. Lo que hago al más pequeño de mis hermanos se lo hago a Cristo. Pero ¿qué haría yo si descubriese que el más pequeño de todos, el más pobre de todos los mendigos y el más execrable de todos los que me han ofendido se encuentra en mi propio interior; que soy yo quien necesita la limosna de mi amabilidad; que soy yo el enemigo que reclama mi amor?» (Ibidem).

Hay que reconocer que todos tenemos más de un motivo para necesitar nuestro propio perdón, por ejemplo: habernos creído omnipotentes como dioses, habernos expuesto a las ofensas del prójimo, habernos dejado denigrar por los mensajes negativos de nuestros padres y educadores, haber permitido a nuestra sombra volverse contra nosotros y, finalmente, haber estado en connivencia con el ofensor hasta el extremo de perpetuar en nosotros sus gestos ofensivos.

Ante desafíos tan considerables como los que comporta el perdón a nosotros mismos, ¿no nos puede tentar el desaliento o incluso la desesperación? Sí, sin duda. Si sólo pudiésemos contar con nuestra iniciativa y nuestras propias fuerzas, con toda seguridad sucumbiríamos. Lo mismo pensaba Bernanos: «Un ser obligado a verse prescindiendo de la 'dulce piedad de Dios' sólo puede caer en el odio y el desprecio a sí mismo»

En cualquier caso, espero que se haya comprendido la vital importancia de perdonarse. El perdonarse a sí mismo condiciona el éxito de todos los demás perdones. Esto mismo decía el sabio sufí Hasdai Ben Ha-Melekh: «Si alguien es cruel consigo mismo, ¿cómo se puede esperar de él compasión por los demás?».


Ejercicios

Para ayudar a perdonarse 
1. Gracias a este primer ejercicio, aprenderás a tratarte con más dulzura. Se trata de tomar conciencia de todas las veces que te acusas y te das órdenes utilizando expresiones como «hay que...», «tengo que...», «debería...», «estoy obligado a...», etc.

Empieza por hacer una lista de estas expresiones en tu lenguaje cotidiano. Por ejemplo: «tendría que perdonar a mi cónyuge». Después, mientras escribes esta serie de «hay que...» y otras fórmulas de obligación, detente en cada una de ellas y percibe lo que sucede en ti. Sin duda comprenderás que todas las obligaciones que te impones son otras tantas causas de estrés.

Una vez terminada la lista, sustituye cada uno de los «hay que...», «habría que...», «tengo que...» o «tendría que...», por «elijo...» o «soy libre de...».
Detente a saborear el nuevo estado de ánimo creado por esta sustitución.

2. Esta meditación te ayudará a restaurar la armonía interior rota por el impacto de la ofensa, dispón de 15 minutos para realizarla sin interrupciones .



3. Este ejercicio te permitirá experimentar el perdón  a ti mismo




Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

sábado, 21 de junio de 2014

Meditación restaurar pureza mediante el perdón

Esta fue la segunda meditación del Retiro de Sanación Interior

La meditación se puede realizar cada vez que se desea entrar dentro de si mism@, a nuestro lugar sagrado, a transformar cualquier energía de baja frecuencia como la culpa, la vergüenza, la envidia, los apegos, etc., en energías más elevadas que te alineen con la Divinidad de tu Alma y te encaminen hacia el Amor Incondicional y tu Bienestar. 

Es un maravilloso trabajo de sanación que estás realizando.

La meditación tiene una duración de 35:45 minutos, así que dispón de ese tiempo para realizarla, ponte en un lugar cómodo, donde no vayas a ser interrumpido.



viernes, 20 de junio de 2014

Etapa 5 del perdón

Etapa 5: Aceptar la cólera y el deseo de venganza


Hoy el Perdón me recuerda que Cada Día es un Nuevo Comienzo. Me despierto en Gratitud y junto con el abrir de mis ojos, respiro la vida profundamente, llenando mis pulmones, mi Corazón y Todo Mi Ser del Amor Incondicional del Universo. 

El Perdón me recuerda que uno puede llegar a la meta por diferentes caminos. He dejado atrás el camino del dolor, la culpa y el miedo. Ya se acabó la lucha y el conflicto. 

Hoy en este momento Escojo el Camino del Amor, el de mi Verdad Interior, el de la Paz, la Libertad, la Fe y la Armonía. 

