martes, 8 de julio de 2014

Celebrar el perdón

Celebrar el perdón.


 Lo que no se celebra tiene tendencia a atenuarse y desvanecerse sin dejar rastro 
(ANÓNIMO) 

Como el alpinista que, al alcanzar la cima de la montaña, recobra el aliento y contempla el recorrido del ascenso, te invito a detenerte al final de tu escalada y echar una ojeada al camino recorrido.

Desde el principio has querido evitar la vía sin salida del resentimiento y la venganza. Por otro lado, no has querido dejar que el ofensor te hostigara más, has hecho cuanto has podido para que acabase toda injusticia o acto ofensivo hacia ti.

No has temido sumergirte en lo más profundo de ti y palpar la profunda vergüenza provocada por las heridas de la infancia y de la edad adulta, y esto te ha permitido comenzar tu curación.

Has evitado sumirte en un aislamiento estéril; has compartido la carga de tu sufrimiento con una persona que ha sido tu confidente. Por eso has visto más claro en tu interior.

Has logrado circunscribir la extensión de tu pérdida hasta poder nombrarla y hacerle el duelo.

Has ido al encuentro de tu cólera y de tu deseo de venganza para acogerlos. Has visto en ellos fuerzas positivas dispuestas a salvaguardar tu integridad personal amenazada.

Poco a poco, has ido aprendiendo a desarrollar tu autoestima con el fin de prepararte para perdonar.

Has tratado de comprender a tu ofensor; has dejado de verle con «malos ojos» para mirarle con ojos nuevos.

Te has planteado el sentido positivo que ibas a dar a la herida de la ofensa.

Has dejado que tu corazón se enterneciera por el amor que los demás te han manifestado mediante sus perdones, y te has alimentado de ese sentimiento único e incomparable de sentirse digno de perdón y perdonado.

Has aprendido a distanciarte incluso de tu gesto de perdón. Has renunciado al deseo de creerte el único responsable del mismo y, de ese modo, has evitado buscar tu propia glorificación.

Has puesto en cuestión tu imagen de un dios justiciero para convertirte al Dios de ternura y misericordia, fuente imprescindible de inspiración y de fuerza para perdonar a tu vez.

Finalmente, has decidido examinar tus relaciones futuras con tu ofensor. O has determinado dejarle partir, deseándole la mayor felicidad posible, o has establecido con él una nueva alianza.

Después de haber examinado así el periplo de tu perdón, tienes motivos para estar muy orgulloso de ti.

¡Puedes felicitarte! ¡Puedes celebrarlo! ¡Has crecido en humanidad y en salud!


Epílogo
Hemos llegado al final de un largo camino.

Hablar sobre el perdón comporta riesgos, es una aventura arriesgada. Al asumir el compromiso, me siento  sin recursos ante la amplitud, la complejidad y la profundidad del tema. Hablar del perdón supone más que disertar simplemente sobre el amor; es hablar de un amor muy particular, de un amor dispuesto a superarse hasta llegar a recrear un nuevo universo de relaciones.

Hablar de Perdón es más fácil que practicarlo, lo digo con conocimiento, lo he vivido en carne propia, pasé por momentos en los que la idea de perdonar no era precisamente la que mas rondaba mi mente. Me sentí muchas veces la que no practica lo que dice, quizá mi silencio por un tiempo se debe a ello, no me sentí la mas indicada para decir algo que no hacía. Mi defecto por así decirlo, fue que siempre hacía lo que decía y/o decía lo que hacía, ha sido mi patrón desde que tengo uso de razón.

Descubrí mis pobrezas personales ante mi necesidad de perdonar. Además de los nuevos conocimientos que me han proporcionado mis descubrimientos, tengo la impresión de comprender mejor la importancia y los beneficios del perdón en mi propia vida, tanto desde el punto de vista corporal como desde el punto de vista psicológico y espiritual. En concreto, me sigo preguntando si debo atribuir a mis reflexiones sobre el perdón el claro elemento de mi soledad. ¿Quién sabe?

Todo tiene su momento, cuando las heridas dejan de doler o simplemente quiero que no duelan más, el perdón entra por la puerta para convertirse en la mejor medicina y eso, también lo digo por experiencia. Las cicatrices siguen allí presentes, luego de un daño, nada vuelve a ser lo de antes, los daños no se pueden ocultar, sin embargo, no duele, no sangra, no emanan pus, nada, simplemente la cicatriz está cerrada y puedo mostrarla sin recelo, no me repugna, no me incomoda, esa cicatriz es como esa pequeña marca en la rodilla a causa de una caída en bici hace años.

En cuanto a los objetivos que me propongo con esta misión, debo preguntarme si he alcanzado los objetivos de ayudarles a ustedes en su camino al perdón. Dicho de otro modo: ¿he logrado desmitificar y desenmascarar las falsas concepciones del perdón?; ¿he analizado con la suficiente claridad el camino del perdón como para que pueda emprenderse con confianza, pero sin que haya perdido su misterio?; ¿lo he hecho de modo que el perdón no implique perderse en un laberinto que, por seductor que sea, no conduzca a ninguna parte?; finalmente, ¿tengo motivos para pensar que el proceso de perdón que he propuesto, con sus doce puntos de referencia, proporcionará liberación interior y paz de espíritu a quienes las necesiten? Sólo ustedes, mis amigos y amigas, podrán decírmelo.

Ustedes mis queridos hermanitos han sido los elegidos para mostrarles parte de esta nueva etapa, ustedes son los reales precursores de un libro sobre el perdón que sueño poder escribir. Este es el momento de aportar un nuevo grano de arena en este, mi sendero de la luz por la vida.

Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

lunes, 7 de julio de 2014

Etapa 12 del perdón

Duodécima etapa: Decidir acabar con la relación o renovarla 

 Las amistades renovadas exigen más cuidados que las que nunca se han roto 
(LA ROCHEFOUCAULD) 

¡Enhorabuena! Has llegado a la última etapa de tu largo proceso de perdón. Ahora que ya has perdonado a tu ofensor, tienes que decidir qué vas hacer con la relación que aún te une a él. ¿Quieres continuar esa relación para profundizarla o piensas que es preferible romperla? 





No confundir perdón y reconciliación 
Para algunos autores, el perdón es sinónimo de reconciliación; de ahí su temor a perdonar al ofensor y, por consiguiente, tener que reconciliarse con él y exponerse de nuevo a sufrir las mismas vejaciones. Este era el caso de mi colega psicóloga cuya amiga había traicionado sus secretos. Se negaba a perdonarla, porque pensaba que tenía que confiar de nuevo en ella y volver a estar expuesta a su indiscreción. Yo he comprobado recientemente el mismo temor en una persona que también confundía el perdón con la reconciliación. Pasó lo siguiente: una protestante se había enamorado locamente de su pastor. Él, que también se había encaprichado de ella, había respondido a sus insinuaciones, aunque no sin temer por su reputación, porque estaba casado y era padre de familia. Ella, segura del amor que él sentía, dejó su casa para vivir sola en un apartamento, pretextando ante su marido que quería encontrarse a sí misma y reflexionar sobre la orientación que iba a dar a su vida. La verdadera razón era que quería vivir una mayor intimidad con su amante, el cual proyectaba abandonar a su esposa para reunirse con ella. Pero el asunto llegó a oídos de la mujer del pastor, que convenció a su marido de ir a consultar a un consejero matrimonial. Finalmente, consiguió disuadirle de irse a vivir con su amante. 

Nuestra heroína se encontró totalmente sola en su piso de soltera y, después de reflexionar, decidió volver al hogar familiar. Ahora bien, su marido, aún bajo el impacto de haber sido abandonado, exigió de ella promesas formales de fidelidad, que eran la condición esencial de su perdón y del eventual retorno al hogar de su mujer; pero ella se negó. En éstas estaban cuando se presentaron en mi consulta. Después de algunas sesiones, conseguí que el marido comprendiese que no podía poner condiciones a su perdón; éste debía ser total y sin restricciones. No obstante, una vez concedido, podría negociar las condiciones del retorno de su mujer al hogar. También él confundía perdón y reconciliación. 

Esta confusión no es exclusiva de la gente normal, sino que también se da en los especialistas en materia de perdón. Algunos maestros espirituales y teólogos hacen afirmaciones como las siguientes: «El fin último del perdón es la reconciliación»; «Perdón y reconciliación son realidades inseparables»; «El perdón es incompleto sin la reconciliación». Da la impresión de que para algunos de ellos el perdón equivaldría a olvidarlo todo, hacer como si nada hubiera pasado y reanudar la misma relación que antes de la ofensa. Este enfoque tiene más que ver con el pensamiento mágico que con la sana psicología humana. Si la reconciliación fuese la norma de la autenticidad del perdón, sería evidente por qué tantas personas se niegan a perdonar: tienen la impresión de fingir que perdonan y, en definitiva, de traicionarse a sí mismas. 

Es obvio que la reconciliación sigue siendo la consecuencia normal y deseable del perdón, y más aún para las personas unidas por lazos muy estrechos, como sucede en el caso de los cónyuges, de los padres, de los hijos, de los amigos, de los vecinos y de los compañeros de trabajo. Pero, aunque la reconciliación sea posible, no se debe pensar que la situación será la misma que antes de la falta. Después de una ofensa grave, no se puede reemprender la relación del pasado, por la sencilla razón de que ya no existe y no puede existir. Todo lo más, se puede pensar en profundizarla o en darle otro carácter. 


Perdonar y acabar con la relación 
Existe más de una situación en que la reconciliación con el ofensor resulta imposible; por ejemplo, en los casos en que el ofensor es desconocido, ha fallecido o desaparecido; o también cuando se muestra incorregible, contumaz e irresponsable. En esas situaciones, ¿no cabe otra conclusión sino que el perdón es imposible? En absoluto. El perdón es, ante todo, una disposición del corazón, por lo que no sólo es posible concederlo, sino que es necesario hacerlo para recobrar la paz y la libertad interiores, con independencia de que el ofensor esté disponible y sea accesible o no. 

En las situaciones en que el perdonador no puede expresar directamente su perdón, siempre le queda la posibilidad de hacerlo mediante un gesto simbólico, como escribir una carta que no enviará, poner cerca un objeto que simbolice el perdón o hacer un gesto de reconciliación hacia una persona o un grupo interpuesto que, en algún sentido, represente al ofensor. Esto es lo que hicieron en una parroquia cuyo pastor había cometido abusos sexuales. El obispo envió a un predicador para ayudar a la comunidad a superarlo. En el transcurso de una ceremonia penitencial, el celebrante pidió a los fieles que vieran en él al pastor culpable y que se acercasen a estrecharle la mano como signo del perdón que concedían a su antiguo pastor. Este gesto era muy adecuado para aquellas circunstancias, pero, desafortunadamente, era prematuro, porque el predicador no había dado bastante tiempo a la comunidad para, primero, iniciar la curación de su herida y, después, encaminarse por la vía del perdón. 