Fluyo con la Vida, Fluyo con mis Sueños, momento a momento y me Abro a que el Universo me Bendiga Abundantemente ♥

  
Aceptar la cólera y el deseo de venganza


Hay que ser psicoterapeuta para saber cuánta agresividad reprimida hay bajo el falso perdón 
(PAUL TOURNIER) 

Es frecuente que la palabra «cólera» evoque escenas de extrema violencia. En consecuencia, se tiene un gran miedo a experimentar esta emoción. A algunos maestros espirituales les resulta extremadamente difícil ver en la cólera y en el deseo de venganza realidades psicológicas en sí mismas sanas. En virtud de una concepción del amor mutilada, consideran que hay que reprimir cualquier impulso agresivo. Voy a compartir este relato que hace tiempo me compartió un sacerdote psicólogo, un altercado que tubo con el capellán de un grupo de parejas. "Estaba yo dando en su presencia una conferencia sobre la comunicación a unas parejas y explicando cómo la vida en común comporta, junto a alegrías, una parte de frustraciones, y cómo la acumulación de frustraciones después de pequeñas disputas, junto con las exasperaciones posteriores, constituyen, en mi opinión, uno de los principales obstáculos a la buena comunicación en la pareja. Por eso aconsejaba a los esposos que no dejasen pudrirse en su interior sus pequeñas cóleras, sino que las expresasen de la manera más constructiva posible. Porque, en mi opinión, lo que destruye el amor no es la cólera, sino el miedo a sincerarse y la indiferencia. En ese momento, vi al capellán saltar de su silla. Con voz enfurecida me gritó: «Debería usted saber que la cólera es uno de los siete pecados capitales». Y se marchó en el acto dando un portazo.

Es obvio que no teníamos la misma definición de ese sentimiento. Yo utilizaba el término para describir el estado de irritabilidad interior provocado por una contrariedad, un insulto o una injusticia. Y él daba a la palabra «cólera» el sentido de odio y de resentimiento, cuya finalidad es hacer daño al otro o incluso destruirlo".

Frecuentemente aparecen predicadores, maestros espirituales o defensores de la «New Age» que contraponen el perdón y la cólera. Según ellos, para lograr perdonar, ante todo es preciso reprimir cualquier impulso colérico y desprenderse de todo pensamiento de venganza. En definitiva, fomentan la represión de cualquier sentimiento considerado «negativo». A mí me parece que esta actitud no conduce a ninguna parte; porque, del mismo modo que no es posible perdonar si no se produce antes una toma de conciencia y una aceptación de la propia vergüenza, tampoco será posible hacerlo si se reprimen la cólera y el deseo de venganza. No reconocer estos dos sentimientos, so pretexto de querer perdonar, es mentirse a sí mismo, además de transformar el perdón en un gesto social.

Pero, ¡cuidado! No se trata de fomentar o alimentar el resentimiento. Es frecuente la confusión entre la emoción espontánea de la cólera y el resentimiento. Y es preciso distinguir desde el principio la emoción pasajera de la cólera y el deseo de venganza del sentimiento voluntario y cultivado de odio o de resentimiento. Aunque la cólera sea un movimiento violento del alma, tiene, pese a las apariencias, elementos positivos. Es una reacción normal ante una injusticia, una búsqueda de autenticidad y un esfuerzo para suprimir el obstáculo que oculta el amor ajeno. El resentimiento, por el contrario, se implanta en el corazón humano como un cáncer y camufla una cólera sorda y tenaz, que sólo se aplaca cuando el ofensor es castigado o humillado. Puede revestir diversas formas: sarcasmo, odio duradero, actitudes despectivas, hostilidad sistemática, crítica reprobatoria y pasividad agresiva que mata cualquier posible alegría en las relaciones. En tanto no se quiera reconocer la cólera y sacar de ella el mayor provecho posible, se correrá el riesgo de que se pudra en el interior y se transforme en resentimiento y odio.

Los nefastos efectos de la cólera reprimida 
Reprimir la cólera es sumirse en un marasmo sin esperanza de salir de él. Cuando se reprime una emoción porque es considerada socialmente inaceptable, lo menos que cabe esperar es que, tarde o temprano, surja en forma de desviaciones. Porque la energía emocional no se puede reprimir, ya que siempre consigue expresarse de una manera artificial y engañosa. Para calificar estas desviaciones emocionales, la escuela psicológica del análisis transaccional ha creado la expresión «sentimiento rebuscado». Examinemos más detenidamente estos «sentimientos rebuscados» causados por la represión nociva de la agresividad.