También hay otras circunstancias en que los esfuerzos de reconciliación, por generosos que sean, resultan imprudentes e incluso peligrosos. Pensemos en los casos que implican a personas violentas, psicópatas o manipuladoras sin escrúpulos. No creo que en nombre de un perdón «integral», que englobaría la reconciliación, se deba llevar el heroísmo hasta exponerse a sufrir de nuevo malos tratos. El perdón bien entendido no exige tanto. En tales circunstancias, las personas implicadas podrían perdonar al ofensor; pero, por prudencia, deben mantenerse a distancia. 

Aun cuando el perdón no siempre acabe en reconciliación, no es menos beneficioso para quien perdona, y ello de múltiples formas. En primer lugar, el ofendido se habrá reconciliado consigo mismo; además, ya no se sentirá dominado por el resentimiento y la idea de venganza; habrá logrado dejar de juzgar a su ofensor para comprenderlo; podrá desearle en su corazón la mayor felicidad posible; habrá descubierto el lado positivo de la situación; y podrá, sin duda, albergar la esperanza de que la benevolencia que ha mostrado transforme el corazón de su ofensor. 

Pero esto no es todo; porque una ofensa que procede de una persona muy querida nos da la oportunidad de abrir los ojos y ver nuestra «malsana» dependencia respecto a ella. La ruptura de la relación, por penosa que sea, permite al ofendido examinar su situación de dependencia y ser más autónomo. El perdón proporciona una magnífica oportunidad de rehacer la herencia después de la pérdida del ser amado. La herencia consiste en recuperar todas las idealizaciones proyectadas sobre la persona amada, En otras palabras, permite recuperar todo el amor, la energía, el idealismo; en definitiva, toda la inversión psicológica y espiritual que se ha realizado en la persona amada. Al final del presente capítulo se presenta una descripción del proceso de un ritual de la herencia. 


La reconciliación hace crecer al ofensor 
Examinemos ahora los cambios que conviene efectuar en la relación ofensor-ofendido. Observemos primero que la responsabilidad de los cambios no depende únicamente del ofensor, como opinan algunos autores (Smedes), sino también del ofendido, que debe aprender a no ponerse en situación de volver a convertirse en víctima. En la construcción de la nueva relación deben sentirse implicados tanto el ofensor como el ofendido. 

En primer lugar, el ofensor tendrá que reconocer su parte de responsabilidad en la falta. Tendrá que estar dispuesto a escuchar al ofendido hasta el final y a meterse, por así decirlo, en su pellejo para evaluar mejor la importancia y la intensidad de la herida, porque, aunque no le sea posible suprimir el sufrimiento del ofendido, sí puede, al menos, entenderlo. Respecto a los daños e injusticias cometidos en cuanto a los bienes materiales, las manchas en la reputación, las faltas de lealtad o de otra índole, tendrá que repararlas como es debido, en la medida de lo posible. 

¿Qué garantías de lealtad ofrece en adelante el ofensor?; ¿basta con el arrepentimiento, el propósito de enmienda y las promesas? Las buenas intenciones nunca podrán sustituir a los gestos concretos de cambio. El ofensor deberá, pues, preguntarse si ha aprendido algo sobre sí mismo y sobre su manera de relacionarse de modo íntimo con los demás. Las mejores garantías del éxito de la reconciliación las constituyen los cambios reales constatables en el comportamiento del ofensor. Por eso tendrá que hacerse las siguientes preguntas: «¿Cómo he podido cometer esa ofensa?; ¿cuál ha sido mi motivación profunda?; ¿qué antecedentes familiares o culturales me han llevado a cometer un acto tan ofensivo?; ¿qué comportamientos podría aprender a modificar en lo sucesivo?; ¿qué ayuda voy buscar para conseguirlo?»... 

El siguiente caso de un marido infiel ilustra bien, en mi opinión, lo que yo entiendo por signos de crecimiento de un ofensor arrepentido. Un día, un marido anunció a su mujer que tenía una joven amante. Para atenuar el impacto de la noticia, le aseguró de inmediato que no quería cambiar nada de sus veinticinco años de vida matrimonial, y le prometió que ella sería siempre su primer amor. Su mujer le expuso su pena y su profunda decepción; luego le advirtió que de ninguna manera podría vivir en casa su nueva «vida de soltero». Pues bien, apenas unos meses de vida en común con su amante bastaron para convencer a nuestro protagonista de su incapacidad de adaptarse al carácter de su joven compañera. Y al recordar todas las ventajas de su vida conyugal anterior, quiso reanudarla; pero su mujer no pensaba lo mismo y se negó a reemprender la vida en común mientras él no se hubiera sometido a tratamiento psicológico. En concreto, quería que su marido reflexionase sobre lo que había motivado su fuga. Y esto es lo que hizo con la ayuda de un terapeuta competente. El marido se dio cuenta de que durante los años de vida conyugal había ido acumulando frustración tras frustración y había reprimido mucha cólera hacia su mujer. Era evidente que había utilizado su escarceo amoroso para castigarla. Profundizando más en su reflexión, descubrió que su deseo de compañía de una mujer joven se debía a que quería olvidar su miedo a la vejez y a la muerte. Como consecuencia de sus reflexiones, decidió realizar unos cambios de actitud que eran ineludibles, y sólo entonces se sintió preparado para reanudar la vida en común. La reconciliación hace crecer al ofendido 

«¿Porqué me he metido en semejante atolladero?", se dice a menudo la persona ofendida. Pregunta muy pertinente, porque recuerda, con razón, que el ofensor no es el único responsable del acontecimiento penoso, sino que también el ofendido debe buscar la verdad sobre sí mismo y aprovechar su experiencia desgraciada para revisar algunas de sus actitudes y modos de entablar relaciones. 

Ya en la octava etapa invité al lector a sacar lecciones provechosas de su penosa aventura. Le decía que no debía olvidar que la herida de la ofensa, que había desestabilizado sus costumbres y socavado sus certezas, era también un momento muy propicio para efectuar cambios. Te propongo ahora que respondas a una serie de preguntas para hacer balance de lo adquirido e inventariar lo que te queda por aprender en el ámbito de las relaciones humanas:

— ¿Qué he aprendido sobre mí mismo?
 — ¿Soy mejor amigo mío que antes? 
— ¿He aprendido a hablarme con suavidad? 
— ¿He sustituido los «hay que...» y los «tengo que...» por «elijo...»? 
— ¿Soy capaz de negarme a responder a las exigencias de los demás, sobre todo a las de las personas que quiero, para respetar mis limitaciones personales? 
— ¿He aprendido a expresar más espontáneamente lo que vivo? 
— Cuando quiero dirigirme a una persona para indicarle lo que me irrita o me molesta de su conducta, ¿soy capaz de expresarle mis sentimientos con frases en primera persona (por ejemplo: «Me siento irritado cuando llegas tarde...»), en lugar de acusarle con una frase en segunda persona (por ejemplo: «No me tienes en cuenta, por eso llegas tan tarde...»)? 
— ¿Que hago para no sentirme atraído por personas que tienen problemas de comportamiento (por ejemplo: alcohólicos, charlatanes, mujeres dependientes...).
— ¿Soy consciente de mis expectativas y exigencias no realistas respecto a los demás? ´
— En mi proceso de perdón, ¿hasta qué punto he logrado aumentar mi autoestima? 
— Al cambiar mi imagen del dios justiciero, ¿en qué medida me he acercado al Dios amigo y confidente? 

Por supuesto, este programa es exigente, pero no tienes que realizarlo de una vez. Aunque sólo hayas logrado dominar uno o dos de esos nuevos comportamientos, tienes motivos para estar orgulloso de ti, porque un pequeño cambio en el ámbito de las relaciones humanas generará en ti otras transformaciones significativas. 


Modificar la relación a raíz de una separación 
Hay situaciones en las que no es posible abandonar la relación, ni tampoco profundizarla. Entonces hay que pensar en establecer unos vínculos nuevos. Estoy pensando en dos casos concretos: el de los separados o divorciados que, por el bien de los hijos, deben mantener entre sí relaciones de padres, y el de los padres que se preguntan qué nuevos comportamientos deben adoptar con sus hijos mayores que han dejado el hogar. Los implicados en ambos casos son conscientes del desafío que supone tomar distancias sin romper los vínculos íntimos. 

Examinemos en primer lugar el caso de los separados o divorciados. No es fácil abandonar los viejos hábitos de la vida conyugal y transformar la pareja-esposos en pareja-padres. Jeanne, una de mis pacientes, me confesaba lo difícil que ello le resultaba, porque se sentía dividida por un montón de sentimientos contradictorios hacia su ex¬cónyuge: resentimiento y culpabilidad por haber sido abandonada, celos hacia su nueva compañera y gran necesidad de protegerle y de seguir mimándole. En medio de estos confusos sentimientos, debía también mantener con él una relación de padres preocupados por el bienestar de sus hijos. Por tanto, tenía que hacer el duelo de su ideal de pareja para representar con una cierta serenidad su papel de progenitora con su ex-cónyuge. Y se dio cuenta de que nunca lograría realizar esta hazaña si antes no conseguía perdonarle. 

Un desafío análogo, aunque distinto, tuvieron que afrontar unos padres que se quedaron solos tras la marcha de sus hijos mayores. Habían vivido con pena esta marcha y el paso al «nido vacío», en el que debían rehacer su vida de pareja después de muchos años de ejercer como padres. La pareja decidió proteger a cualquier precio su nueva intimidad frente a la invasión periódica de sus hijos. Éstos no dudaban en presentarse en cualquier momento con sus amigos en el hogar paterno para desvalijar la nevera y apoderarse de la televisión o de la piscina. Ante tal invasión, los padres consideraron necesario definir sus fronteras. 

Por ello recordaron a sus hijos que habían dejado la casa por su propia voluntad y que en adelante debían comportarse como invitados. Es fácil intuir el valor de estos padres, que tuvieron que cortar por segunda vez el cordón umbilical para establecer un nuevo tipo de relación con sus hijos adultos. 