La cólera reprimida puede desplazarse y atacar a seres inocentes, ya se trate de objetos, animales o personas. ¿Quién no ha visto nunca a alguien dar una patada a un objeto o incluso a un animal para aliviar su ira reprimida? También se ven reacciones parecidas hacia las personas. Hay quien opina, no sin razón, que el marido que pega a su mujer intenta desesperadamente liberarse de la imagen de su madre. Y yo he visto a un niño, después de que su madre le riñera, dar un buen tortazo a su hermanito.

Es frecuente que la acumulación de pequeñas cóleras reprimidas provoque ataques incontrolables de violencia. Una amigo, que ostentaba una sonrisa estereotipada, vino a consultarme para aprender a dominar sus accesos periódicos de violencia verbal, pues su jefe le amenazaba con el despido, y su esposa con pedir el divorcio. Rehusé ayudarle a enfrentarse a su cólera, porque no quería fracasar como lo había hecho su director espiritual, el cual lo había intentado todo para impedirle enfadarse. Yo decidí ayudarle a domesticar su cólera y le pedí que no la reprimiera, sino que la dejara emerger, la reconociera a través de sus tensiones corporales típicas, la aceptara y le encontrara exutorios admisibles, como hacer deporte, cortar leña u otros ejercicios fuertes.

Uno de los efectos más habituales de la represión de la cólera es la tendencia a atribuir a los demás el propio sentimiento de irritación. El individuo que no es consciente de su propia cólera está predispuesto a transferírsela a los demás. En el momento en que se siente amenazado por los diversos aspectos que adopta su cólera, se la atribuye a otras personas. El siguiente ejemplo demuestra lo que quiero decir. Una mujer de gran cultura y con gran sensibilidad espiritual me escribió para hacerme partícipe de su angustia por el suicidio de su hijo. Me contaba lo pronto que le había perdonado la pena y la angustia que su suicidio le habían causado. Por otra parte, no lograba aceptar que Dios hubiera perdonado a su hijo un gesto tan reprensible. Yo pensé que ella no podía asumir la cólera que experimentaba hacia su hijo y la proyectaba en Dios. Lo que me convenció de que estaba en lo cierto fue que sus angustias y sus dudas seguían atormentándola a pesar de los esfuerzos de familiares y amigos para tranquilizarla respecto a la bondad y la misericordia divinas.

Ésta fue mi respuesta a su carta: «Señora, en ningún momento me he permitido dudar de su sincero deseo de perdonar a su hijo. Permítame, sin embargo, asombrarme del poco tiempo que le ha llevado curar su dolor antes de conceder el perdón. ¿Cree usted que su duelo ha madurado lo suficiente y que su gran herida ha cicatrizado lo bastante para pensar realmente en perdonarle? Mi experiencia con personas en duelo por el suicidio de un ser querido me permite afirmar que los supervivientes necesitan mucho tiempo para que sus sentimientos de cólera y de culpabilidad se manifiesten y se transformen. Le vendría muy bien escuchar sus emociones. Así podría acoger las que aún no hayan encontrado una expresión satisfactoria». Algún tiempo después, recibí una carta en la que me decía que había acertado en el diagnóstico, y que ella había encontrado una buena consejera para ayudarle a asumir sus sentimientos de culpabilidad y de cólera.

Otra desviación de la cólera consiste en volverla contra uno mismo, y ocurre en las personas que se prohíben el menor impulso colérico y se culpabilizan cuando se produce la más mínima manifestación de éste. Entonces se acusan y se autocastigan, cuando no se sumen en una depresión nerviosa, como le sucedió a una asistente social, uno de sus clientes, un chico por el que había llegado a sentir mucho cariño, se había suicidado, y ella se reprochaba amargamente haber estado ausente el día que él le había telefoneado para pedirle ayuda. Desde entonces vivía con la idea de que ella era en gran parte responsable de su muerte, y se acusaba, entre otras cosas, de haber llegado a pensar que el suicidio sería una solución a los numerosos problemas del joven. Después de haber escuchado el relato de sus emociones, le sugerí que se imaginase a su joven cliente sentado frente a ella y que le dijera: «Me siento culpable de tu muerte». Después, le propuse que sustituyera esa frase por la siguiente: «Estoy resentida contigo porque te has matado a pesar de toda la ayuda que yo te he proporcionado». Después de muchas vacilaciones, por fin decidió expresarle su decepción y su cólera, y ambos sentimientos se fueron intensificando a medida que los iba exteriorizando. Después, se echó a llorar, reconociendo que había sido incapaz de impedir el suicidio del joven. Acababa de aceptar sus limitaciones. En aquel momento empezó a perdonarse por haberse creído lo suficientemente fuerte como para salvarle a pesar suyo.