En conclusión, vuelvo a insistir en lo que ya se habrá supuesto, es decir, en que el perdón no zanja por sí solo todas las dificultades relacionales, porque no tiene el mágico efecto que con frecuencia se le atribuye. Además, ni siquiera una vez concedido garantiza que el ofensor no reincida. En cualquier caso, la pregunta clave que hay que plantearse es la siguiente: «¿Ha producido el perdón en mí todo su efecto beneficioso?». En otros términos: «¿He sido transformado por la experiencia de la ofensa y del perdón?». Otra pregunta no menos importante es la siguiente: «¿Ha aprendido mi ofensor algo de este desafortunado asunto?». Si puedes responder afirmativamente a estas dos preguntas, podrás felicitarte por el feliz final de tu aventura de perdón. 


Ejercicios

El ritual de la herencia 


El ritual de la herencia es un excelente medio de madurar después de una separación. Es eficaz sobre todo en los casos en que hayas idealizado a la persona que amabas con un amor pasional, porque habrás proyectado de modo positivo sobre ella lo que en ti había en potencia, pero era inconsciente. Ése es uno de los efectos del amor pasional: te saca de ti mismo para hacerte vivir en el otro. Si, después de tu perdón, consideras preferible poner fin a la relación, no todo estará perdido: aún tendrás la posibilidad de recuperar el objeto de tus idealizaciones y utilizarlo para progresar. Así habrás acabado con la relación sin sentirte empobrecido y engañado. Ése es el propósito del ritual de la herencia que te voy a describir. 

Como cualquier ritual, el de la herencia es más eficaz si cuentas con la presencia de un guía o de un celebrante y de unos testigos que simpaticen contigo y estén dispuestos a apoyarte en tu proceso. 

Al menos dos semanas antes de la ceremonia, el guía te ayuda a recordar las cualidades que te atraían de la persona amada. Bastará con cuatro o cinco. Después te pide que busques objetos que puedan simbolizar esas cualidades. 

Es importante que la ceremonia se celebre en un decorado que estimule todos los sentidos: incienso, velas, flores, tapetes de colores... 

El día de la ceremonia, el guía y el heredero se sientan ante la mesa donde están colocados los objetos-símbolo de las cualidades. Los testigos se colocan en semicírculo en torno a la mesa. 

El celebrante, después de haber explicado el sentido de la ceremonia, invita al heredero a presentar a la persona amada, describiéndola mediante las cualidades representadas por los objetos-símbolo. Una vez terminada la presentación, el heredero vuelve a sentarse al lado del celebrante. Todos los participantes guardan un silencio meditativo durante unos momentos. 

Después, el guía invita al heredero a tomar el objeto que simbolice la primera cualidad. Y le hace repetir la siguiente fórmula de reapropiación:
«..............(nombre de la persona amada), como nos hemos separado, recupero ............... (la cualidad elegida, como por ejemplo, el sentido del humor) que te presté hace ............... (duración de la relación) y que tú has enriquecido con tu propio ............... (ejemplo: sentido del humor)». 

El heredero vuelve a su sitio manteniendo el objeto-símbolo sobre el pecho. El guía le ayuda a reintegrar a su persona la nueva cualidad diciéndole: «Siente en ti la presencia de esta nueva cualidad, óyela hablar en ti, mírala en tu interior». Sigue animándole a hacer suya la cualidad que había proyectado sobre la persona amada. Deja unos minutos para que el trabajo de integración se realice; después invita de nuevo al heredero a tomar el objeto que simbolice otra cualidad, llevando a cabo un proceso idéntico al anterior. Y así sucesivamente para cada una de las demás cualidades. 

Al final, el heredero se sitúa en el centro del grupo, rodeado por los símbolos. El guía del ritual da por terminado su duelo, los participantes le felicitan y, para finalizar la ceremonia, celebran una fiesta. Éste es el esquema del ritual de la herencia. Nada te impide añadir otros elementos que puedan realzar su intensidad y su belleza.

Te envío montones de Amor y de Bendiciones 


viernes, 4 de julio de 2014

Etapa 11 del perdón

Onceava etapa: Abrirse a la gracia de perdonar

En el corazón del perdón renace la Creación en su pureza primera

(PHILIPPE LE TOUZÉ)

El vacío interior que has creado al renunciar a ser el único autor de tu perdón te prepara para acoger el amor de Dios. Te dispones a perdonar bajo el influjo divino. Respondes a la invitación de Jesús: «Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo» (Lc 6,36). No es que quieras imitar a Dios contando sólo con tus propias fuerzas, sino que te preparas para recibir su vida, fuente de amor y de perdón.

Es posible que, después de haber pedido la ayuda divina, aún te sientas indeciso o incapaz de perdonar. ¿Cómo explicar este bloqueo? Tal vez provenga de las falsas imágenes de Dios que te ocultan su verdadero rostro amoroso y compasivo.



Del dios justiciero al verdadero Dios
Confesar en teoría que Dios es un Dios de amor y misericordia es fácil; pero conseguir vivirlo efectivamente no lo es tanto. En efecto, no es fácil distinguir al dios justiciero de nuestro imaginario religioso del Dios de amor y misericordia; sin embargo, en el momento de perdonar, esta distinción es obligada. Nunca conseguiremos perdonar de verdad si no entramos antes en relación con el verdadero Dios.

En mi práctica clínica, tengo a menudo la ocasión de guiar a mis pacientes hacia la distinción entre el dios justiciero y el Dios del amor. La siguiente historia, que es de una de mis pacientes, podrá aclarar mis palabras. Después de la muerte de su madre, a una religiosa le obsesionaba la idea de que acababa de abatirse sobre ella el castigo de Dios, y se sentía a la vez trastornada y humillada por ser víctima de semejante obsesión. Como catequista, enseñaba a sus estudiantes un Dios amoroso y misericordioso; pero en sus entrañas la perseguía un dios atormentador y vengativo, y todo ello por no haber sido una «buena religiosa».

Al principio, la terapia tuvo como prioridad el duelo de su madre. Una vez emprendido éste, encontré un momento propicio para evocar su concepto del dios vengador y su consiguiente crisis de culpabilidad. Mi paciente se mostró más bien irritada por este recuerdo, pero, a pesar de sus reticencias, me aventuré a preguntarle si el acceso de culpabilidad que experimentaba era una reacción aislada o si, por el contrario, se trataba de una tendencia habitual. Después de decirme que yo daba demasiada importancia a un hecho tan anodino, me confesó que, en circunstancias angustiosas, la obsesionaba la idea de un dios castigador. Había hablado de ello con sus acompañantes espirituales, pero éstos le habían aconsejado meditar sobre la bondad de Dios y dejar de sentirse culpable, consejos que habían resultado ineficaces.

Me pareció urgente que mi paciente se liberase de una vez por todas de una imagen tan aberrante de Dios, absolutamente incompatible con su vida de oración y su trabajo de catequista, de lo que ella era consciente. De modo que me pidió que la ayudase a eliminar de su vida a ese dios vengador. Yo sabía que no sólo no es posible deshacerse de un complejo psicológico tan grave, sino que ni siquiera se debe intentar hacerlo. Mi paciente debía aprender a controlarlo y a vivir con él. Por eso le pedí que empezase por dialogar con ese dios.

Y esto fue lo que hizo durante un retiro y, ante su sorpresa, detrás de esa extraña imagen de la divinidad reconoció la de su madre, que le había inculcado desde la infancia un temor de Dios malsano. Con frecuencia le hablaba de parientes y amigos que habían sido castigados por Dios por haberle desobedecido. Este descubrimiento, aunque revelador, la afectó mucho, pues al mismo tiempo se dio cuenta de que una gran parte de su vida había estado dominada por la imagen de ese dios severo y amenazador.

En días sucesivos, prosiguió su diálogo con su dios juez y sancionador. Le pidió que fuera poco a poco cediendo su lugar al Dios de amor de Jesucristo y que dejase de interponerse entre Jesús y ella, sobre todo en los momentos de crisis. Además, le aseguró que apreciaba su intención positiva de querer hacer de ella una persona de conducta moral intachable.

Esta historia muestra la importancia de examinar atentamente nuestro concepto de Dios y de corregirlo si es necesario y si queremos considerarnos dignos de perdón y ser capaces de perdonar. No podemos quedarnos para siempre con imágenes infantiles de Dios: un juez despiadado, un padre jansenista, un policía, un profesor perfeccionista, un ser impasible, un personaje empalagoso, un moralista timorato... Estos dioses hacen a sus adeptos incapaces de perdonar.


Nuestra pobre manera de perdonar no condiciona a Dios
Pero no son ésas las únicas falsas imágenes de Dios que obstaculizan el perdón.

También existe la de un dios cuyo perdón parecería estar condicionado por los perdones humanos. Dios sólo me perdonará si yo no siento nada con el prójimo que me lastimó. Esta manera de considerar el perdón está muy extendida, y yo la he observado algunos de los participantes en los talleres sobre el perdón, que creían posible justificada con las palabras del Padrenuestro: «Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden».

¿Cómo explicar que los fieles cristianos hayan llegado a esta concepción del perdón divino?; Del concepto del perdón gratuito de Dios se habría ido pasando, poco a poco, al de un perdón-recompensa por los propios perdones. Dios no sería el primero que nos ama y perdona... sino que nosotros lo amaríamos primero y luego de perdonar sucitaríamos su respuesta... Él le pondría límites a su amor y dejaría de tomar la iniciativa del perdón para quedarse a remolque de los pobres perdones humanos.

Es probable que los antecedentes del concepto del perdón de Dios como una especie de justicia retributiva se encuentren en una mala lectura del evangelio de Mateo, donde se dice: «Pues si perdonáis a los hombres las ofensas, vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros; pero, si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas» (Mt 6,14-15).

Por diversos motivos es posible que los fieles hayan llegado a pensar que se puede comprar el perdón de Dios con los méritos de los propios perdones. De este modo, el perdón habría ido adquiriendo la forma de un sutil regateo entre Dios y los seres humanos, eso no es concebible en una sana teología.

La idea de un Dios del toma y dame no encaja con la infinita misericordia divina y puede crear una confusión y un enorme «impasse» en la vida espiritual, especialmente en los que se sienten incapaces de perdonar o para quienes confundan el perdón con los sentimientos. Así equivocados para asegurar su salvación, que proviene del perdón de Dios, deben esforzarse por perdonar a cualquier precio, aunque no se sientan capaces de hacerlo. Entonces, o bien se confiesan incapaces de perdonar y, por tanto, indignos del perdón de Dios por su falta de generosidad, o bien se mienten a sí mismos para terminar concediendo un perdón falso o, al menos, inauténtico. Es evidente el angustioso dilema en que se encuentran quienes creen merecer el perdón de Dios.

¿Cómo escapar de este callejón sin salida? El único medio es atenerse a las dos verdades siguientes: la primera es que Dios mantiene siempre la iniciativa en el perdón, del mismo modo que es el único que puede tomar la iniciativa en el amor. Así lo afirma san Juan; «No es que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó primero» (1 Jn 4,10). La segunda verdad se deduce de la primera. El perdón no es un acto de voluntad que dependa exclusivamente de uno mismo y que deba aplicarse en nombre de algún precepto o ley, sino que es, ante todo, fruto de una conversión del corazón, de la apertura a la gracia de perdonar. Esta conversión, aun cuando en algunos casos puede ser inmediata y espontánea, normalmente nace, madura y evoluciona durante un período de tiempo más o menos largo.

Si estas dos verdades no resultasen suficientemente convincentes, no habría más que releer la parábola del deudor insolvente (Mt 18,23-25). Se trata de la historia de un amo que decide perdonar una gran deuda a uno de sus deudores. Pero este último no se muestra tan clemente con un pobre que le debe una pequeña cantidad. Ya sabemos el resto de la historia: el amo, al enterarse de la dureza y la severidad del deudor insolvente, le hace encarcelar hasta el pago total de la deuda.

Hay dos aspectos de esta parábola que merecen destacarse en relación con el perdón. Por un lado, es el amo —Dios en este caso— quien toma la iniciativa de hacer el gesto misericordioso. Por otro, el deudor privilegiado no se deja conmover ni influenciar por la generosidad de su acreedor, lo que, por supuesto, le habría llevado a perdonar a su vez a su propio deudor, magnanimidad que no manifestó. No acogió en profundidad el perdón de su amo, permitiendo que le transformara y le hiciera capaz de tener un gesto de clemencia análogo. De modo que se condenó a sí mismo.

Es el misterio de la libertad humana, que puede llegar hasta el rechazo de la gracia. Es preciso añadir que Dios, pese a su iniciativa de conceder el perdón, no puede forzar a acogerlo. En cierto modo, está impotente ante el rechazo de la «remisión de la deuda», ante el desprecio de su perdón. Pero, sin duda, con su misericordia, Dios se mostrará más paciente de lo que podemos imaginar y sabrá esperar el momento favorable para la apertura de los corazones, incluso de los más recalcitrantes.

En realidad, la misericordia de Dios es el recinto de un corazón enorme que está a nuestra espera siempre y que no requiere de nuestra entrada para estar abierto y sin embargo yo puedo estar fuera si no me decido a entrar por la puerta del perdón al prójimo. No es que su misericordia esté condicionada por mi perdón sino que el deseo de perdón del prójimo es la entrada al recinto de su misericordia, una cosa distinta son los sentimientos que puede provocar en mi el ofensor... ellos no son el perdón. Perdonar no significa dejar de rechazar el mal sufrido, más bien eso fue la primera etapa recorrida al interrumpir la ofensa y cesar con los deseos de venganza. Perdonar está mas en el corazón que en los sentimientos aunque produzca algunos de ellos. Perdonar me introduce en la misericordia divina, no me hace su causa.


El humilde perdón del Dios de Jesús
Pero ¿quién es el verdadero Dios del perdón? Para entender bien la conducta divina respecto al perdón, veamos cómo se comportó Jesús con los «pecadores». No mostró una actitud altiva, moralizante o despectiva, sino que fue sencillo, humilde y comprensivo. Tomó la iniciativa de visitar a las personas prisioneras de la culpa. Luego, una vez con ellas, las valoraba poniéndose en situación de recibir de ellas. A la Samaritana le pidió de beber; al ver a Zaqueo, se autoinvitó a su casa; dejó que María Magdalena le rociase los pies con perfume... Incluso antes de hablar de perdón, comenzaba por establecer una relación de persona a persona. Por tanto, Jesús manifestaba su perdón acogiendo a la persona.

«¿Cómo abrirse al perdón de Dios?; ¿cómo imitarlo?». Jean-Marie Pohier responde muy acertadamente: «El Dios de la Biblia nos revela al mismo tiempo que es vulnerable —es el padre del hijo pródigo, o el pastor que parte a la búsqueda de la oveja perdida— y que no nos condena... aunque nosotros podemos elegir estar eternamente sin Él. Para nosotros es una paradoja incomprensible. Por eso, yo pienso que sólo podemos imitar el perdón de Dios en muy pequeña medida. Esperemos que, a fuerza de frecuentar a Dios, termine por influir un poco en nosotros...»


Ejercicios
Abrirse a la gracia de perdonar

Como para los demás ejercicios, adopta una postura cómoda y aparta cualquier distracción


Perdona nuestras ofensas
Señor, perdona nuestras ofensas y concédenos perdonar.. no como si yo fuera el autor del amor... sino reconociendo que tu nos amaste primero. Para que descubramos tu «dulce piedad», para que sintamos tu «conmovedora ternura», para que también nosotros aprendamos a perdonar, para que perdonemos a quienes comparten el pan con nosotros, para que no caigamos en la desesperación de la vergüenza, para que desenmascaremos nuestras falsas rectitudes e indignaciones, para que podamos perdonarnos a nosotros mismos, para que nuestros perdones sean reflejo del tuyo. Señor, perdona nuestras ofensas.

Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

miércoles, 2 de julio de 2014

Etapa 10 del perdón

Décima etapa: Dejar de obstinarse en perdonar

 Pero no hagáis su voluntad con obstinación y tensión. Sosegaos. Ceded. Encomendaos a Dios 
(THOMAS KELLY) 

Te has esforzado tanto hasta este momento por proseguir el «incierto camino» del perdón que, sin duda, estás sorprendido por el título de este capítulo: dejar de obstinarte en perdonar. Cuando estás a punto de introducirte más profundamente en la fase espiritual del perdón, vas a comprender que un mero esfuerzo de voluntad no te ayudará, sino que, lejos de ello, podría perjudicarte. Ha llegado el momento de desprenderte del orgullo sutil y del instinto de dominación, porque, si te empeñas en perdonar a toda costa, puedes sentir la tentación de ceder ante ellos. La obstinación en perdonar no contando más que con tus propias fuerzas reflejaría que sólo te estás buscando a ti mismo. Debes, pues, renunciar a ser el único autor de tu perdón y, por consiguiente, al poder personal que podría proporcionarte.

De este modo, te desprenderás de todos los falsos motivos para perdonar que hayas podido inventarte, porque no harían sino viciar la grandeza y la autenticidad de tu gesto y, al mismo tiempo, harás en ti el vacío que precisa la gracia del perdón para actuar.

En el curso de esta etapa aprenderás a renunciar a todo deseo de suficiencia, incompatible con la sublimidad del perdón. Te prepararás para renunciar incluso al deseo de perfección personal, por loable que éste sea. Todo ello para permitir que la inspiración divina actúe con toda libertad. Por supuesto, seguirás manteniendo tu barco rumbo al perdón, pero cesarás de remar para dejarte llevar por la brisa divina.

A partir del momento en que decidiste perdonar, tuviste que exigirte una gran ascesis personal. Pero el perdón no es el resultado de ese proceso ascético, sino que depende de otra fuente: de una fuente divina. Tú aceptas no ser el único agente de tu perdón, sino que deseas colaborar con la acción de Dios. ¿No es eso lo que el mismo Jesucristo hizo en la cruz? No quiso conceder el perdón a sus verdugos él mismo, sino que pidió a Dios que lo hiciera por él: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Le 23,34).




La obstinación impide la llegada del perdón
¿Cómo se me ocurrió la idea de que no hay que obstinarse en perdonar? Pues después de haber oído la historia de un religioso misionero que se había empeñado, en vano, en perdonar a fuerza de voluntad. Era un ferviente misionero que se había consagrado en cuerpo y alma a la evangelización de su pueblo de adopción, pero sus métodos apostólicos distaban mucho de ser apreciados por todo el mundo y le acarreaban calumnias por parte de algunos. Aquellas palabras malintencionadas llegaron a oídos de su superior provincial, que se asustó y le ordenó que dejase la misión y volviese a su país en el plazo más breve posible. Es fácil comprender que, después de tantos años de dedicación apostólica, nuestro misionero estuviera absolutamente aterrado al ver derrumbarse en un instante todo su trabajo misional.

Después de algunos meses de descanso y reflexión, quiso liberarse de aquel resentimiento extenuante que envenenaba su vida y decidió perdonar a su ex-provincial el sufrimiento que le había causado. Empezó por orar y hacer orar por él. Varias veces al día repetía dirigiéndose a su ex-provincial: «Te perdono»; pero era inútil, porque nada lograba mitigar su amargura, sino que, por el contrario, su obstinación en perdonar sólo lograba agravar su resentimiento.

Sintiéndose desamparado, pensó en recurrir a un último medio: encerrarse unos días con el único propósito de lograr perdonar. Desde el principio de su reclusión, se puso manos a la obra: lecturas sobre el perdón, largas horas en la capilla y repetición de la fórmula: «Te perdono». A veces creía haberlo conseguido, pero al día siguiente se despertaba con el mismo tormento en el corazón. La noche del cuarto día, mientras estaba meditando en la capilla, tomó maquinalmente el Nuevo Testamento, lo abrió al azar y fue a dar con el texto de la curación del paralítico. Las palabras de los fariseos, «Sólo Dios puede perdonar» (Mc 2,7), le saltaron a la vista, y comprendió en el acto la inutilidad de empeñarse en perdonar contando sólo con sus propias fuerzas. Entendió por fin que lo que le guiaba no era más que el deseo de poder. Sus grandes esfuerzos sólo habían servido para camuflar su humillación y su cólera. Acababa de darse cuenta de su deseo inconfesable de mostrarse moralmente superior a su ex-provincial y, de paso, vengarse sutilmente de él.

Este descubrimiento le llevó a encomendarse por completo a Dios. Empezó por relajarse; después se preparó para recibir la gracia del perdón, pero sin saber cómo, cuándo o dónde le sería concedida. Dos días más tarde tuvo la sensación, primero confusa y luego cada vez más clara, de que algo se había liberado en él. A partir de aquel momento, sintió que le invadía la paz, su corazón se aligeró, y su alma se sintió liberada. Curiosamente, ni siquiera experimentaba la necesidad de pronunciar su fórmula mágica: «Te perdono». El resentimiento había desaparecido, y el perdón se instaló para siempre en él.