La cólera reprimida puede también adoptar otros disfraces, como la culpa, la crítica rabiosa, el cinismo frío, la hostilidad acusadora o el enfado. Todas estas manifestaciones de cólera camuflada entran en la categoría de los «sentimientos rebuscados», que tienen como característica ser inextinguibles y repetitivos. En contraste, los sentimientos auténticos se eliminan por sí solos apenas se expresan. Ése es el efecto normal de una catarsis que ha tenido éxito. Pero el caso de los sentimientos rebuscados es muy distinto, pues se adhieren a la afectividad del individuo sin que éste logre encontrar un modo de expresión adecuado. El único medio de salir de este atolladero emocional consiste en conectar con la cólera reprimida y encontrarle una expresión apropiada. La cólera no reconocida puede ser causa de varias enfermedades psicosomáticas, como consecuencia del gran gasto de energía y del estrés que produce, porque provoca un estrés nocivo, origen de los más diversos males físicos. En La guérison des souvenirs (1987: 135-136), los hermanos Linn presentan los resultados de las investigaciones en este campo dirigidas por el doctor Floyd Ring, que ha estudiado las diversas enfermedades provocadas por una falta de dominio de la cólera o por expresarla inadecuadamente. Por un lado, Ring considera que las manifestaciones excesivas de cólera, ya sean físicas o verbales, a menudo dan lugar a las siguientes enfermedades: oclusión coronaria, artritis degenerativa y úlceras pépticas. Por otro lado, las personas que reprimen su miedo y su cólera son propensas a enfermedades de piel, a la artritis reumática y a las colitis ulcerosas. Finalmente, las personas que ejercen un autocontrol excesivo no se atreven nunca a expresar su cólera y su miedo, pese a ser conscientes de ellos, y corren el riesgo de padecer asma, diabetes, hipertensión y migrañas. Habrá quien piense que el cuadro de estas enfermedades es demasiado sombrío; pero lo que parece indiscutible es que la represión sistemática de los impulsos coléricos provoca tales estados patológicos y neuróticos que el individuo ya no encuentra la energía necesaria para emprender el camino del perdón.

Me gustaría terminar este apartado con algunas observaciones sobre el modo de comportarse con las fantasías de venganza. He conocido personas que querían desprenderse de sus ideas de venganza combatiéndolas frontalmente. Y era inútil. Cuanto más intentaban rechazarlas, más obsesivamente resurgían. Para convencerte de ello, haz el siguiente ejercicio: intenta no pensar en el color «rojo». Comprobarás que es imposible, porque para imaginar el no-rojo, tienes que pensar en el rojo. De hecho, la imaginación no puede concebir el no-rojo. Lo mismo sucede con tus ideas de venganza; se impondrán con mayor fuerza a tu imaginación cuanto más intentes echarlas. Lo mejor es dejarlas venir tranquilamente y permitirles desarrollarse como una película. En cuanto lo hayas hecho y te hayas adueñado de ellas, te parecerán unas fantasías muy fútiles, y sólo te faltará tomar la decisión de no hacerlas reales.


Los aspectos beneficiosos de la cólera 
La cólera, entendida en el sentido de un movimiento anímico violento y agresivo, no es en absoluto perjudicial; al contrario, procede de un saludable instinto de supervivencia física, psicológica y moral. Su efecto perjudicial o beneficioso depende del uso que de ella se haga.

Bien utilizada, contribuye al buen funcionamiento de las relaciones humanas entre esposos, amigos, padres e hijos, o jefe y empleados. En todos estos casos, es fundamental defender las propias fronteras y los valores personales, y en ocasiones hacerlo con vigor e indignación. Al contrario de lo que ocurre cuando se muestra una actitud de indiferencia o de agresividad reprimida, la manifestación adecuada de la cólera conlleva el deseo de restablecer el contacto. La afirmación propia, incluso colérica, intenta suprimir los obstáculos a la comunicación y el amor.

De la agresividad no reprimida y asumida resultan otros efectos beneficiosos, como, por ejemplo, lograr descubrir los valores a los que se concede mayor importancia. Por tanto, la cólera tiene en este caso como efecto mostrar con mayor claridad lo que se quiere ser y hacer; sirve para dar la alarma y advertir del peligro de dejar que alguien abuse de nosotros o traspase nuestras fronteras personales. La cólera también hace reaccionar ante las injusticias cometidas con una persona o un grupo de individuos. En suma, despierta la energía moral precisa para afrontar el mal y la injusticia.


Dominar la cólera para ponerla a nuestro servicio 
Si la represión de la cólera y del deseo de venganza conduce fatalmente a un «impasse», ¿qué hay que hacer exactamente: dejarlos hervir o controlarlos? La siguiente anécdota sugiere una respuesta a estas preguntas. André se presentó en mi consulta después de una penosa separación que amenazaba gravemente su equilibrio psicológico. Apenas podía cumplir con sus tareas de profesor en un instituto. Lo veía todo negro y se culpaba del abandono de su esposa, reprochándose, entre otras cosas, sus casi perpetuos estallidos coléricos verbales. Aquellos arrebatos le humillaban mucho. A veces, André conseguía reprimir su temperamento volcánico merced a enormes esfuerzos de voluntad; pero, después de algunas treguas, bastaba un suceso banal para que estallara de nuevo. Lo lamentaba mucho y se deshacía en excusas, se confesaba y escuchaba con firme propósito de enmienda los consejos y las palabras de aliento de su guía espiritual, pero la siguiente borrasca de rabia reducía a la nada todos sus esfuerzos.

Al principio de la terapia, yo no me atrevía a abordar con él el tema de la cólera, temiendo que aún no hubiese superado la pena de la separación. Cuando le vi dispuesto a tratar de su cólera reprimida, le sugerí trabajar ese problema, pero no pareció interesarle. A pesar de todo, yo quise sacar el tema de sus enfados, y él me dio a entender que su cólera estaba perfectamente controlada. Así que un día decidí ponerle a prueba. Le hablé de las infidelidades de su esposa y de su divorcio penoso y humillante. Él permaneció impasible. Insistí recordándole los cuernos que le habían puesto sin él saberlo, cuando todo el mundo estaba enterado. Al verlo enrojecer y arrugársele la frente, le pregunté qué le pasaba, pero él comenzó por negar que estuviera sintiendo la menor emoción. Yo insistí y le invité a describirme las sensaciones corporales que experimentaba. El me confesó que tenía un enorme nudo en el estómago. Le dije que permaneciese en contacto con ese nudo, pero él se negó en redondo, pretextando que no quería enfadarse, porque no era correcto hacerlo. Una vez tranquilizado, se concentró en su nudo y empezó a describirme cómo crecía en él la cólera y todo lo que deseaba decir y hacer. Entonces le sugerí que hablase con su cólera y que le dijese que quería recibirla, aceptarla y darle las gracias por estar allí para protegerle. Segunda negativa por su parte. Tuve que volver a decirle que confiara en mí, y finalmente aceptó dirigirse a su cólera, acogerla como a una amiga que quería defenderle y después decirle amablemente que de momento no necesitaba de sus servicios. Y, mágicamente, el nudo en el estómago se deshizo, transformándose en un calor saludable que invadió todo su cuerpo.

Mi paciente acababa de reconciliarse con la parte colérica de su ser, la misma que había estado combatiendo sin éxito desde hacía tanto tiempo. André acababa de salir de la alternancia entre represiones y explosiones que durante años había estado obstaculizando la evolución de su madurez emotiva. Como su cólera ya le estorbaba menos, podía pensar en llegar al perdón auténtico.

Pasados algunos meses, quise comprobar los efectos de su reconciliación con su cólera. Y él me contó lo siguiente: «Un día que estaba dando clase, intentaba que mis estudiantes me escucharan, pero era inútil, hablaban más fuerte que yo. De repente sentí que se me formaba el nudo en el estómago. Estaba a punto de estallar en una de mis violentas crisis de cólera. Entonces les dije con voz firme: '¡Cuidado! En este momento estoy sintiendo llegar a una amiga que os hará callar. Es mi cólera. Y ya sabéis que cuando estalla, es digna de verse. Si os calláis, se calmará'. Atónitos ante mi nuevo modo de imponer disciplina, mis estudiantes se callaron. Te puedo garantizar que desde hace cuatro meses no me he vuelto a encolerizar. He aprendido a reconocer mi cólera y a respetarla como a una amiga.