Evitar el peligro de reducir el perdón a una obligación moral
Veamos otra razón para renunciar a perdonar sólo a fuerza de voluntad. El perdón no puede ser una orden o un precepto moral, pero es fácil caer en este error y privarle de su aspecto espontáneo y gratuito. Esto era lo que San Pedro no lograba comprender, y por eso preguntaba a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarle, hasta siete veces?». Pedro, lleno de preocupaciones legalistas, quería reglas morales precisas sobre el perdón. Es bien conocida la respuesta de Jesús, que defendió la opinión contraria a la de Lamek de vengarse setenta y siete veces y declaró: «Te digo que no siete veces, sino setenta veces siete» (Mt 18,21-22). La respuesta de Jesús da claramente a entender que el perdón no deriva de una obligación moral, sino de una mística de la gratuidad: la que rige las relaciones íntimas entre Dios y el ser humano. Lejos de ser una orden, en el pensamiento de Jesús el perdón implica la conversión del corazón y la opción por un estilo de vida que concuerda con la conducta divina. Ahora bien, ¿quién puede pretender llevar la misma vida que Dios sin haber recibido ese don? El poder de perdonar, por tanto, sólo puede brotar de un corazón libre y perdonado.

Oyendo y leyendo a ciertos predicadores y falsos «maestros espirituales» se podría pensar lo contrario, porque insisten tanto en la obligación de perdonar que dan la impresión de que el perdón no es más que el fruto de una voluntad generosa, sin intervención de la gracia divina. Con sus palabras, pueden hacer que sus oyentes y lectores sufran delirios de grandeza respecto a su capacidad de perdonar, por lo que no es de extrañar que, dados sus repetidos fracasos a la hora de hacerlo, algunos se dejen llevar por el desaliento.

Determinadas normas morales no siempre han sabido evitar el error en esta materia al intentar obligar para el "ahora" lo que es una gracia que no podemos suponer en todos los casos. ¿No habrá contribuido en parte cierta tendencia legalista al desinterés general hacia el sacramento del perdón cuya importancia en el crecimiento espiritual no se debería desestimar? Carl Jung abundaba en este sentido cuando escribía que quien ya no puede desvelar su conciencia ante otro está condenado al «aislamiento espiritual».


Ejercicio
Oración de la «afirmación» del perdón 


Ya he dicho anteriormente que para que el perdón sea eficaz hay que renunciar al «deseo de poder». Ahora bien, esta renuncia sólo es posible mediante la oración; una oración hecha con la certeza de ser escuchado. La confianza con que se vive la oración es un factor de su eficacia, cuya importancia subraya san Marcos: «Quien no dude en su corazón, sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá» (Mc 11,23). Por consiguiente, propongo una oración que deja tan poco espacio a la duda y a la indecisión que anticipa o vive de antemano el cumplimiento del ruego. En otras palabras, recomiendo que se considere el perdón un acontecimiento ya realizado. Dicho sea de paso: no hay que sentirse obligado a adoptar las fórmulas de oración sugeridas; se puede crear libremente la propia oración de «afirmación».




Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

lunes, 30 de junio de 2014

Etapa 9 del perdón

Novena etapa: Saberse digno de perdón y perdonado 

 Sólo quien ha tenido la experiencia del perdón puede realmente perdonar 
 (GEORGE SOARES-PRABHU) 

Como peregrino interior por el camino del perdón, poco a poco te vas rindiendo a la evidencia de que el acto de perdonar combina al mismo tiempo el esfuerzo humano y el don espiritual. Por tanto, el perdón se revela como una tarea humana por la actividad psicológica que tú despliegas, y como un don por la gracia divina que compensa tus carencias. Sin duda, en el proceso de perdón que has realizado hasta este momento ya has alcanzado tus límites personales y has sentido la necesidad de una ayuda especial. Ahora entras más a fondo en el universo espiritual, donde no se tratará tanto de hacer cuanto de dejarte hacer. Aquí, los esfuerzos personales son menos importantes que la apertura humilde y la acogida paciente de la gracia. Cuando tu proceso de perdón entra en la esfera de lo espiritual, tienes menos iniciativa y control; tu tarea consiste en relajarte para dejarte invadir por la gracia. 

El propósito de este capítulo es hacerte comprender que no sólo eres digno de perdón, sino que ya has sido perdonado en varias ocasiones en el pasado. Esta toma de conciencia te ayudará a perdonar, porque con el perdón sucede lo mismo que con el amor: la persona incapaz de dejarse amar o de darse cuenta de que es amada no puede dar amor a los demás; del mismo modo, si quien quiere perdonar no consigue sentir que ya ha sido perdonado, ¿cómo podrá a su vez perdonar? Abandona, pues, tus resistencias, déjate amar en profundidad y recibe el perdón de los demás, y especialmente el de Dios. Éste es el desafío que te invito a aceptar.



La indispensable experiencia del perdón para perdonar 
Para ilustrar la necesidad de haber experimentado el perdón del prójimo antes de ser capaz de perdonar, veamos la historia de Corrie Ten Boom. Corrie fue liberada de un campo de concentración nazi poco tiempo después de la invasión de Alemania por los aliados. Tardó mucho tiempo en liberarse de su profundo odio hacia sus verdugos. Un día, decidió emprender una cura de perdón. Una vez segura de haberse liberado por completo de su odio y de haber perdonado, concibió el magno proyecto de curar las heridas y las enemistades engendradas por la Segunda Guerra mundial en los países europeos. Se lanzó entonces a una cruzada por esos países, predicando la fuerza creadora del perdón y del amor. 

No temió ir a Alemania para difundir su mensaje. Una noche, en Munich, después de haberse dirigido a un grupo de alemanes deseosos de ser perdonados, vivió una experiencia desgarradora que puso a prueba la propia fuerza de su perdón. Un hombre avanzó hacia ella y le tendió la mano diciendo: «Ja, Fraulein Ten Boom, qué feliz me siento después de haberle oído decir que Jesús nos perdona todos nuestros pecados». 

Corrie le reconoció en el acto como uno de sus verdugos del campo de concentración. Recordó cómo las había humillado, a ella y a sus compañeras, obligándolas a ducharse desnudas bajo su mirada despectiva de «superhombre». En el momento en que él fue a estrecharle la mano. 

Corrie sintió de repente cómo la suya se quedaba paralizada en su costado. Entonces se dio cuenta de que era incapaz de perdonarle, lo cual la sorprendió y la horrorizó al mismo tiempo, porque había estado absolutamente segura de que su herida estaba curada y de que había vencido su odio y perdonado. Pero en aquel instante, frente a uno de sus verdugos, la invadieron el desprecio y el odio. Paralizada no sabía qué hacer ni qué decir. 

Entonces se puso a orar: «Jesús, me siento incapaz de perdonar a este hombre. Perdóname». Y en aquel mismo momento sucedió algo maravilloso: sintió llegar el perdón de Jesús. Levantó su mano y tomó la de su antiguo torturador. Acababa de liberarse y, al mismo tiempo, de liberar a su verdugo de su horrible pasado. 

¿Cómo explicar un cambio tan brusco? Ya lo habrán adivinado. El milagro del perdón se produjo en Corrie gracias a la sensación indescriptible de que Jesús le había perdonado su incapacidad de perdonar. El hecho de reconocer su impotencia había ablandado su corazón y la había hecho capaz de recibir la gracia de perdonar. 


Cómo describir la sensación de ser digno de perdón 
Como acabo de decir, sentirse perdonado es una experiencia indescriptible. Faltan las palabras para expresar su naturaleza, su profundidad y su intensidad. Es una experiencia no comparable a ninguna otra, como el amor pasional, el reconocimiento, la alegría, el éxito, el reencuentro entre dos amigos... De algún modo, llega a lo más profundo del Yo. Por esta razón, se puede calificar de experiencia fundamental. 

Lewis Smedes (1984: 118) la denomina «fundamental feeling». Fundamental porque proporciona —con mucha mayor intensidad que las demás experiencias- la sensación de ser reconocido y estimado por lo que uno verdaderamente es en lo más profundo de sí. Y entonces la persona se siente amada de manera incondicional a pesar de su fealdad, de sus defectos, de sus fracasos o de sus transgresiones. En ese momento parece que el Yo profundo se sabe unido a la fuente del amor e inseparable de ella. Este sentimiento podría compararse a la cálida sensación de seguridad y de confianza del niño al que sus padres desean y aman por sí mismo. Aunque se pueda llegar a experimentar un profundo sentimiento de culpabilidad a consecuencia de faltas o errores, la sensación de haber sido considerado digno de perdón es aún más fuerte y proporciona la certeza de no poder perder jamás esa fuente de amor infinito, porque se sabe que en cualquier momento se puede volver a beber en ella y verse de nuevo confirmado en el amor. 

Sin embargo, puede que dejemos de experimentar este «fundamental feeling». Recuperarlo, por otra parte, es una experiencia muy conmovedora. Me ocurrió a mí mismo durante una sesión de estudio sobre la utilización de historias y anécdotas con fines pastorales. En una sala donde se apiñaban más de cuatrocientos sacerdotes, ministros, religiosos, religiosas y pastores, John Shea, teólogo famoso por su talento como narrador, nos relató la parábola del hijo pródigo. Al principio, yo no estaba muy interesado; pero de repente me dejé llevar por el narrador hasta tal punto que los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡Y no fui el único! Cuando salí del hechizo, eché una ojeada furtiva y me di cuenta de que casi todo el mundo estaba llorando. Algunos incluso sollozaban tanto que sus vecinos se pusieron a consolarlos. John Shea, gracias a su talento dramático, había logrado que sus oyentes reviviesen dos sentimientos opuestos: el inmenso deseo de saberse amado y perdonado y la convicción de no ser digno de ello. 

No obstante, no es posible procurarse este sentimiento cuando uno quiera, ni tampoco se siente amado y perdonado quien lo desea. Lo único que se puede hacer es prepararse para recibir esta gracia especial que se asemeja a la de la conversión. El evangelio nos enseña que los convertidos son los que se han dejado amar a pesar de su pobreza, mientras que los endurecidos son los que han rechazado el amor y el perdón. Por un lado, vemos a personajes como María Magdalena, Zaqueo, Mateo y la Samaritana aceptar el amor misericordioso de Cristo; por otro lado, los escribas, los fariseos y el acreedor despiadado, entre otros bienpensantes, son insensibles al amor y al perdón. 