Como habrán podido comprobar leyendo esta historia, no existen emociones «negativas» o despreciables en sí mismas. Las emociones son energías humanas positivas, que exigen ser reconocidas, dominadas y utilizadas en el momento oportuno. Por otra parte, cuando se las teme y se las reprime en el inconsciente, forman núcleos de emociones e imágenes casi autónomos, que entonces se denominan «complejos». En psicología jungiana, el material reprimido forma la «sombra» de la personalidad, que se vuelve anárquica e incontrolable mientras la persona se niegue a reconocerla e intente huir de ella. Si la persona decide «comerse» poco a poco su sombra como en el caso de André, que se reconcilió con su cólera, lo que parecía un «handicap» destructor se transforma en fuente de energía y de plenitud personal y social.


Objeciones a desprenderse del resentimiento 
Algunas personas heridas se niegan a abandonar su resentimiento; temen que si aceptan transformar su rencor y su odio, se traicionarán a sí mismas. Piensan sin razón que conservar vivo el resentimiento podrá salvaguardar su dignidad humana y evitarles exponerse a otras humillaciones por parte de su ofensor. Por supuesto, la intención de hacer respetar su dignidad personal se inspira en sentimientos nobles; pero no es menos cierto que cultivar el rencor conduce al deterioro propio y a ciclos de venganza estéril, como hemos visto anteriormente. Además, hay otros medios para mantener la propia dignidad y la autoestima, sin que haga falta dejarse consumir y destruir por la propia animosidad.

Otras personas consideran que el resentimiento y el odio pueden servir para motivarlos y probarse a sí mismos y a los demás su valor y su capacidad. Es lo que sostenía una mujer en una conferencia. Afirmaba que gracias a su odio y a su rencor había hecho una carrera con éxito, porque había querido probar a su ex-cónyuge su capacidad de autonomía financiera. Después de felicitarla por su perseverancia y sus éxitos académicos, le pregunté cuándo dejaría de actuar en función de su ex-cónyuge para invertir sus energías en función de sí misma y de lo que quería hacer con su vida. El resentimiento, como un cohete, puede proporcionar al principio un fuerte impulso, pero de corta duración.


Ejercicios

El siguiente ejercicio te permitirá entrar en contacto con tu cólera para acogerla y comprender lo que puede hacer por ti. Es posible que durante el ejercicio entres en contacto con una emoción distinta de la cólera, pero no interrumpas el proceso. Detrás de la cólera es frecuente que se oculten un sufrimiento inconsciente y una gran vergüenza. Adopta una postura cómoda. Aparta lo que pueda distraerte durante los próximos veinte minutos.





Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

miércoles, 18 de junio de 2014

Etapa 4 del perdón

Etapa 4: Identificar la pérdida para hacerle el duelo

Hoy el Perdón me recuerda que ha Sanado y Purificado todo aquello que estaba impidiendo que el Flujo de la Vida, fluyera Abundantemente en todas las áreas de mi existencia. Doy las Gracias a esta Energía del Perdón, desde mi Alma y desde mi Corazón. 

Hoy me Abro a este Torrente de Bendiciones que llega a mi Vida. Observo y Agradezco este Momento Presente, dejando al pasado atrás y al futuro en el futuro. 

En este momento, en toda mi Pureza y mi Divinidad, me siento fresco y renovado. Encamino mi Vida hacia el Amor y mi Bienestar, reconociendo las señales que mi Alma me envía para mostrarme mi Camino: que se encuentran en mis sueños, mis fantasías y en todo lo que me hace feliz, ya que es lo que me llena de vida y lo que me conecta con las más Deliciosas Energías que existen en el Universo: siempre disponibles para mi abundantemente. 

Hoy, En Este Momento: Todo Es Perfecto ♥


Identificar la pérdida para hacerle el duelo

 He sufrido una ofensa, pero no estoy ofendido en el fondo de mi ser 
(ANÓNIMO) 

En el largo camino del perdón, has empezado por reconocer el daño que te ha causado la ofensa y has hablado de ello con alguien con quien te entiendes muy bien. Tu situación se va clarificando, y tu peso emocional va aligerándose: ya estás en plena vía de curación. En el curso de esta cuarta etapa, te propongo que hagas un inventario preciso de las pérdidas causadas por esa ofensa. Esta toma de conciencia te ayudará a hacer el duelo, porque, si no haces el duelo de lo que has perdido, no sabrás perdonar de verdad. 