Obstáculos a la aceptación del perdón 
¿Por qué tanta resistencia a dejarse alcanzar por la gracia del perdón? Para averiguarlo, examinemos cuatro categorías de personas impermeables al perdón, y puede que nos reconozcamos en alguna de ellas. 

Por supuesto, hay personas que se creen imperdonables. Tienen la impresión de que sus faltas son tan enormes que nunca se les podrán perdonar. La gente de esta clase es, según parece, cada vez más escasa en nuestra sociedad secularizada. 

Luego están los que no creen en la gratuidad del amor. Admiten en teoría la posibilidad de un amor incondicional, pero en la práctica no creen en él, porque están convencidos de que nada es gratuito y de que todo, incluido el perdón, debe pagarse antes o después. Es frecuente que estas personas hayan tenido unos padres que nunca les manifestaron un amor gratuito, sino que sólo les amaban en recompensa por sus buenas notas en el colegio, por su buena conducta o por los favores que hacían. 

Existe una tercera categoría de personas que rechazan el perdón. No sienten ninguna necesidad de él, ya que no parecen sentir ninguna culpabilidad individual o social. Viven en una especie de vacío moral y espiritual. Padecen una neuropatía espiritual y moral que les hace insensibles a cualquier necesidad de perdón. ¿No es esto patrimonio de algunos de nuestros contemporáneos? Determinados pensadores han llegado a atribuir a esta falta de sensibilidad moral la responsabilidad de muchos suicidios de jóvenes.

En la última categoría se incluyen los que, simplemente, rechazan la culpabilidad considerándola una laguna psicológica. Algunas escuelas de psicología consideran que el sentimiento de culpabilidad y la necesidad de perdón son una falta de madurez y de autonomía. Pero lo que ocurre es que confunden el sentimiento obsesivo y enfermizo de culpabilidad con el de una sana culpabilidad. Mientras que el sentimiento neurótico de culpabilidad tiraniza al individuo y le oprime, el sentimiento sano y normal de culpabilidad le pone sobre aviso de lo que en verdad es: un ser limitado y falible. Este análisis imparcial de sí mismo es liberador y puede llevar a marcarse un ideal moral realista. 

El desafío consiste en aceptar recibir el perdón sin sentirse humillado o rebajado. Algunos rechazan el perdón precisamente para evitar la humillación. Philippe Le Touzé, al describir el drama del perdón en los personajes de Bernanos, pone de relieve este rechazo: «Pero el hombre se cierra al perdón que le humilla y le quita la ilusión de autonomía dejándole a merced de otro; de ahí el empeño moderno por rehacer un universo sin Dios». Una visión deformada de la autonomía empuja a actos de falsa independencia, mientras que la auténtica autonomía le hace a uno capaz de elegir sus propias dependencias. 

En definitiva, parece evidente que quien no se ama y no se perdona tampoco puede amar ni perdonar al otro. Por otra parte, el amor y el perdón a uno mismo parecen irrealizables e ilusorios sin la clemencia del Otro. Por tanto, para ser capaz de perdonar es esencial saberse digno de perdón y perdonado. 


Ejercicios
Para ser capaz de acoger el perdón

1. No es fácil dejarse amar en el perdón. Para ayudarte, te propongo un ejercicio que te ponga en condiciones de recibir sencillamente. Algunas personas activas y generosas no han aprendido nunca a recibir, y aún menos a dejarse mimar. Se sienten más dueñas y más seguras de sí mismas cuando dan, y toleran mal la sensación de dependencia que genera en ellas el hecho de recibir. 

Date la oportunidad de recibir y acoger todo lo que hoy te ofrece la vida en forma de sensaciones agradables: el olor del asado, el aroma del café, el calor del sol, la visión de un hermoso paisaje, las formas de un árbol, los colores del otoño, la sensación de estar vivo, la audición de una buena pieza musical... Deja que estas sensaciones inunden todo tu ser, aunque no sea más que unos minutos cada día. 

2. Este segundo ejercicio tiene el propósito de reforzar tu capacidad de recibir.
Adopta una postura cómoda; luego, recuerda las atenciones que has recibido durante el día: saludos, cumplidos, rostros felices de verte, signos de reconocimiento, la alegre acogida de tu gato o de tu perro, la carta de un amigo... ¿Cómo has acogido estos dones banales de la vida?; ¿te diste tiempo para que penetrase en ti la alegría de recibir, con el fin de que arraigase en tu afectividad y pudieras celebrarla? 

3. Este ejercicio está tomado del libro Aimer, perdre et grandir. Tiene por título: «Las letanías del amor».
Adopta una postura relajada y aparta de ti toda distracción. Empieza a recitarte la letanía de las personas, los animales, las plantas y los objetos que te quieren o te dan algo gratis: por ejemplo Juan me quiere, mi madre me quiere, Dios me quiere, mi amigo Arturo me quiere, mi perro me quiere, el sol me da gratis su calor, la brisa me refresca sin cobrarme, mi cuadro me da la belleza gratuitamente... Hazlo con decisión, sin preocuparte por el grado o la calidad del amor o de gracia. Lo importante es que tomes conciencia de las múltiples formas de amor que te rodean. 

4. Con objeto de saberte digno de perdón y perdonado haz la lista de personas que te han perdonado tus errores, tus debilidades, tus defectos y tus faltas. Una vez terminada la lista, tómate tiempo para volver sobre cada una de las palabras recibidas. Saboréalos uno a uno. Déjate invadir por el sentimiento de tu valía e ignora otros sentimientos que te llevan a empequeñecerla. 

5. Tómate tiempo para meditar estas palabras de San Juan "Ante él Tenemos la conciencia tranquila. Pues aunque la conciencia nos acusa, Dios es más grande que nuestro corazón y lo sabe todo" (1 Jn 3,19-20)


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 

sábado, 28 de junio de 2014

Meditacion del perdon con Angeles

Meditación del perdón para liberarnos y desconectarnos de personas que nos hayan hecho daño.
 Es una meditación con los divinos ángeles de luz, a nuestro Ángel custodio.

La meditación tiene una duración de 22:38 minutos, así que dispón de ese tiempo y realízala en un lugar cómodo donde no vayas a ser interrumpido

viernes, 27 de junio de 2014

Etapa 8 del perdón

Octava etapa: Encontrarle un sentido a la ofensa

 El desafío consiste en entrelazar los tenues hilos de una vida truncada para hacer con ellos una obra llena de sentido y responsabilidad 
(GORDON ALLPORT) 

 Tu proceso de perdón ya ha cubierto varias etapas. Después de haber decidido no vengarte, has resuelto hacer un examen introspectivo y has notado que tu herida está en vías de curación. Gracias a las sucesivas tomas de conciencia y a la aceptación de tu sufrimiento interior, te encuentras dispuesto a comprender a tu ofensor. De este modo, has sentado las bases y establecido las condiciones psicológicas de tu perdón. En el curso de la octava etapa, te invito a ir más allá del punto de vista puramente psicológico para descubrir el sentido positivo de la ofensa recibida o para dárselo. ¿Qué te enseñará esta injuria, esta ofensa, esta traición o esta infidelidad?; ¿cómo piensas utilizarla para crecer y realizarte en profundidad?

Te pido que descubras los posibles efectos positivos que la ofensa haya producido en tu vida. ¿Cómo vas a beneficiarte de ese fracaso? Los efectos nocivos del fracaso sólo perduran para los que deciden quedarse en el camino y compadecerse de sí mismos. En lugar de ceder a esa tentación, hay que recordar que no hay error o fracaso que no lleve aparejados elementos de crecimiento. Encontrar el sentido positivo del fracaso consiste en descubrir su fecundidad oculta. Que no te detengan los que dicen: «De una desgracia no se puede esperar nada bueno». Yo puedo asegurarte lo contrario, es decir, que tu herida puede ser fuente de crecimiento. ¡Cuántas personas han dado un nuevo rumbo a sus vidas y han alcanzado su plenitud tras una gran prueba...!

Antes de seguir adelante, creo oportuno decir que es posible que en este momento te sientas perturbado, irritado o incluso indignado por la idea de encontrar un sentido positivo a tu herida y a sus efectos en tu vida. Una reacción de este tipo probaría que aún no estás preparado para emprender la presente etapa. Deberías volver a las etapas anteriores para profundizar más en ellas y asumirlas mejor




La ofensa también reporta beneficios
El primer efecto de la ofensa sobre la víctima es un «shock» y una profunda perturbación. Se siente duramente sacudida; todo se tambalea: sus ideas preconcebidas, sus opiniones más firmes, sus convicciones, sus prejuicios y sus planteamientos vitales. Ahora bien, por lamentable que sea la situación, no deja de ser prometedora de vida. Puede resultar un momento precioso de lucidez y una ocasión propicia para salir de la miopía habitual. Uno de mis profesores afirmaba que muy pocas personas saben sacar partido de las riquezas y posibilidades de la realidad. La mayoría emite sobre los acontecimientos juicios estereotipados; los ven a través de las lentillas deformantes de sus expectativas, de sus prejuicios personales y culturales o de la opinión acuñada por su entorno. No intentan descubrir su sentido profundo, sino que se conforman con juicios banales y generales del tipo: «es bueno» o «es malo», «es blanco» o «es negro».

La siguiente historia, extraída del folklore chino, demuestra claramente la inutilidad de tales juicios. Un día, un granjero perdió el mejor de sus sementales, un caballo magnífico que se había escapado. Sus vecinos fueron a verle para compadecerse de su desgracia: «¡Qué mala suerte tienes!», le dijeron. Él contestó: «Es posible...». Al día siguiente, el semental reapareció en el cercado, llevando consigo tres preciosas yeguas salvajes. Los vecinos se apresuraron a felicitar al granjero por su buena suerte, y recibieron la misma lacónica respuesta: «Es posible...». Un día, el hijo del granjero, al domar una de las yeguas, se rompió una pierna. Los vecinos acudieron de nuevo para lamentar la desgracia, pero el granjero tuvo la misma reacción: «Es posible...». Algunos días más tarde, un grupo de militares llegó para reclutar a la fuerza a los jóvenes del pueblo; sin embargo, no quisieron cargar con el joven lisiado. «¡Qué suerte!», exclamaron los vecinos, y el granjero repitió una vez más: «Es posible...».

Debido a nuestros prejuicios y opiniones preconcebidas sobre las personas y los acontecimientos, con frecuencia nos sentimos decepcionados y frustrados. Tenemos ideas muy precisas sobre la manera de actuar de los padres con sus hijos, o de comportarse un cónyuge, o de tratar el jefe a los empleados, o sobre la manera en que Dios debería salvar al mundo... Pero las cosas no ocurren como se prevén, y es mucho mejor.

Porque el «shock» de la ofensa es saludable. Libera al ofendido de sus anteojeras y hace que abandone sus posturas inflexibles. Y esto es aún más verdadero en el caso de una ofensa causada por un ser querido; porque el ofendido, al ver frustradas sus expectativas irreales, tendrá que rectificarlas para llegar a apreciar y amar a ese familiar o amigo por lo que realmente es.


Descubrir las aportaciones de la pérdida
En algunas de mis conferencias, invito a mis oyentes a reflexionar sobre lo que les ha aportado la experiencia de haber sido injuriados, insultados o víctimas de una infidelidad o una injusticia. Les hago interrogarse del siguiente modo: «¿Qué has aprendido de esa experiencia?; ¿cómo te ha hecho crecer esa prueba?; ¿hasta qué punto ha tomado tu vida un nuevo rumbo?». Éstos son algunos ejemplos de las respuestas:

«Me conozco mucho mejor».
«He adquirido mayor libertad interior».
«Me ha hecho descubrir mis valores. Después de mi divorcio, me di cuenta de que podía ser más yo misma y vivir según mis valores».
«Mi pena de amor me ha enseñado a conocerme mejor. Ahora, en lugar de depender del amor ajeno, he empezado a dármelo a mí mismo».
«Se acabó: no volveré a dejarme herir por los demás. Voy a aprender a protegerme mejor».
«He aprendido a decir 'no' cuando algo no está de acuerdo con mis valores».
«Cuando mi mujer me dejó, me dije: 'No me queda más remedio: tengo que poner en orden mi vida'. Entonces, a pesar de mi orgullo, pedí ayuda por primera vez».
«Mi prueba me ha forjado un corazón amante».
«Soy mucho más compasivo y comprensivo con los demás».
«He dejado de correr detrás de maridos alcohólicos para salvarlos. Me he dado cuenta de que quien necesitaba ayuda era yo».
«En mi angustia he encontrado el amor y la fidelidad del Señor, después de haber estado muy enfadado con él».

Cuando pregunto a distintas personas sobre los nuevos rumbos que han tomado sus vidas después de una ofensa, siempre me asombran la variedad y la calidad de las respuestas. A veces, el efecto positivo de la ofensa y de la injusticia de que han sido víctimas se manifestó espontáneamente. Otras veces, el descubrimiento de las aportaciones positivas y la profundización en ellas les ha llevado varias semanas o incluso meses. Al principio, estas personas veían su vida como un «puzzle» indescifrable; pero, después de descubrir el sentido de la ofensa, se formó y configuró una nueva visión de su vida.

La ofensa que conduce al «conócete a ti mismo» 
Nadie, sino uno mismo, puede conseguir encontrarle un sentido a la pérdida que acaba de sufrir, aunque esto no signifique que no se necesite de alguien que impulse a hacerlo. Pero, desgraciadamente, son escasos los guías que saben llevar a un mayor conocimiento personal y abrir a las posibilidades de crecimiento que ofrece la desgracia. 

Una grave injusticia o una ofensa seria pueden ser el punto de partida de una aventura humana enriquecedora que se desarrolla en tres tiempos. En el primero, habrá que hacer el duelo de la situación anterior. El segundo tiempo, denominado «período intermedio», se dedicará a un mejor conocimiento personal y de los proyectos futuros. Este período intermedio es fundamental y determinante. Hay que profundizar cuidadosamente en él antes de iniciar el tercer tiempo, que es el de la reorganización de la vida de cara a un nuevo comienzo. 

El gran peligro es descuidar la decisiva fase intermedia: o bien tratando de volver atrás para encerrarse, o bien pasando de inmediato a la fase del nuevo comienzo vital. En ambos casos se está abocado al fracaso. 

Pero ¿por qué tiene tanta importancia la fase intermedia? Una vez que la herida es menos aguda y preocupante, es preciso detenerse y hacer balance del acontecimiento desgraciado: «¿Cómo he llegado a ponerme en una situación tan vulnerable?». Con la ruptura que proporciona la ofensa, uno se hace cada vez más capaz de abandonar las ilusiones y expectativas imposibles respecto a sí mismo y a los demás. Está más frente a sí mismo que nunca, y comprende que las posturas y los roles asumidos hasta entonces pierden importancia. Al verse confrontado con el vacío del entorno, es obligado plantearse la pregunta fundamental: «¿Quién soy yo?». Pregunta que ningún otro puede responder, ni siquiera el psicólogo o el acompañante. Este interrogante respecto a la identidad profunda conllevará, sin duda, momentos de soledad, de angustia y de miedo a equivocarse; pero, si se persevera, ese momento de reflexión se transformará en un nuevo y fecundo conocimiento de sí mismo. 

Durante este período intermedio, surgirá una tercera pregunta: «¿Qué quiero hacer con mi vida?; ¿qué nuevas razones para vivir me voy a dar?». Una vez más, las respuestas a estas preguntas están en el propio interior. Pero hace falta tener valor y paciencia para dejarlas emerger y acogerlas. 

Sufrir una injusticia o una ofensa no es, ni mucho menos, una experiencia interesante. Pero, una vez pasado el trauma, esa experiencia te llevará a ti mismo y a tu libertad interior. Te hará optar entre dejarte abatir o reaccionar. Si aceptas reaccionar, te abrirás a la posibilidad de recuperar tu identidad profunda y a establecer nuevos vínculos con los demás. La razón será que habrás encontrado un sentido a tu sufrimiento. Éste es el mensaje de Víctor Frankl en su libro Découvrir un sens á sa vie, en el que habla con conocimiento de causa, pues tuvo que soportar muchos sufrimientos y humillaciones en los campos de concentración, pero no se dejó abatir. Dice lo siguiente: «Lo importante, pues, es apelar al potencial más excelso del hombre: el de transformar una tragedia personal en victoria; un sufrimiento, en realización humana». 



Ejercicio

Para descubrir el sentido positivo de la herida 
Propongo aquí una serie de preguntas con el fin de ayudar a descubrir el sentido positivo de la herida. Es importante dejarse interpelar por estas preguntas —sin duda, algunas serán más elocuentes que otras— y estar atento a las respuestas que sugiera la voz interior, sin tratar de censurarlas. Es posible que alguna respuesta evolucione, y sólo con el tiempo se descubra su alcance y su sentido. En el curso del ejercicio, sería útil anotar las reflexiones en el diario. 

— ¿Qué he aprendido de la ofensa sufrida?
— ¿Qué nuevos conocimientos sobre mí mismo he adquirido?
— ¿Qué limitaciones o debilidades he descubierto en mí?
— ¿Me he vuelto más humano?
— ¿Qué nuevos recursos y fuerzas vitales he descubierto en mí?
— ¿Qué nuevo grado de madurez he alcanzado?
— ¿En qué me ha iniciado esta prueba?
— ¿Qué nuevas razones para vivir me he dado?
— ¿Hasta qué punto ha hecho la herida emerger el fondo de mi alma?
— ¿En qué medida he decidido modificar mis relaciones con los demás, y especialmente con Dios?
 — ¿Cómo voy a proseguir ahora el curso de mi vida?
 — ¿Con qué gran personaje actual, histórico o mítico me lleva a identificarme la ofensa sufrida?


Te envío montones de Amor y de Bendiciones 


miércoles, 25 de junio de 2014

Etapa 7 del perdón

Séptima etapa: Comprender al ofensor 

 El perdón lleva a suspender todo juicio sobre el ofensor y a descubrir el verdadero Yo, 
 que es creador y un destello de divinidad 
(JOAN BORYSENKO) 

 Durante una de mis conferencias sobre las etapas del perdón, una señorona rubia me escuchaba con atención; cuando abordé la etapa que consiste en comprender al ofensor, me interrumpió en el acto: «Le he seguido hasta aquí —me dijo—, pero esto es demasiado; yo no quiero seguir intentando comprender a mi ex-cónyuge: he perdido demasiado tiempo en ese jueguecito». Yo le contesté de inmediato: «No tiene usted que pasar todas las etapas del perdón de una sola vez y en la misma tarde. Quizá sería mejor que volviera a la etapa de la aceptación de su cólera». Si, como mi oyente, tú te sientes bloqueado en una fase determinada, te conviene preguntarte si no has quemado alguna de las etapas anteriores. Por eso es fundamental que respetes tu ritmo personal de progresión en el proceso del perdón. 

Si tu herida está demasiado viva y mal curada, emprenderás la presente etapa en vano. Porque esta fase supone que has dejado de estar preocupado en exceso por tu ofensa. ¿Te sientes dispuesto a salir de ti mismo para cambiar tu percepción del que te ha hecho daño? 

¿Hace falta recordarte, antes de seguir avanzando, que comprender al ofensor no significa excusarle y menos aún disculparle? Comprenderle es posar sobre él una mirada más lúcida, capaz de captar todas las dimensiones de su persona y los motivos de su falta. 

Es evidente que no lograrás entenderlo todo sobre él y su comportamiento; pero, por mínima que sea la comprensión que adquieras, hará más fácil el perdón, que ya no te parecerá un gesto irreflexivo o ciego, pues habrás encontrado algunos «porqués» de su conducta ofensiva. Al mismo tiempo, estarás mejor dispuesto a cambiar tu imagen de él, y tendrás que esforzarte menos para perdonar. Al contrario de los que te aconsejan perdonar con los ojos cerrados, yo te invito a perdonar con los ojos bien abiertos para ver claro y descubrir en tu ofensor aspectos hasta ahora desconocidos para ti.





Comprender al ofensor implica dejar de condenarlo
La humillación y el dolor causados por la ofensa influyen en la percepción del ofensor y pueden falsearla. Se está predispuesto a ver en él a un ser execrable, engañoso, agresivo, infiel, peligroso, amenazador, odioso, irresponsable... El recuerdo obsesivo de la afrenta condiciona la mirada del ofendido, hasta el punto de que el ofensor deja de ser una persona capaz de evolucionar, ya que está marcado para siempre por su delito. Con frecuencia es la malevolencia y la maldad personificadas. 