Identificar la pérdida 
A raíz de una experiencia personal, comprendí la importancia de identificar bien la herida antes de poder curarla. Aquel día había recibido una carta de un chico que quería matricularse en la universidad donde yo enseñaba y que me pedía información sobre un programa de estudios del que yo era responsable, pero había olvidado mandarme su dirección. Como ya estaba matriculado en otro departamento de la misma universidad, supongo que pensó que era una información innecesaria. Yo decidí, sencillamente, que lo normal era ir a pedirla a secretaría; pero el secretario me puso mala cara y, después de exigirme explicaciones, se negó en redondo a darme la información que le pedía y lo que aún fue peor me acusó de robo académico y me echó del despacho. Estupefacto, no conseguía comprender lo que sucedía, pero después me invadió la indignación y tomé la decisión de escribir al rector para que metiera en cintura a aquel insolente y hasta despectivo funcionario. Estaba acabando de escribir la carta con la pluma empapada en vitriolo, cuando uno de mis compañeros entró en el despacho. Le conté mi desastre; él me escuchó atentamente y me dijo de sopetón: «Me pareces muy enfadado. Me pregunto qué punto sensible te ha tocado el secretario...». Al principio, su comentario me pareció inoportuno, cuando no impertinente; sin embargo, tras reflexionar, me hizo descubrir dos cosas: que el secretario había dudado de mi honestidad profesional y que, además, había despertado en mí un viejo dolor que yo creía olvidado. Esta toma de conciencia de las razones de mi indignación me produjo un efecto totalmente inesperado: para mi sorpresa, mi cólera y mi resentimiento se desvanecieron, hasta el punto de que ya no tenía ganas de enviar la carta al rector.

¿Cómo pude experimentar un cambio tan súbito? Esta es la explicación que yo me di: en el momento del enojoso incidente, había tenido la impresión de que se había puesto en duda toda mi personalidad. Más tarde comprendí que el secretario sólo había dudado de una parte de mí: mi honestidad profesional. Este descubrimiento me permitió ver con otros ojos mi herida. En primer lugar, me pareció menos importante; y, en segundo lugar, descubrí que mi confusión provenía menos del reciente altercado con el secretario que de una penosa situación que aún no había resuelto.

El artículo de Trotter (1987: 31-39) sobre el resultado de las investigaciones del psicólogo Martin Saligman me aclaró más lo que me había ocurrido. Este psicólogo sostiene que ofende más la propia interpretación de un suceso enojoso que el suceso en sí. En su opinión, quien se considera causa total, única y permanente de un acontecimiento desgraciado se condena a subestimarse y, al mismo tiempo, a no ser capaz de reaccionar. Para captar mejor el sentido de los términos «total, único y permanente», no tenemos más que escuchar el diálogo interior que mantiene, en perjuicio propio, un individuo en esta situación para explicarse sus contrariedades. Tiene tendencia a culparse de modo total y radical, como si sufriera un defecto congénito. «Siempre he sido un torpe y un inútil», se dice, en lugar de animarse de la manera siguiente: «He cometido un error que, en definitiva, es reparable». En segundo lugar, se atribuye toda la responsabilidad de la falta. «Soy el único responsable de mi desgracia», piensa, en lugar de darse cuenta de que no es el único responsable de la situación y de que hay otros actores implicados en el suceso. Finalmente, se ve como una víctima perpetua del destino. «Siempre me pasa a mí», se lamenta, en lugar de decirse: «Es efecto de una coyuntura pasajera».


Ejercicios
Para dejar de culparse

Regodearse en la situación de víctima sólo sirve para minar las energías. La «autoflagelación» es siempre mala consejera e impide progresar por el camino del perdón. Para salir de ese marasmo, propongo los siguientes ejercicios:

1. Pregúntate que parte de ti se ha visto afectada. ¿Qué has perdido?; ¿en qué valores te has sentido atacado o engañado?; ¿qué expectativas o qué sueños se han visto súbitamente aniquilados?

He aquí algunos de los valores que han podido sufrir daños: tu autoestima, tu reputación, tu confianza en ti mismo, tu fe en el otro, tu apego a tus familiares, tu ideal, tu sueño de felicidad, tus bienes físicos, tu salud, tu belleza, tu imagen social, tus expectativas frente a la autoridad, tu necesidad de discreción respecto a tus secretos, tu admiración por los que amas, tu honestidad...

Después de haber puesto al descubierto y nombrado tu pérdida, toma conciencia de que no se ha visto afectado todo tu ser, sino sólo una parte de ti. Te resultará beneficioso repetir: «No se ha visto afectado todo mi ser, sino sólo mi reputación (por ejemplo)». Hace algún tiempo, escuché en televisión el testimonio de una mujer que había sido víctima de una violación y afirmaba: «I was raped but not violated» («He sido violada, pero no envilecida»); en otras palabras: «La esencia de mi ser sigue sana e íntegra; a pesar de la violación, no he perdido la capacidad de sanar».

Si, dicho sea de paso, para hablar de las desgracias que me ocurren utilizo los verbos «haber» o «tener», o cualquiera de los tiempos compuestos con estos verbos (por ejemplo: he recibido un insulto), no expreso lo mismo que si utilizo los verbos «ser» o «estar» (por ejemplo: soy insultado). Hay una diferencia enorme en la percepción de la ofensa. Cuando digo: «Tengo una herida», doy a entender que hay una distancia entre la herida y yo, lo que me permite reaccionar y curarme. Pero, cuando afirmo: «Estoy herido», me identifico por completo con la herida y, como consecuencia, pierdo la capacidad de reacción.

2. Has de recordarte a ti mismo que no eres el único responsable del acontecimiento penoso o de la ofensa. Durante una conferencia que daba a separados o divorciados, les decía que ellos no eran los únicos causantes de su fracaso matrimonial, porque sus excónyuges, sus padres, la sociedad, etc., también tenían una parte de responsabilidad. Al oír estas palabras, una oyente se echó a llorar. Le pregunté qué le pasaba, y me respondió que era la primera vez que se daba cuenta de que no era la única «malvada» responsable del fracaso de su matrimonio.

3. Finalmente, es fundamental que te convenzas de que un error no es, ni mucho menos, irreparable. No estás condenado a revivirlo una y otra vez o a seguir sufriendo siempre sus consecuencias. Imaginándote que la desgracia te perseguirá eternamente, te programarás de una manera infalible para nuevos fracasos.

Por tanto, en lugar de atormentarte ante un fracaso, intenta descubrir la lección que puedes sacar de él. Muchos fracasos han sido la causa de experiencias enriquecedoras, de nuevos comienzos y de éxito en la vida. Y, finalmente, hay otro aspecto positivo de tus errores: te harán mucho más tolerante con los demás.


Sanar las heridas de la infancia 
Las heridas más difíciles de reconocer e identificar son las que se remontan al remoto pasado infantil, porque no las recordamos, como tampoco recordamos las circunstancias que las provocaron. Con frecuencia, lo único que queda son las tensiones de los comportamientos y las reacciones defensivas, reflejo de antiguos traumas que la menor ofensa despierta.

Las decepciones infantiles siguen dejando sentir sus efectos de manera inconsciente muchos años después. Con mucha frecuencia me encuentro con personas que, a pesar de toda su buena voluntad, se sienten incapaces de perdonar simples pecadillos. Y esa incapacidad de perdonar las humilla y a menudo las hace sentirse muy culpables. En cierta ocasión, una mujer joven me confesaba su incapacidad de perdonar a su suegro, cuya «enorme» falta había consistido en quedarse dos días en su casa cuando sólo había sido invitado a una cena familiar. Ante el mero pensamiento de perdonarle, topaba con un tenaz rechazo interior, y ello le hacía culparse por aumentar desmesuradamente la falta: «Es una bagatela se decía, debería dejar de sentir resentimiento hacia él». Como último recurso, me pidió consulta. Yo la invité a que definiera lo más exactamente posible la naturaleza de su ofensa, y ella me respondió: «Tengo la impresión de carecer de importancia a sus ojos, puesto que ignoró el mensaje de mi invitación». Entonces le propuse que se quedara con la sensación de «carecer de importancia» y que volviera mentalmente a su pasado dejando emerger lo que se asociara espontáneamente a ese sentimiento. Emocionada hasta las lágrimas, recordó un acontecimiento de su infancia y me contó que, cuando tenía ocho años, su madre le había estado prometiendo todo el año llevarla a la misa de gallo. Pero cuando se despertó la mañana de Nochebuena, le dijo que aún era demasiado pequeña para ir a misa esa noche. Aquella decepción infantil que, por otra parte, ella había olvidado por completo bloqueaba, como un eco lejano, su deseo de perdonar a su suegro. Por consiguiente, sólo después de haber recordado el origen de la sensación de «carecer de importancia», logró perdonar primero a su madre y después a su suegro.


* Para tratar una herida de la infancia
Un bloqueo «irracional» en un proyecto de perdón procede muy a menudo de una antigua herida que aún sigue viva, aunque de manera inconsciente. Por ello propongo esta meditación sobre el bloqueo que impide perdonar.

Adopta una postura cómoda. Durante veinte minutos, aparta de ti todas las posibles distracciones.




Te envío montones de Amor y de Bendiciones