De ahí la tendencia a dejarse llevar por la indignación y a olvidar las palabras del evangelio: «No juzguéis y no seréis juzgados» (Mt 7,1). Observemos, en primer lugar, que la expresión «no juzgar» no significa «no servirse del propio juicio», sino, no utilizarlo para «condenar» al prójimo. En segundo lugar, esta consigna evangélica no se inspira en una obligación moral absoluta y tajante, sino que pretende ante todo el logro del propio bien. Porque, si no evito condenar al prójimo, tampoco evitaré ser eventualmente condenado a mi vez. ¿Cómo conseguirlo? En principio, al condenar al prójimo, puedo perderme de vista a mí mismo, en la medida en que me concentro en exceso en los defectos del otro. Y, además, la ceguera respecto a mi persona me llevará a proyectar de manera inconsciente sobre el otro mis propias faltas y debilidades. Si, por otra parte, me abstengo de condenar al otro, es probable que tenga una visión más objetiva de mí mismo y, por consiguiente, una imagen más objetiva de mi ofensor. ¿No es éste el mensaje de Jesús, que dijo de manera muy gráfica: «¿Por qué te fijas en la mota en el ojo de tu hermano y no reparas en la viga del tuyo?» (Mt 7,3)? 

Condenar a mi ofensor es, en cierto modo, condenarme a mí mismo. Una gran parte de lo que repruebo en el otro es a menudo una parte de mi persona que me niego a reconocer. Mi ofensor es entonces la pantalla sobre la que proyecto facetas mías que no me gustan. La persona condenada me refleja mis aspectos mal amados, por lo que sería interesante atribuirme a mí mismo los defectos y las flaquezas que achaco a mi ofensor. Acoger lo que me da miedo de mí es indispensable para mi progresión. Al recuperar los aspectos que considero débiles y deficientes, me hago más completo y, por tanto, más yo mismo. No puedo, pues, comprender a mi ofensor si antes no me apropio de las debilidades y los defectos que le atribuyo. 

Mirándolo bien, el precepto de no condenar al ofensor se confunde con el de «amar a los enemigos». Tampoco esta enseñanza se inscribe en una moral del deber, sino en un deseo de progreso personal. Porque, en el contexto del perdón, el enemigo o el ofensor me remiten a esas partes mal amadas de mí mismo que constituyen mi «sombra». Por tanto, «amar al enemigo» supone acoger mi propia «sombra», es decir, lo que me da miedo o me hace sentir vergüenza. En definitiva, esforzarme por no condenar a mi enemigo y amarle es también no condenar a mi sombra, empezar a habituarme a ella y amarla. No juzgar en el proceso del perdón lleva, de algún modo, a una reconciliación con el ofensor, pero sobre todo a una reconciliación con el lado oscuro y tenebroso de uno mismo, que puede revelarse como un inmensa fuente de recursos personales.


Comprender es conocer mejor los antecedentes del otro
 «Dios lo perdona todo, porque lo comprende todo», dice un viejo adagio. Se trata de una profunda verdad que es importante tener presente para superar esta etapa. Es obvio que una mejor comprensión de los antecedentes familiares, sociales y culturales de una persona ayudará a perdonarla. Y aunque esos condicionamientos no justifiquen su conducta agresiva, al menos la explicarán en parte. 

Es lo que descubrí al intentar comprender las crisis de angustia y los estallidos de cólera de mi padre, que yo consideraba inexcusables. Cambié por completo mi actitud intolerante después de una conversación con mi tía sobre su infancia. Al ser el hombre mayor de la familia, desde muy joven había tenido que cargar con la excesiva responsabilidad de «hombre de la casa» durante las largas ausencias de mi abuelo. De ahí los temores y las angustias constantes por no estar a la altura de las circunstancias. 

Una vez conocidas la herencia y la historia de una persona, es más fácil ponerse en su lugar y comprender las desviaciones de su conducta. Así, el hecho de saber que alguien que comete abusos sexuales ha sido él mismo víctima de esos abusos, no disminuye la gravedad de su crimen, pero nos hace ser más indulgentes con él. 


Comprender es buscar la intención positiva del ofensor 
Virginia Satir, que fue terapeuta familiar durante más de cuarenta años, tenía tal confianza en las personas que siempre intentaba descubrir la intención positiva de los actos de sus pacientes, por indecentes que fuesen. En su opinión, en todos los individuos hay una irreductible voluntad de progreso, incluso en los gestos más malvados. La intención positiva constituía para ella el rico filón interior que le permitía acercarse a su paciente e iniciar con él un cambio de conducta. Una vez descubierta esa intención positiva, le ayudaba a tomar conciencia de ella y a apreciar toda su grandeza. Después le sugería medios constructivos para llevar a la práctica esa intención de progresar. Por ejemplo, comprendía que la intención positiva de un suicida era dejar de sufrir; la de un padre violento, controlar a su hijo; la de un joven ladrón ocasional, probar su valor ante sus amigos; y la de un niño rebelde, demostrar su poder a sus educadores. 

Con esa misma intención positiva, algunas personas creen que deben herir a otra para hacerle corregirse y progresar. ¡Cuántas humillaciones no infligen algunos educadores con la mejor voluntad del mundo...! Recuerdo muy bien el día en que el maestro de capilla, después de una hora de ejercicios de canto, sacó con solemnidad de su bolsillo un trozo de papel y, en presencia de una coral de treinta cantores, leyó en voz alta: «Los hermanos André, Claude y Jean deben retirarse de manera inmediata y definitiva de la coral». Muy contrariado, abandoné la capilla en el acto, haciendo una genuflexión ante el Santísimo Sacramento. Aún hoy me sigo preguntando por qué aquel padre no nos avisó de nuestra expulsión antes del ejercicio de canto. Es evidente que logró humillarme, pero se equivocó si con ello quiso que practicase la humildad. También me acuerdo de aquel profesor de inglés que aterrorizaba a toda la clase con su sarcasmo, leyendo en alta voz las peores redacciones. No se puede hacer caso omiso de tales torpezas y de sus repercusiones en la vida de las víctimas. Ahora bien, por deplorables que sean estos métodos, no se puede dudar de las buenas intenciones de esos educadores.

Por otra parte, si bien algunos hacen daño con buena intención, otros lo hacen sin querer. Pensemos en los conductores borrachos o drogados que matan o hieren a alguien en un accidente; en los padres en proceso de divorcio que, muy a su pesar, perturban la vida de sus hijos; en los médicos que, por un diagnóstico equivocado o un tratamiento erróneo, arruinan la salud de sus enfermos; en el padre de familia que, por meterse en negocios arriesgados, amenaza el bienestar de su mujer y de sus hijos. En todos estos casos, las víctimas sufren graves perjuicios; sin embargo, saber que los responsables de esos daños no lo han hecho a propósito, es evidente que no puede eliminar los sufrimientos padecidos, pero sí puede al menos atenuar la repugnancia a perdonar.


Comprender es descubrir el valor y la dignidad del ofensor
Hay una tendencia a reducir al ofensor a su gesto hostil y, como consecuencia, a menospreciarle sin reservas. Sin embargo, el comportamiento culpable del ofensor dista mucho de ser la última palabra sobre él, pues, a pesar de sus faltas, es capaz de cambiar y de mejorar. Cuanto más profunda es la decepción, más predispone a ver sólo los defectos del ofensor y a querer destruirlo. El peligro es aún mayor cuando se trata de una persona cercana y amada. Esto me recuerda cuánto me edificó la actitud positiva de una mujer cuya vida personal y familiar había sido destrozada por un marido alcohólico. Aquella mujer me decía que, pese a que había decidido dejarle, no había dejado de amarle y de admirar su ternura, su valor, su sentido del humor y su profunda fe religiosa. Y añadió: «Nadie podrá quitarme el amor y la alegría de haber vivido con ese hombre». Yo, admirado, la veía desprenderse de su aventura conyugal con dignidad y con un gran respeto hacia su ex-cónyuge. Ya no veía en ella a la víctima bajo el yugo de un marido alcohólico, sino a una mujer libre.


Comprender es aceptar que no se comprende todo 
Aunque se quiera saber todo sobre el ofensor, nunca se podrá descubrir por completo el secreto que encierra su persona, ni siquiera todas las razones de sus actos; razones que con frecuencia él mismo ignora. Nos encontramos ante el misterio de una persona viva, de manera que comprender al ofensor es aceptar que no se comprende todo. Así lo entendió un obrero que, al final de una conferencia sobre el perdón, vino a verme para exponerme su filosofía de la vida: «Si alguien me hace daño, le digo a Dios: 'No comprendo por qué me lo ha hecho, pero confío en que tú lo sepas'. Y esta reflexión me basta para conservar la paz interior». Estas palabras son un eco del pensamiento de Philippe Madre: «Perdonar es, en definitiva, no un gesto de olvido (de hecho, imposible, pues el mal que perdono siempre formará parte de mi historia), sino un gesto de confianza en el otro; confianza a través de un cierto sufrimiento, lo que sólo es posible con la ayuda de Dios» (1982: 187).


Ejercicio

Para comprender al ofensor 
¿Es necesario recordar una vez más que los ejercicios que propongo siguen una cierta progresión? Si te encuentras a disgusto e incómodo durante un ejercicio, no debes empeñarte en continuar. Si permaneces en contacto con tu malestar o tu resistencia interior, serás capaz de descubrir en qué momento del proceso estás. Esta toma de conciencia te ayudará a situarte y a calcular mejor el próximo paso a dar en la dirección adecuada. 

1. Entra en ti mismo. Tómate tiempo para ver con los ojos de la imaginación al que te ha hecho daño. Repasa lo que sabes de su historia personal. Si tienes valor, ponte en su lugar y pregúntate lo que te habría pasado si hubieses tenido que vivir los mismos acontecimientos que él. 

2. Después del ejercicio anterior, te invito a descubrir la intención positiva que animaba a tu ofensor al realizar sus actos reprensibles: deseo de protegerse a sí mismo, necesidad de poder, la salvaguarda de su dignidad... Recuerda, una vez más, que reconocer la intención positiva no significa estar de acuerdo con los medios que tu ofensor utilizó para llevarla a la práctica 

3. Haz una lista de los defectos que ves en tu ofensor, sobre todo de los que más te irritan; después aplícate cada uno de ellos. Por ejemplo, después de haber dicho: «Odio su agresividad», piensa: «Yo también soy agresivo». Quizá descubras, bajo el defecto que le reprochas, una parte mal amada de ti. Si es así, disponte a acogerla para integrarla en el conjunto de tu personalidad. Por ejemplo: «Debería armonizar mi exceso de dulzura con una afirmación más agresiva de mí mismo».


Te envío montones de Amor y de Bendiciones